Los estudios sobre la escritura de testimonio son insuficientes para explicar el desarrollo histórico y el marco conceptual del género.1 Los críticos, al preferir la exégesis de textos producidos en el siglo XX (en especial a partir de la década del 70), ignoran documentos substanciales que contribuyeron a establecer un discurso alternativo al canónico. En este ensayo, a pesar de la distancia cronológica de por medio, exploro la hipótesis de que los orígenes formales e ideológicos de la literatura testimonial se encuentran, en términos relativos, en algunos escritos de los cronistas de Indias.2 Esta tarea es necesaria para contextualizar el testimonio en el desarrollo histórico del canon literario y porque no existe un estudio al respecto.3

La literatura colonial conforma un ‘texto’ que organiza varios y diversos capítulos a través de una unidad de sentido: la escritura al servicio de agendas que pretenden legitimarse, incorporarse o ser parte privilegiada del discurso oficial. Esta práctica, y sus connotaciones ideológicas, construye un discurso (des)articulado por los ‘hechos’ del Nuevo Mundo, cuya percepción o interpretación funciona y se comprende como indicador de un proceso de significación que estructura lo histórico: ‘el historiador es el hombre que reúne no tanto hechos sino significantes’.4 La información procesada -mediatizada – constituye el vehículo para presentar y respaldar el sentido de un enunciado ideológico con independencia de la ‘verdad’: ‘Lo significado del discurso historiográfico son las estructuras ideológicas o imaginarias, que se ven afectadas por un referente exterior al discurso, inaccesible en sí mismo.’5 Las obras coloniales no son ajenas a esta crítica. En la mayoría de ellas, la percepción de la realidad fue ‘desplazada’ por descripciones librescas o ‘testimoniales’ subordinadas a la agenda del cronista, la cual converge, por encima de ciertas inclinaciones colectivas, en una postura individual interesada en construir una retórica más persuasiva que la de los historiadores del imperio. La característica de este discurso radica en la manipulación de los ‘hechos’ presentados por el ‘testigo’ frente a las versiones oficiales de los mismos.

Existen, sin embargo, ciertas excepciones. Hay que notar, por ejemplo, que la homogeneidad ideológica del ‘papel’ de la escritura en los inicios de la época colonial – descripción y representación del Nuevo Mundo desde una perspectiva eurocéntrica – queda fracturada por textos de ‘literatura alternativa’.6 éstos, no obstante caer en el ‘fetichismo de la escritura’,7 inician un discurso que deriva autoridad de sus características orales. Proponen, además, una identidad diferente de la indígena y la española, no aceptan su marginalización e intentan entroncar, en condiciones de interdependencia, con la tradición letrada. En efecto, el deseo de ‘pertenecer’ a la sociedad europea constituye el primer paso en la emergencia de un sujeto contestatario que pone en tela de juicio la validez y supremacía de valores occidentales.

Comentarios reales de los Incas (1609) de Garcilaso de la Vega, por su organización y función ideológica, inaugura un hito clave en el desarrollo de la literatura de testimonio. No tanto por la originalidad del material, sino por el método utilizado con el propósito de corregir la historia oficial y, sobre todo, por incorporar a ésta, en condiciones de igualdad y/o preeminencia, al sujeto indígena. El Inca Garcilaso, en tanto figura extratextual y enunciador de un discurso mediatizado, deriva autoridad histórica de un testigo muy especial: indio e iletrado. La subversividad del acto es, incluso para tiempos actuales, radical. Otros cronistas e historiadores también privilegian la presencia de este tipo de informantes, e incluso llegan a interpolar en sus obras palabras o párrafos enteros en el idioma nativo de los testigos. Sus propósitos, empero, se limitan a la recolección de datos para legitimar afirmaciones personales e institucionales, práctica más extendida de lo que se cree:

En toda Mesoamérica y el ex-Tawantinsuyu andino, a lo largo de la centuria que sucede a los primeros contactos entre europeos y autóctonos, decenas de misioneros, clérigos, funcionarios coloniales, historiadores y miembros letrados de las aristocracias indígenas, se dedican con ahínco a ‘rescatar’, por medio de la escritura alfabética, las antiguas tradiciones orales amenazadas de extinción. No los mueve, a estos recopiladores, ningún desinteresado afán científico o literario; casi todas las recopilaciones conocidas son el resultado de un encargo oficial y afirman obedecer las consignas de la instancia patrocinadora (iglesia, inquisición, administración).8

En este tipo de obras la versión del testigo, al estar subordinada a intereses ideológicos del sujeto letrado, es instrumentalizada y subsumida por el canon oficial. La oralidad pierde legitimidad y se (trans)forma en un discurso desindigenizante donde la información recopilada ‘sirve’ para ilustrar la naturaleza ‘maligna’ y ‘usurpadora’ de los reinos nativos. A partir de este sesgo, los datos proporcionados por indígenas entran al servicio de articular una política acorde con la expansión del cristianismo y el dominio imperial. Bernardino de Sahagún, por ejemplo, documenta las ‘idolatrías’ de los antiguos mexicanos para proponer su erradicación definitiva.9 La crónica atribuida aá vila en el imperio de los ‘cuatro confines’ (Tawantinsuyu) tiene el mismo propósito.10 ‘Otras, como la Relación de Chincha’, de acuerdo a Lienhard, ‘basadas en encuestas político-tributarias, buscan desentrañar el antiguo sistema fiscal para adaptarlo luego a las necesidades coloniales.’11 Es, sin embargo, en el derecho de gentes donde el ‘revisionismo’ español alcanza grados absurdos de manipulación y respaldo oficiales.12 Entre 1565 y 1570, Francisco de Toledo, Virrey del Perú, alentó la producción de crónicas e historias que tergiversaban por completo la legitimidad política del imperio del Tawantinsuyu. El título de algunos capítulos lo resume todo: ‘Del govierno y tiranias de los Ingas y como no heran Reyes naturales del Perú’; ‘De como entraron los españoles en el Reyno del Perú y como fue justamente ganado y tiene su Majestad justo título á él’.13

Garcilaso, el Inca, es diferente. Su origen genealógico, posición social y estudios humanistas se combinaron para influir en la concepción, medios y objetivos de su obra. Hijo natural del capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y de la palla Isabel Chimpu Ocllo, nieta del antepenúltimo Inca (Túpac Yupanqui), Gómez Suárez de Figueroa, su nombre de pila, tuvo una posición privilegiada en ambas ramas de su estirpe.14 Debido a las continuas ausencias de su progenitor, el joven mestizo vivió la mayor parte de su infancia, aunque no con exclusividad, en el ambiente quechua de su madre. Esto determinó la estructura básica de sus Comentarios reales: el lenguaje materno y la relación con deudos que pertenecían a la nobleza incaica. Desde las primeras páginas del texto el Inca Garcilaso resalta estos hechos y los combina con conocimientos filológicos e historiográficos adquiridos en España, lugar donde se trasladó a los 20 años – siguiendo los deseos de su padre – para adquirir una educación propia de su tiempo.

