Desde el surrealismo de Monty Python a la visión distópica de “Brazil”, el director británico Terry Gilliam creó un universo barroco donde la imaginación funcionaba como la única salida a una realidad cruel.

Los escritores George Orwell y Philip K. Dick y Federico Fellini son algunas de las influencias citadas por este cineasta único y excéntrico nacido en Estados Unidos que comenzó como dibujante de tiras cómicas.

Gilliam nació el 22 de noviembre de 1940 y creció en Medicine Lake, Minnesota, antes de mudarse con su familia a Los Ángeles. Su padre era un representante comercial de café que más tarde se convirtió en carpintero.

Después de graduarse en ciencias políticas en la Universidad Occidental College de Los Ángeles, se marchó a Nueva York para trabajar en “Help!”, una revista del famoso fundador de la emblemática Mad Magazine, Harvey Kurtz.

Fue en Nueva York donde conoció a John Cleese, otro futuro miembro del grupo cómico británico Monty Python.

Los dos volvieron a cruzarse más tarde en Londres donde Guillian –que obtuvo la ciudadanía británica en 1968 fue incorporado a los Monty Python junto a Cleese, Michael Palin, Terry Jones, Eric Idle y Graham Chapman.

Gilliam era el creador de las famosas imágenes animadas surrealistas que podían verse entre los números del grupo en sus programas de televisión.

Siempre fue un apasionado de la dirección y tuvo su primera oportunidad tras la cámara junto a Jones como director del largometraje de gran éxito “Monty Python and the Holy Grial” (1975, titulada en España o Uruguay “Los caballeros de la mesa cuadrada”).

En 1977 se lanzó a la dirección en solitario con “Jabberwocky”, una adaptación de una obra del británico Lewis Carroll -el autor de “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”- que contenía los ingredientes que caracterizarían el estilo posterior de Gilliam: humor negro, un universo fantástico y unas estampas profusamente detalladas.

Cuatro años después, dirigió “Time Bandits” (“Los héroes del tiempo”, o “Bandidos del tiempo”, según el país), protagonizada por Sean Connery y John Cleese, y que fue un éxito crítico y comercial que le abrió las puertas de Hollywood.

Pero para Gilliam, que estaba empapado en la contracultura, las relaciones con los grandes productores siempre fueron tensas.

“Brazil” (1985), su retrato de un sistema totalitario orwelliano, le llevó a una amarga batalla con los estudios Universal, que quería hacer grandes cortes e introducir un final feliz.

El cineasta de temperamento duro publicó un anuncio a página completa en la revista Variety para preguntar a los productores: “¿Cuándo váis a liberar mi película?”.

A pesar de estas dificultades, insistió en un universo singular de temas recurrentes: una sociedad distópica caracterizada por el sobreconsumo, la burocracia y los héroes que no pueden escapar sino es a través de su imaginación.

A excepción de “Fisher King” (1991, “El rey pescador”) con Robin Williams y Jeff Bridges y “12 Monkeys” (1995, “Doce monos”), con Bruce Willis, sus películas raramente disfrutaron de un éxito de público.

Eso no impidió que algunas de sus obras, como su versión de “Las aventuras del barón de Munchausen” (1988) y “Fear and Loathing in Las Vegas” (“Miedo y odio en las Vegas”, 1998) se convirtieran en películas de culto.

Pero la película que ha atormentado sus últimos años y que podría finalmente ver la luz pronto fue la maldita “The Man Who Killed Don Quixote” (“El hombre que mató a Don Quijote”), una adaptación libre del clásico de Miguel de Cervantes que empezó a rodar por primera vez en 2000.

El primer intento de rodaje contaba con Johnny Depp y el actor principal Jean Rochefort, pero este tuvo que retirarse enfermo.

Ewan McGregor, John Hurt, Robert Duvall y Jack O’Connell fueron relacionados más adelante con el proyecto, pero siempre se fue todo al traste.


Fuente: AFP International Text Wire in Spanish; Washington [Washington]09 May 2018.