Los aspectos biográficos aclaran, hasta cierto punto, su intencionalidad para presentar una relación histórica de continuidad entre la civilización inca y la española. El objetivo esencial reside en resaltar las cualidades de la sociedad subordinada colocándola en un plano similar a la hegemónica utilizando medios intelectuales priorizados por ésta. He aquí una de las razones que explican la amplia formación intelectual de Garcilaso. Hay numerosos estudios que documentan sus conocimientos de historiografía y literatura clásica (grecoromana). 15 Arocena, Crowley y Durand hablan de su dominio de historiografía y literatura renacentistas.16 Su saber filológico es analizado por Cerrón Palomino, Escobar, Miró Quesada y Zamora.17 El neoplatonismo del Inca ha sido estudiado por Iberico, Jákfalvi-Leiva y MacCormack.18 Otros críticos resaltan su saber bíblico,19 su pericia en materia económica,20 sus conocimientos de la tradición agustiniana,21 de la literatura de los anticuarios venecianos,22 de la tradición utópica,23 y de la escritura patrística.24 Tal bagaje de conocimientos, más otros documentados por estudios previsibles, facilita su tarea de explicar el alto grado de desarrollo alcanzado por la cultura y civilización incaica. De esta manera, la oralidad y memoria indígenas son preservadas por el referente cultural y escritural europeo, práctica fundacional de la literatura hispanoamericana alternativa y rasgo característico de la escritura de testimonio moderna.

El punto de partida de Garcilaso, una noción que aunque lógica, es original y subversiva en la época. Para él, el conocimiento por excelencia acerca del imperio de los ‘cuatro confines’ proviene de la memoria de su familiar Inca y no de las numerosas historias escritas por letrados peninsulares. Se trata, en realidad, de la des(cons)trucción de la escritura y el sujeto dominante como medio y actor privilegiados para representar la verdad histórica del Otro.

El ‘Proemio al lector’, con una sutileza implacable, prepara el terreno. Esta sección, al igual que el prólogo del Quijote, tiene una complejidad que ha engañado a varios críticos. Cito un ejemplo:

Aunque ha havido españoles curiosos que han escrito las repúblicas del Nuevo Mundo [. . .] no ha sido con la relación entera que dellos se pudiera dar, que lo he notado particularmente en las cosas que del Perú he visto escritas, de las cuales, como natural de la ciudad del Cozco, que fué otra Roma en aquel Imperio, tengo más larga y clara noticia que la que hasta ahora los escritores han dado. Verdad es que tocan muchas cosas de las muy grandes que aquella república tuvo, pero escrívenlas tan cortamente que aun las muy notorias para mí (de la manera que las dizen) las entiendo mal. Por lo cual, forcËado del amor natural de la patria, me ofrescí al trabajo de escrevir estos Comentarios, donde clara y distintamente se verán las cosas que en aquella república havía antes de los españoles [. . .] (énfasis mío).25

Zamora, citando éste y otros pasajes, considera que Garcilaso ‘reproaches the Spanish historians precisely for their inability to create an accurate verbal depiction of the material’.26 La teoría literaria moderna establece una diferencia básica entre autor y narrador del texto. Siguiendo las sugerencias de Rodríguez Garrido: ‘[u]na separación semejante debería plantearse sobre todo en el discurso argumentativo entre la entidad histórica responsable de la producción material del texto (autor) y la entidad representada y construida en el texto, que no es, en última instancia, sino un sujeto discursivo (el enunciador).’27 Establecida esta distinción, resulta fácil comprender que los destinatarios de la crítica tan explícita del proemio no son ‘historiadores’, sino ‘españoles curiosos’ que han escrito sobre la conquista de los imperios indígenas. El sujeto enunciador, confundiéndose con la persona histórica, censura a esos ‘escritores’ porque él, nacido en el Cuzco, posee mayor información que ellos. En ninguna parte del proemio utiliza los términos ‘españoles curiosos’ y ‘escritores’ como sinónimos de ‘historiadores’. De haberlo hecho así, es posible que, por la explicitez de su crítica, el libro no hubiese recibido la aprobación ‘con licencia de la Santa Inquisición’ (ver la portada de la edición princeps), y mucho menos de los historiadores de la oficina del Cronista Mayor de Indias,28 quienes, por lo menos en apariencia, no se sintieron aludidos por la crítica del Inca.

Mi hipótesis cobra pertinencia si se considera la voluminosidad de las obras historiográficas peninsulares. De manera que aquéllos que ‘escrívenlas tan cortamente’ no pueden ser ‘historiadores’ cuya preparación o nombramiento por la Corona los convertía en relatores autorizados de hechos ‘verdaderos’. Este pasaje de Comentarios reales aclara el tema:

En el discurso de la historia protestamos la verdad della, y que no diremos cosa grande que no sea autorizándola con los mismos historiadores españoles que la tocaron en parte o en todo; que mi intención no es contradezirles, sino servirles de comento y glosa y de intérprete en muchos vocablos indios, que, como estranjeros en aquella lengua, interpretaron fuera de la propriedad della, según que largamente se verá en el discurso de la historia [. . .] (I, 8)

El reproche a los ‘historiadores españoles’ es intencional en términos relativos de argumentación. El sujeto autorial no se opone a ellos de un modo explícito. Les critica, a diferencia de la cita anterior a ésta, no la brevedad ni la claridad, sino la poca profundidad de sus conocimientos del quechua, por lo demás entendible por ser ‘extranjeros en aquella lengua’. Tal cual puede observarse, el reparo a los historiadores es preciso y diplomático en comparación al emitido contra los ‘españoles curiosos’ o ‘escritores’ que, al no hacerse comprender incluso por Garcilaso, un hombre tan versado en esos temas, son malos escritores y peores docentes. Una vez aclarado este punto hay que resaltar que en su argumentación discursiva el conocimiento del quechua faculta a Garcilaso a ‘autorizar’ la versión del sujeto subalterno – su pariente inca – y, sobre todo, narrar de ‘otra’ forma la historia incaica, fundando un discurso alternativo a la práctica monológica de la historiografía imperial.

Ahora bien, su subordinación a la autoridad de la historiografía oficial – no tan explícita como él lo proclama – es una posición coyuntural de un sujeto ambivalente cuya función radica en derivar autoridad por contraste, o lo que Ross Chambers denomina la regla del comportamiento oposicional: ‘using the characteristics of power against the power and for one’s own purposes’.29 La estrategia es simple pero efectiva. El Inca reprueba a ‘españoles curiosos’ y a ‘escritores’ que escribieron de forma breve y desorganizada. Se somete en cambio, en aras de la verdad, a los ‘historiadores españoles’ que van a autorizar – ver la intencionalidad del proemio – un discurso que es, aunque ampliado y perfeccionado por la exégesis filológica de Garcilaso, el de ellos. No otra cosa significa, ya en el cuerpo textual, el sentido de estas líneas:

y no escriviré novedades que no se hayan oído, sino las mismas cosas que los historiadores españoles han escrito de aquella tierra y de los Reyes della y alegaré las mismas palabras dellos donde conviniere, para que se vea que no finjo ficciones en favor de mis parientes, sino que digo lo mismo que los españoles dixeron. Sólo serviré de comento para declarar y ampliar muchas cosas que ellos asomaron a dezir y las dexaron imperfectas por haverles faltado relación entera. (I, 1, XIX, 49)

Una vez más, los ‘historiadores’ no son culpables de escribir mal y hacerse entender peor, sino de falta de información; crítica en sí, para esos tiempos, nada grave. Entronque y ruptura con la tradición europea son los ejes relativos que transculturalizan sus Comentarios reales. El sujeto que presume tener ‘relación entera’ deriva autoridad historiográfica de su origen étnico y conocimiento de la lengua de sus ancestros andinos – lo subalterno, en este caso. Por otro lado, empleando una ‘atribución estratégica’, aprueba el discurso con la autoridad (des)autorizada de los ‘historiadores españoles’ y, también, con su sólida formación humanista. Tan singular metodología otorga al libro esa ‘hibridización’ de la que habla Bakhtin: ‘the mixture of two social languages within the limits of a single utterance, an encounter, within the arena of an utterance, between two different linguistic consciousnesses, separated from one another by an epoch, by social differentiation or by some other factor’.30

El carácter híbrido y ambiguo de la obra de Garcilaso ha sido un tema no bien comprendido por la crítica. Los más, y en especial desde la celebración del cuarto centenario de su nacimiento (1939), han tomado partido por la ‘indianidad’31 o el ‘hispanismo’ de su conciencia.32 Otros expresan que sus intervenciones presentan al imperio inca como una civilización precursora a la española e inserta en una misma tradición histórica:

Para Garcilaso, los héroes de la historia peruana son sin duda alguna los Incas, sobre todo el primero, Manco Cápac, fundador del imperio y, manifiestamente, Eneas de lo que Garcilaso llamaba ‘aquella otra Roma’, esto es, el Cuzco [. . .] la originalidad de Garcilaso radica en que asigna a los Incas un papel simétrico al de los españoles.33

La frase ‘aquella otra Roma’ y otras similares son ejemplos típicos del tópico de privilegiar cierta área geográfica considerada el ‘centro’ irradiador de cultura y civilización. Sin embargo, Comentarios reales no se restringe a un nivel declarativo, sino intencional en lo que concierne a la construcción de la alteridad geográfica y cultural del Cuzco. El Inca, utilizando la memoria ‘colectiva’ de sus parientes, los escritos de un ‘historiador español’ (el padre Blas Valera), las informaciones que le enviaron sus condiscípulos del Cuzco, y sus propias vivencias testificales, elabora un discurso escritural con el propósito de pertenecer a la sociedad letrada peninsular en condiciones de igualdad e, incluso, preeminencia.34

Las fuentes de Garcilaso han generado una serie de rasgos multiculturales objeto de diversas interpretaciones críticas:

La originalidad de Garcilaso radica en que reinvidica [sic] su ‘indianidad’ a partir de un hispanismo innegable y que asume aún en no pocos prejuicios. En esto, por ejemplo, se diferencia de manera radical de un cronista verdaderamente indígena como el indio Felipe Huaman Poma de Ayala cuya Nueva Corónica y Buen Gobierno es sin duda alguna el testimonio más emocionante y angustiado surgido del pueblo indio sojuzgado.35

Considero que la ‘originalidad’ es ambigua. Garcilaso reclama su ‘indianidad’ a partir de su ‘hispanismo’ (o viceversa); pero, por las connotaciones que el término implica en una sociedad jerárquicamente rígida, no le interesa ser ‘indio’. Si bien en numerosas ocasiones se autodenomina ‘indio’, esta alusión, más que una confesión íntima, viene a ser una especie de máscara con la que el sujeto letrado asume una postura que autoriza un material testimonial, y, por otra parte, conocimientos linguÈísticos vedados a la mayoría de sus contemporáneos. La ‘otredad’ es, en este contexto, una construcción referencial por encima de cualquier crítica intelectual. Ni siquiera, caso poco probable, ‘historiadores’ versados en el runa simi (quechua) podrían arrogarse, al igual que Garcilaso, poseer el monopolio de la historia incaica. Les faltaría lo que a él le sobra: identidad racial y parentesco con la élite dominante del Tawantinsuyu. Tales rasgos de identidad, al igual que en el testimonio moderno, son esenciales para la des(cons)trucción de la alteridad indígena elaborada por categorías intelectuales hegemónicas. Mas el Inca, al contrario de los editores testimoniales, no se limita a ‘dar’ la palabra a sus testigos, sino que se identifica hasta confundirse con ellos:

Después de haver dado tracËas y tomado muchos caminos para entrar a dar cuenta del origen y principio de los Incas Reyes naturales que fueron del Perú, me paresció que la mejor tracËa y el camino más fácil y llano era contar lo que en mis niñezes oí muchas vezes a mi madre y a sus hermanos y tíos y a otros sus mayores acerca deste origen y principio, porque todo lo que por otras vías se dize dél viene a reduzirse en lo mismo que nosotros diremos, y será mejor que se sepa por las propias palabras que los Incas lo cuentan que no por las de otros autores estraños. (I, 1, XV, 39; énfasis mío)

Desde una perspectiva testimonial, ese ‘nosotros’ que refiere a las ‘propias palabras de los Incas’, constituye el primer antecedente histórico en la construcción del sujeto indígena con la participación directa y activa de éste. En Garcilaso, a diferencia de varios escritores coloniales, la alteridad, y no sólo el conocimiento de una lengua, se superpone a la historiografía oficial. El Inca lo intuye y por ello presenta su modelo indígena en calidad de texto de cultura independiente,36 conservado en la memoria de sus deudos maternos y no ‘contaminado’ por la tradición hispánica:

Es assí que, residiendo mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas [. . .] en las cuales visitas siempre sus más ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus Reyes, de la majestad dellos, de la grandeza de su Imperio, de sus conquistas y hazañas, del govierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y favor de sus vasallos ordenavan. (I, 1, XV, 39-40)

En la cultura quechua, el conocimiento, una vez adquirido, depende, para su conservación y reproducción, de fórmulas mnemotécnicas constantemente repetidas. En el caso del Inca escritor, que las pláticas de sus ‘parientes y parientas’ se desarrollasen ‘casi cada semana’ y alrededor de un tema ‘ordinario’, es una muestra de su esfuerzo por transmitir al lector la continuidad y coherencia del texto oral conservado por un escaso número de personas. No se trata de una narración distorsionada por el carácter esporádico del relato, la multiplicidad de intermediarios o la diversidad de temas abordados. Sus familiares andinos ‘platicaban’ de hechos trascendentales para su civilización. Por lo visto, la noción de ‘texto’ en Garcilaso se asemeja a la de un ‘acto verbal conservado en la memoria colectiva y de alta significación en la organización de una cultura’.37

Establecido el carácter exclusivo, la independencia y ‘pureza’ linguÈística de la oralidad respecto a la historiografía peninsular, el enunciador continúa su relato incorporándose a éste en calidad de personaje histórico:

En estas pláticas yo, como muchacho, entrava y salía muchas vezes donde ellos estavan, y me holgava de las oír, como huelgan los tales de oír fábulas. Passando pues días, meses y años, siendo ya yo de diez y seis o diez y siete años, acaesció que, estando mis parientes un día en esta su conversación hablando de sus Reyes y antiguallas, al más anciano dellos, que era el que dava cuenta dellas, le dixe:

– Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros, que es la que guarda la memoria de las cosas pasadas ¿qué noticias tenéis del origen y principio de nuestros Reyes? Porque allá los españoles y las otras naciones, sus comarcanas, como tienen historias divinas y humanas, saben por ellas cuándo empecËaron a reinar sus Reyes y los ajenos y el trocarse unos imperios en otros, hasta saber cuántos mil años ha que Dios crió el cielo y la tierra, que todo esto y mucho más saben por sus libros. Empero vosotros, que carecéis dellos ¿qué memoria tenéis de vuestras antiguallas, ¿quién fue el primero de nuestros Incas?, ¿cómo se llamó?, ¿qué origen tuvo su linaje?, ¿de qué manera empecËó a reinar?, ¿con qué gentes y armas conquistó este grande Imperio?, ¿qué origen tuvieron nuestras hazañas? (I, 1, XV, 39-40; los énfasis son míos).

La cita es reveladora por varias razones. Primero, el sujeto autorial que empieza estableciendo la independencia del texto asume en él una posición de privilegio por dos hechos. Por su parentesco con los Incas, y por la libertad y confianza que despierta en ellos su poca edad. La relación del recopilador y los informantes no puede ser ni más sólida ni completa. El contacto personal, aspecto clave para la producción del testimonio, no se empaña por incompatibilidades intelectuales, sociales o culturales. El enunciador, cuando niño, integra el círculo familiar y escucha las relaciones de sus familiares con una naturalidad y comprensión inexistentes en el futuro letrado. Mas el tiempo pasa; y en ese pasar el autor adquiere, debido a su educación formal en el Cuzco, conocimientos que por pertenecer a otra tradición le hacen dudar no sólo de la veracidad del relato oral sino de su propia existencia: no hay ni ‘escritura’ ni ‘libros’ entre ‘vosotros’ le espeta al tío Inca. Se podría arguÈir contra la ambiguÈedad del sujeto en este fragmento entretejido donde, en apariencia, enfrenta lo escritural a la oralidad. Creo que no. El sujeto autorial, en su posición de letrado, anticipa a sus lectores aquejados por el ‘fetichismo de la escritura’, un cuestionamiento retórico que, en el resto de la obra, va a resolverse a favor de la oralidad. No otra intención tiene el enfatizar la frecuencia de las pláticas indígenas y su repetitividad a lo largo de tantos años. En suma, el texto que va a presentar no sólo existe sino que es, en esencia, preciso, coherente y ‘verdadero’.

Ese mismo propósito parece tener que, de entre tantos deudos, el joven Garcilaso se haya dirigido, por encima de afinidades personales y relaciones de proximidad familiar, ‘al más anciano dellos’. Cualquiera familiarizado con la cultura quechua infiere la verosimilitud del pasaje. Los rukhukuna (ancianos) son los depositarios y conservadores de la memoria colectiva. Se les asigna esta preeminencia no tanto por el género o la edad sino por la división del trabajo en la sociedad andina. Liberados de actividades físicas su función radica en transmitir los hechos pasados del ayllu o la comunidad. Esta continua repetición hace de ellos depositarios verídicos y precisos de acontecimientos históricos y sociales.38 Asimismo, en el contexto de la cita que comento, el emisor presenta ‘al más anciano dellos’ con el claro propósito de resaltar la credibilidad jurídica que un hombre entrado en años despierta en la tradición hispana. Esto, y el hecho de que el tío, miembro de la aristocracia cuzqueña, haya tenido acceso a informaciones vedadas a los súbditos, le convierten, para los lectores de la época, en un testigo fiable y respetado por su dignidad real, categoría que entra en conflicto con la teoría testimonial: el testigo de Garcilaso no sería el ‘sujeto popular’ reclamado por ésta. El reparo, sin embargo, pierde legitimidad si se considera que Rigoberta Menchú – el sujeto testimonial por excelencia – es hija de los ‘señores elegidos’ (principales) de su comunidad.39

También me interesa enfatizar que la pregunta dirigida al Inca anciano contiene una dualidad de posiciones alternativas del sujeto. La primera en aparecer es la del letrado que, al priorizar el papel de la escritura como vehículo excluyente para conservar el registro de hechos pasados, establece cierta distancia entre él y sus parientes: ‘no hay escritura entre vosotros’ – aspecto que plantea la ‘brecha cultural’ entre el intelectual y su testigo. La segunda posición, aunque todavía vacilante, se inserta en la civilización andina e inquiere las noticias que tienen ellos, los ‘otros’, de ‘nuestros’ gobernantes: ‘¿qué noticias tenéis del origen y principio de nuestros Reyes?’ – la intencionalidad o ‘compromiso’ del letrado para ‘crear’ o ‘apoderarse’ de la historia del subalterno. Cuando el sujeto autorial se refiere a los españoles y otras naciones europeas (‘sus comarcanas’) explica al viejo Inca que la historia está guardada en ‘sus libros’, es decir, en los archivos históricos de ‘ellos’. Acto seguido, los adjetivos ‘vuestras’ y ‘nuestros’ se suceden sin transición alguna dificultando la identidad del sujeto: ‘Empero vosotros, que carecéis dellos ¿qué memoria tenéis de vuestras antiguallas, ¿quién fue el primero de nuestros Incas?’ Algo similar ocurre al final de su larga pregunta: ‘¿qué origen tuvieron nuestras hazañas?’ Más que deslices gramaticales, el pasaje muestra la enunciación diferenciada de un sujeto híbrido que vacila entre dos tradiciones en aparente contradicción ya que cuando se refiere a las ‘hazañas’ o a los ‘Reyes’ se inserta por completo en la tradición incaica. Por el contrario, al mencionar las ‘antiguallas’ se distancia de ella. ¿Es éste el primer ejemplo de identificación selectiva tan común entre las capas ‘culturalmente’ europeas de Latinoamérica? Ahora bien, la identidad discursiva del sujeto pendular u ‘oscilante’40 se manifiesta cuando resume el discurso recogido del deudo materno:

Esta larga relación del origen de sus Reyes me dió aquel Inca, tío de mi madre, a quien yo se la pedí, la cual yo he procurado traduzir fielmente de mi lengua materna, que es la del Inca, en la ajena, que es la castellana, aunque no la he escrito con la majestad de palabras que el Inca habló ni con toda la significación que las de aquel lenguaje tiene, que, por ser tan significativo, pudiera haverse estendido mucho mas de lo que se ha hecho. Antes la he acortado, quitando algunas cosas que pudieran hazerla odiosa. Empero, bastará haver sacado el verdadero sentido dellas, que es lo que conviene a nuestra historia. (I, 1, XVII, 45; énfasis mío)

Garcilaso, a pesar de resaltar el quechua, es, en este fragmento, un súbdito fiel de la corona castellana. El letrado ya no habla de ‘nuestros’. Es más, ni siquiera utiliza la diplomática y ambigua frase de ‘los Incas’, sino que se refiere con innegable tono de distanciamiento a ‘sus Reyes’. Tales oscilaciones autoriales, tan copiosas en el libro, han desesperado a más de uno, quienes, tal cual se indicó con anterioridad, patrocinan una u otra posición del sujeto y hablan de la ‘indianidad’ o el ‘hispanismo’ del Inca produciendo y comentando citas que apoyan esas adjetivaciones. Por mi parte, insisto en que el calificativo de ‘indio’, o cualquier otro, tiene un valor relativo:

En primer lugar, habrá que notar que la presentación del enunciador como indio no es estable. En varios contextos, por el contrario, se plantea un distanciamiento entre el enunciador y los personajes indios de la historia. Lo hace sobre todo al referirse a algunos aspectos de las creencias religiosas de los Incas, a los que trata de ‘niñerías o burlerías que aquellos indios tuvieron’ [. . .] Esto nos advierte sobre el hecho de que la declaración como indio es selectiva y obedece a la imagen que el enunciador quiere construir de sí en ciertos contextos.41

La alteridad garcilasiana, siguiendo los principios del cristianismo, se resquebraja porque no quiere pertenecer (en realidad no puede) a otra tradición religiosa. Lo mismo ocurre en la esfera política: su soberano es el Rey de España. Su otredad continúa, no obstante, construyéndose en niveles filológicos e historiográficos que convienen a sus intereses de (re)presentar la ‘verdad’. Su lengua, en el trozo textual que comento, es ‘la del Inca’ y la ‘ajena’ el castellano. Reconoce, por otro lado, su incapacidad de reproducir la elocuencia de su informante y la significación sublime del idioma quechua. Se consuela, no obstante, de que ‘bastará haver sacado el verdadero sentido dellas’, frase capital para comprender la intencionalidad de los Comentarios reales y su contribución a la historiografía de la época.

Una de las características más notables del pensamiento humanista, frente a la doctrina escolástica, consistía en valorizar el lenguaje original como vehículo para acceder al conocimiento del sentido verdadero de los textos antiguos y, en especial, de las ‘sagradas escrituras’. Saber un idioma clásico otorgaba poder y prestigio autorial. Motivados por esta filosofía práctica del lenguaje, surgió un gran número de traductores y exégetas preocupados por ofrecer un material lo más cercano posible a las fuentes originales catalogadas por orden jerárquico en hebreo, griego y latín. Garcilaso, cuya residencia en España se inicia en 1560, no fue ajeno a este movimiento. Su traducción del italiano de los Dialoghi d’amore de León Hebreo así lo prueba. Es posible que animado por el éxito de este primer intento, el Inca haya concebido la singular tarea de ‘traducir’ el texto oral quechua para sacar el ‘verdadero sentido’ histórico del Tawantinsuyu.

La inexistencia de documentos escritos en runa simi no dificulta la tarea garcilasiana. La memoria, al igual que en el testimonio contemporáneo, es el ‘papel’ que le otorga credibilidad testimonial por encima de cualquier intento de comprobar los hechos relatados. Al hablar de ‘memoria’ no me refiero a la capacidad retentiva del cerebro de Garcilaso, sino al texto colectivo recogido, modificado y transmitido por sus parientes maternos. Cuando su tío Inca y su entorno se reúnen para ‘platicar’ de sus ‘antiguallas’, trascienden un espacio privado de grupo; y antes que lamentarse por las glorias perdidas: ‘Trocósenos el reinar en vasallaje’ (I, 1, XV, 40), se refugian en la ‘lectura’ y exégesis del único texto que tienen, la memoria incaica. Acto esencial no tanto por preservar su identidad, sino por continuar su nueva construcción. é ste es un punto clave para la teoría de la escritura de testimonio. La resistencia pasiva pero organizada de la memoria no es un acto individual limitado a transmitir información, sino un instrumento colectivo y diferenciador, por lo selectivo, para sobrevivir y enfrentar a la sociedad hegemónica. Tal sentido, aunque con rasgos muy individualizados, exhibe la memoria en Comentarios reales: preservar y construir la alteridad del Inca letrado. La memoria estructura, entonces, un instrumento dinámico de resistencia cultural cuya utilidad estriba en conservar y prolongar la construcción de una identidad alternativa a la peninsular: ‘Sujetos a la dominación, entre los andinos la memoria fue un mecanismo para conservar (o edificar) una identidad. Tuvieron que ser algo más que campesinos: también indios, poseedores de ritos y costumbres propios.’42

Garcilaso, al intuir una posible objeción a la veracidad de su discurso recurre a autorizarlo citando, con mucha precisión, los escritos de los ‘historiadores españoles’ Blas Valera, Pedro Cieza de León, Francisco López de Gómara, José de Acosta y Agustín de Zárate: otro dato textual que respalda mi hipótesis de que el Inca no critica a ‘historiadores’ sino a ‘españoles curiosos’. Asimismo, su obra escrita, autorizada por los ‘informes’ del testigo Inca, construye, por encima del decir-verdad del discurso o de la representación de la alteridad, lo que Michel de Certeau denomina ‘fabrication and accreditation of the text as a witness of the other’.43 He aquí el meollo del fetichismo de la escritura garcilasiana: la letra impresa garantiza la presencia inalterable de un ‘testigo’ consistente y autoritario en sus ‘declaraciones’.

El caso del padre Valera merece comentario especial. Sus ‘papeles’ escritos en latín, y con varias interpolaciones en quechua, no han sido, si existen, descubiertos hasta la fecha. El mismo Garcilaso tuvo acceso restringido a ellos.44 é stos, empero, conforman gran parte, a veces capítulos enteros, de Comentarios reales, por lo cual varios críticos han acusado al Inca de plagiar la obra del jesuita. La acusación, además de mezquina, es absurda. Al no existir los ‘escritos’ de Valera mal se los puede cotejar con los de Garcilaso para llegar a esa conclusión. ¿Qué pasa, por ejemplo, si estos ‘escritos’ y la ‘larga relación’ del Inca tío son construcciones garcilasianas? En caso de que así fuera, esos dos personajes, los paradigmas de la escritura y la oralidad, son pretextos literarizados en torno a los cuales Garcilaso elabora su obra. Sin embargo, con independencia de su existencia histórica o no, el enunciador emplea el ‘testimonio’ de uno y los ‘escritos’ mutilados del otro para hacerlos dialogar en su texto. Los demás elementos, las notas que le enviaron sus condiscípulos del Cuzco, las citas de historiadores españoles y hasta las intervenciones autoriales de carácter testimonial, son interpolaciones necesarias, pero no suficientes para legitimar la autoridad linguÈística e histórica de sus dos modelos principales. La crítica, haciendo referencia a esta multiplicidad enunciativa, califica a Comentarios reales de escritura multiposicional con una complejidad discursiva ‘coral’.45

La oralidad del tío del Inca y la escritura de Valera, antes que oponerse, se complementan en el texto. No es un diálogo de sordos, sino de dos tradiciones que, sin perder su respectiva identidad e independencia, se entremezclan en un enunciado polisémico, tal cual sucede en los testimonios de Domitila Barrios de Chungara y Rigoberta Menchú. De los múltiples ejemplos que se puede proporcionar sobre ese tejido hecho de oralidad y escritura, elijo aquel que se refiere a la poesía de los Incas:

La fábula y los versos, dize el Padre Blas Valera que halló en los ñudos y cuentas de unos anales antiguos, que estavan en hilos de diversas colores [. . .] Yo me acuerdo haver oído esta fábula en mis niñezes con otras muchas que me contavan mis parientes, pero, como niño y muchacho, no les pedí la significación, ni ellos me la dieron. (I, 2, XVII, 122)

La cita de Valera, paradigma de lo escritural, autoriza el poder de la memoria que evoca la existencia de estos ‘hilos de diversas colores’ (quipus). Aunque en algunas ocasiones Garcilaso pone reparos al padre Valera, en la mayoría de los casos le otorga una importancia paralela a la de su familiar Inca. El trozo que sigue ilustra la opinión que le merecía el jesuita: ‘Esto puse aquí por enriquecer mi pobre historia, porque cierto, sin lisonja alguna, se puede dezir que todo lo que el Padre Blas Valera tenía escrito eran perlas y piedras preciosas. No mereció mi tierra verse adornada dellas’ (I, 2, XVII, 123). El juicio, que se aproxima más a autorizar una labor de montaje, es similar a aquél donde el enunciador, al protestar su fidelidad al texto quechua, también confiesa su rol editorial. No ha escrito toda la relación, sino que ‘Antes la he acortado, quitando algunas cosas que pudieran hazerla odiosa’ (I, 1, XVII, 45). ¿Cuál fue la información acortada?, ¿qué cosas suprimió? y, sobre todo, ¿siguiendo qué criterio las dejó fuera del libro? Si se maneja la hipótesis de que el testigo no dice nada que no quiere que se sepa (los ‘secretos’ de Rigoberta Menchú),46 el Inca, al igual que los ‘gestores’ del testimonio, sería culpable de omitir, en aras de consideraciones estilísticas o de otra índole referidas a la tradición europea, informaciones vitales desde el punto de vista del testigo.

Sin ánimo de postular una posible ‘traición’ del Inca Garcilaso a la memoria de sus familiares indígenas, el reparo anterior cuestiona la representatividad de cualquier texto mediatizado por la labor de un letrado. De algún modo lo escritural no puede captar las connotaciones de la oralidad. El problema surge no tanto por la fidelidad o el grado emocional de la narrativa oral (la ‘majestad’ en palabras del Inca), sino por la inmediatez de la misma. Este aspecto, imposible de ser capturado por la escritura, determina en la oralidad una flexibilidad narrativa única por lo irrepetible. El texto impreso, al ‘aprisionar’ un acto testimonial por medio de un conjunto de símbolos que trasciende tiempo y espacio, le otorga cierto carácter de ‘rigidez’ que, al añadir niveles de significación intertextual, desvirtúa el efecto flexible, aunque inmediato y único, del relato oral. Derrida favorece este argumento al expresar que la escritura no es un complemento a la palabra hablada y sí algo independiente y distinta de ésta.47

Garcilaso comprende a cabalidad las limitaciones de la escritura y comunica su preocupación de no poder transmitir con ‘toda la significación’ las palabras de su deudo Inca. é l se da cuenta de que la palabra escrita, al definir o intentar explicar ciertos aspectos para los que no hay un referente europeo, está poniendo límites al relato, lo cual puede tener efectos dudosos en el ánimo de sus lectores. Quizás es ésta otra de las razones por las que cita, y autoriza para autorizar(se), el trabajo de historiadores españoles sobre pasajes conflictivos.

En casos de escasez o inexistencia de documentación escrita acerca de algunos aspectos del imperio de los ‘cuatro confines’, Garcilaso acude a la memoria colectiva para (re)crear, extender y contextualizar el material (in)existente. De esta manera la oralidad y lo escritural ‘negocian’ significados socialmente construidos y se entretejen en Comentarios reales derivando autoridad la una del otro, y viceversa. Tan singular método es propio y comprensible en un transculturado. El Inca insinúa, presenta, construye y diferencia su alteridad desarrollando un sujeto oral paralelo al escritural. El diálogo, la base de las ‘construcciones literarias’ del Inca, otorga a ambos ‘textos’, en realidad posiciones del sujeto, esa ambigua unidad independiente el uno del otro aunque fusionados en el sujeto enunciador. En efecto, Garcilaso no reduce su rol a ‘traductor’ y ‘comentarista’ de sus textos complementarios. Su intervención es tan activa que el acto enunciativo se (con)funde con la persona histórica. Ello se nota porque el Inca no se circunscribe a presentar la información de sus modelos, sino que, asumiendo una posición crítica, las amplía, contradice o hace una exégesis que con seguridad no existía en ellos – práctica clave en la literatura de testimonio. Este sentido polisémico y crítico de su escritura ha hecho que algunos estudiosos vean en ella la piedra fundamental del discurso cultural hispanoamericano:

Los Comentarios reales son la primera formalización de una escritura crítica americana. Y esta fundación crítica actúa como una elaboración fundadora del mismo discurso cultural nuestro. El discurso como producción del sentido, y en primer lugar como producción de sí mismo, es connatural a la práctica de esta escritura; cuya persona discursiva y cuyo modelo textual son un signo característico de las transformaciones y producciones de la cultura americana.48

El manejo crítico de la escritura garcilasiana se identifica con la presencia autorial que prioriza una voz narrativa subordinada y subordinante respecto a sus textos privilegiados, la ‘oralidad’ del anciano Inca y la ‘escritura’ del padre Valera que, por no constituir documentos verificables, son respaldados por testimonios personales y/o citas directas de historiadores oficiales. En esta perspectiva, lo ‘testimonial’ de ambas fuentes es un (pre)texto para lograr fines ideológicos. No hay que olvidar, por ejemplo, que sus comentarios y explicaciones están reforzados por la autoridad que confiere a sus ‘testigos’, razón por la que Garcilaso insinúa la separación del texto oral del suyo. El mismo procedimiento, aunque en forma menos obvia, puede ser detectado respecto a los escritos de Blas Valera. La originalidad de esta técnica no sólo reside en entretejer el discurso oral con el escrito, sino en tomar posesión de ambos y alterarlos para lograr fines propios. Incluso aceptando que la persona histórica del Inca Garcilaso es el transcriptor más fiel que haya existido, el resumir (tal cual lo confiesa) conlleva una agenda consciente o inconscientemente distorsionadora del material tratado. En efecto, el proceso de ‘(re)construir’ un texto, al ser evaluativo, omitir y/o retener información recontextualizada por la agenda transcriptora, produce un nuevo discurso independiente de las connotaciones ideológicas del original. Esta estrategia discursiva no es un invento de Garcilaso, sino producto del uso de los principios teóricos de la paráfrasis retórica.49

Desde la época romana, la retórica, en tanto doctrina, no distinguía con precisión entre una composición literaria original y su correspondiente paráfrasis a pesar de las diversas connotaciones de tales conceptos:

Paraphrastic theory emphasizes the importance of retaining the sense of the original; the theory of literary composition legitimizes the reworking of traditional material, but does not exclude the invention of new subject matter. It is characteristic of the paraphase to retain (in outline at least) the narrative sequence of the original and incorporate new material only when that material can be justified as stylistic elaboration and amplification.50

Si la paráfrasis propugnaba ‘retener el sentido del original’, la subjetividad de la noción de ‘fidelidad textual’ permitía a los escritores una gran libertad en (re)elaborar y ampliar el material usado.51 Siguiendo este desarrollo práctico y teórico, la ‘paráfrasis’, durante el Renacimiento, era considerada como la alteración de una idea para alcanzar la mejor aproximación posible a ésta. En otras palabras, era aceptable que el texto parafraseado difiriera del original si aquél retenía el sentido general. Con estas precisiones se comprende la satisfacción de Garcilaso de que bastaba ‘haver sacado el verdadero sentido’ del testimonio de su tío Inca.

Reflexionando acerca de la tradición heterogénea de continuidad y ruptura planteada en Comentarios reales y, hasta cierto punto, en otros textos coloniales, analizar quién emite un testimonio, por qué, cómo, para qué y, sobre todo, a través de quién y para quiénes, es de mucha importancia en el estudio de la evolución histórica del género y sus relaciones, conflictivas o no, con el sistema oficial de poder. Esta labor faculta, además de ilustrar el proceso de producción testimonial, analizar si el testimonio proporciona a los ‘sin voz’ la oportunidad de afirmar, construir y proyectar una agenda cultural e ideológica propia o, si por el contrario, representa una propuesta estructurada por letrados que a pesar de sus buenos propósitos no abandonan un discurso elitista que subsume y (de)forma la versión del sujeto subalterno.
Footnote

Notas

1 La ambiguÈedad y complejidad de las diversas formas de escritura de testimonio dificultan cualquier intento por definirla. En este ensayo propongo que este género, una forma nueva de hacer ‘literatura’, corrige el canon cultural y sus versiones del sujeto subalterno siguiendo un método muy especial: la afirmación de una identidad alternativa a la dominante (trans)formando la experiencia personal de un testigo marginalizado en una historia colectiva de resistencia y proyección ideológica. Para una discusión más profunda acerca de la literatura testimonial, ver los trabajos de John Beverley, Against Literature (Minneapolis: Univ. of Minnesota Press, 1993); ‘El testimonio en la encrucijada’, Revista Iberoamericana,164-165 (1993), 485-95; ‘The Margin at the Center: On Testimonio’, Modern Fiction Studies, 35, 1 (1989), 11-28; John Beverley y Hugo Achugar, eds., La voz del otro: Testimonio, subalternidad y verdad narrativa (Lima-Pittsburg: Latinoamérica Editores, 1992); Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 36 (1992), número monográfico sobre el testimonio; Georg Gugelberger y Michael Kearney, eds., Voices of the Voiceless in Testimonial Literature, Part I, número especial de Latin American Perspectives 18, 3 (1991); René Jara y Hernán Vidal, eds. Testimonio y literatura (Minneapolis: Institute for the Study of Ideologies and Literature, 1986); Elzbieta Sklodowska, ‘Hacia una tipología del testimonio hispanoamericano’, Siglo XX/20th Century, 8, 1-2 (1990-91), 103-20; George Yúdice, ‘Testimonio y concientización’, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 36 (1992), 207-27.

2 La cautela crítica se justifica por la preeminencia que el discurso escritural tenía en la época colonial. De acuerdo a Juan Armando Epple, ‘Acercamiento a la literatura testimonial de Chile’, Revista Iberoamericana, 168-69 (1994), 1143-59 (1144-45): ‘En la literatura colonial, los relatos testimoniales no fundan una episteme discursiva autónoma, y mal podrían hacerlo en esas circunstancias, sino que sirven para avalar una retórica de la persuasión destinada a hacer valer la experiencia y la voz del testigo frente a la versión del funcionario imperial. Es esta tensión la que le otorga al texto colonial su impronta problemática: es un discurso que busca legitimarse adoptando las reglas de la argumentación imperial pero cuya materia experiencial, el caso que fundamenta la verdad de dicha argumentación, hace presente muchas veces una alteridad que entra en tensión con los propósitos que explicita el narrador.’

3 Los siguientes autores, de una manera preliminar, han tratado este tema: Epple, op. cit.; Lucía Invernizzi Santa Cruz, ‘Antecedentes del discurso testimonial en Chile: Textos historiográficos de los siglos XVI y XVII’, en La invención de la memoria, ed. Jorge Narváez (Santiago: Pehuén, 1987), 57-70; y Pamela Smorkaloff, ‘De las crónicas al testimonio: Sociocrítica y continuidad histórica en las letras latinoamericanas’, Nuevo Texto Crítico, 8 (1991), 101-16.

4 Roland Barthes, ‘El discurso de la historia’, Social Science Information, 6, 4 (1967), 65-75 (65).

5 Michel de Certeau, La escritura de la historia, 2a ed., trad. Jorge López Moctezuma (México, D.F.: Universidad Iberoamericana, 1993), 58.

6 El libro de Felipe Guamán Poma de Ayala, El primer nueva corónica y buen gobierno, 3 vols., ed. John V. Murray y Rolena Adorno, traducción del quechua Jorge L. Urioste (México, D.F.: Siglo XXI, 1980); y el del Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los incas, ed. Ángel Rosenblat, prólogo de Ricardo Rojas, 2a ed., 2 tomos (Buenos Aires: Emecé, 1945) son, entre otros, textos que plantean en varios niveles ideológicos una primera aproximación a la escritura de testimonio.

7 Según Martín Lienhard, La voz y su huella. Escritura y conflicto étnico-social en América latina 1492-1988 (Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1991): ‘La atribución de poderes poco menos que mágicos a la escritura permite hablar, en un sentido estricto, de su fetichización’ (4).

8 Ibid., 39.

9 Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, ed.á ngel María Garibay (México, D.F.: Editorial Porrúa, 1956).

10 Gerald Taylor, ed., Ritos y tradiciones de Huarochirí (Lima: IEP/Instituto Francés de Estudios Andinos, 1987).

11 Lienhard, op. cit., 40.

12 El derecho natural, por su parte, ‘favorecía’ a los indígenas. De acuerdo a Mauricio Beuchot, Derechos humanos. Historia y filosofía (México, D.F.: Distribuciones Fontamara, S.A., 1999): ‘Aplicando el derecho natural al caso de los indios, Las Casas dice que lo primero que brota de la naturaleza humana es la sociabilidad del hombre, tanto por el instinto como por la razón, y eso le autoriza a tener sociedades o estados [. . .] Por eso los indios tenían gobernantes legítimos, porque eran aptos para ordenar al bien de la comunidad’ (101).

13 Capítulo primero y segundo de Juan de Matienzo, Gobierno del Perú (1567) (Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras, 1910).

14 Para un conocimiento exhaustivo de la biografía del Inca ver John Grier Varner, El Inca: the Life and Times of Garcilaso de la Vega (Austin: Univ. of Texas Press, 1968); José Durand, El Inca Garcilaso, clásico de América (México, D.F.: Secretaría de Educación Pública, 1976); Raúl Porras Barrenechea, El Inca Garcilaso en Montilla (Lima: Editorial San Marcos, 1955). La colección de ensayos de Aurelio Miró Quesada, El Inca Garcilaso y otros estudios garcilasistas (Madrid: Cultura Hispánica, 1971), también presenta datos relevantes sobre la personalidad y las obras de Garcilaso.

15 La influencia de la historiografía greco-latina en Comentarios reales es descrita en términos comparativos por Claire Pailler, ‘Entre le mythe et l’histoire: mémoire et recréation transculturable dans les Comentarios Reales de l’Inca Garcilaso de la Vega’, ponencia en el coloquio ‘Les enjaux de la mémoire: L’Amérique latine à la croisée du 5e. Centenaire’, diciembre 1992. También es útil su ‘Estructura y fuentes de una historia incaica: una lectura “romana” de Garcilaso’, en Conquista y Contraconquista. La escritura del Nuevo Mundo, Actas del XXVIII Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana en Providence, Rhode Island, 1990, ed. Julio Ortega y José Amor Vásquez (México, D.F. y Providence: El Colegio de México y Brown University, 1994), 61-74.

16 Luis Arocena, El Inca Garcilaso y el humanismo renacentista (Buenos Aires: Centro de Profesores Diplomados de Enseñanza Secundaria, 1949); Frances Crowley, Garcilaso de la Vega, el Inca and his sources in Comentarios Reales de los Incas (Paris: Mouton, 1971); José Durand, ‘La biblioteca del Inca’, Nueva Revista de Filología Hispánica, 2 (1948), 239-64; y ‘Garcilaso y su formación literaria e histórica’, en Nuevos estudios sobre el Inca Garcilaso de la Vega (Lima: Centro de Estudios Histórico-Militares, 1988), 63-85.

17 Rodolfo Cerrón Palomino, ‘El Inca Garcilaso o la lealtad idiomática’, Lexis, XV, 2 (1991), 133-78; Alberto Escobar, ‘Lenguaje e historia en los Comentarios reales’, en Patio de letras (Lima: Caballo de Troya, 1965); Miró Quesada, op. cit.; Margarita Zamora, Language, Authority and Indigenous History in the Comentarios Reales (Cambridge: Cambridge U.P., 1988).

18 Mariano Iberico, ‘Discurso sobre el Inca Garcilaso de la Vega’, Revista Histórica, 73 (1939), 18-34; Susana Jákfalvi-Leiva, Traducción, escritura y violencia colonizadora: un estudio de la obra del Inca Garcilaso (Syracuse: Maxwell School of Citizenship and Public Affairs, 1984); Sabine MacCormack, Religion in the Andes. Vision and Imagination in Early Colonial Peru (Princeton: Princeton U.P., 1991).

19 William D. Ilgen, ‘La configuración mítica de la historia en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega’, en Estudios de literatura hispanoamericana en honor a José J. Arrom, ed. Andrew P. Debicki y Enrique Pupo-Walker (Chapel Hill: North Carolina Studies in the Romance Languages and Literatures, 1974), 37-46.

20 Carlos Manuel Cox, Utopía y realidad en el Inca Garcilaso (Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1965).

21 Pierre Duviols, ‘The Inca Garcilaso de la Vega, Humanist Interpreter of the Inca Religion’, Diógenes, 44 (1964), 36-52.

22 Manuel Asensio, ‘Dos cartas desconocidas del Inca Garcilaso’, Nueva Revista de Filología Hispánica, 7 (1953), 583-93.

23 Cox, op. cit. y Zamora, op. cit.

24 Juan Durán Luzio, ‘Sobre Tomás Moro en el Inca Garcilaso’, Revista Iberoamericana, 96-97 (1976), 349-61.

25 Cito por la edición de ángel Rosenblat, op. cit., I, 8. El numeral romano que inicia todas las citas hace referencia al tomo de la obra.

26 Zamora, op. cit., 46.

27 José A. Rodríguez Garrido, ‘La identidad del enunciador en los Comentarios Reales’, Revista Iberoamericana,172-173 (1995), 371-83 (372).

28 Esta institución creada en 1571 tenía, en principio, la función de asesorar al Consejo de Indias. Poco después, debido a la cantidad de documentos escritos sobre el tema y el contenido de los mismos, adquirió la potestad de aprobar su publicación, estableciendo de esta manera, un monopolio historiográfico. Para un tratamiento más extenso del tema ver Demetrio Ramos, ‘La institución del Cronista de Indias, combatida por Aguado y Simón’, Anuario colombiano de historia social y de la cultura, 1-2 (1963-64), 89-105.

29 Ross Chambers, Room for Maneuver: Reading (the) Oppositional (in) Narrative (Chicago: Univ. of Chicago Press, 1991), 11.

30 Mikhail M. Bakhtin, The Dialogical Imagination, ed. Michael Holqvist, trans. C. Emerson and M. Holquist (Austin: Univ. of Texas Press, 1981), 358.

31 Luis E. Valcárcel, Garcilaso el Inca. Visto desde el ángulo indio (Lima: Imprenta del Museo Nacional, 1939).

32 Víctor Andrés Belaunde, ‘Centenario de Garcilaso’, Mercurio peruano, 21, 147 (1939), 118-19.

33 Bernard Lavalle, ‘El Inca Garcilaso de la Vega’, en Luis Iñigo Madrigal, ed., Historia de la literatura hispanoamericana, 3 tomos (Madrid: Cátedra, 1982), I, 135-43 (138-39).

34 Elaborando estos aspectos Nathan Wachtel caracteriza a Comentarios reales como ‘l’histoire à l’envers’. Consultar Vision des vaincus (Paris: Gallimard, 1971), 22.

35 Lavalle, op. cit., 142.

36 Utilizo la noción de texto favorecida por Walter Mignolo, ‘Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista’, en Iñigo Madrigal, op. cit., I, 57-116 (57): ‘el texto, por su definición misma, implica una dimensión cultural. En este sentido la expresión texto es la expresión abreviada de texto de cultura. ¿Qué es, pues el texto? Lo definiremos, brevemente y en función de nuestros propósitos, como un acto verbal conservado en la memoria colectiva y de alta significación en la organización de una cultura.’

37 Ibid.

38 Walter J. Ong, Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, trad. Angélica Scherp (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1987), 47, explica que en una cultura oral primaria la repetición de los conocimientos adquiridos es de vital importancia, puesto que ‘[e]l conocimiento es precioso y difícil de obtener, y la sociedad respeta mucho a aquellos ancianos y ancianas sabias que se especializan en conservarlos, que conocen y pueden contar las historias de los días de antaño’.

39 Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberta Menchú y asíme nació la conciencia, 12a ed. (México, D.F.: Siglo XXI, 1995).

40 Ver el ensayo de Nicolás Wey-Gómez, ‘¿Dónde está Garcilaso?: las oscilaciones del sujeto colonial en la formación de un discurso transcultural’, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 34 (1991), 7-31.

41 Rodríguez Garrido, op. cit., 374.

42 Alberto Flores Galindo, Buscando un Inca. Identidad y utopía en los andes (Lima: Editorial Horizonte, 1994), 18.

43 Michel de Certeau, Heterologies: Discourse on the Other, trans. Brian Massumi (Minneapolis: Univ. of Minnesota Press, 1986), 68.

44 Los escritos del padre Blas Valera, jesuita mestizo versado en lengua quechua, se perdieron en un asalto a Cádiz por los ingleses. Los que se salvaron fueron proporcionados a Garcilaso por el padre Maldonado de Saavedra. Ver el ‘Prólogo’ de Aurelio Miró Quesada a su edición de Comentarios reales de los incas, 3a ed., 2 tomos (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1991), xxi-xxii.

45 José Antonio Mazzotti, ‘Betanzos: de la “épica” incaica a la escritura coral. Aportes para una tipología del sujeto colonial en la historiografía andina’, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 40 (1994), 239-58; Coros mestizos del Inca Garcilaso: resonancias andinas (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1996).

46 Doris Sommer, ‘Sin secretos’, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 36 (1992), 135-53.

47 Jacques Derrida, Of Grammatology, trans. Gayatri Chakravorty Spivak (Baltimore: Johns Hopkins U.P., 1976).

48 Julio Ortega, ‘El Inca Garcilaso y el discurso de la cultura’, Cuadernos Hispanoamericanos, 357 (1980), 670-77 (670).

49 Uno de los estudios más importantes sobre el tema es el de Michael Roberts, Biblical Epic and Rhetorical Paraphrase in Late Antiquity (Liverpool: Francis Cairns, 1985).

50 Ibid., 35-36.

51 Los retóricos clásicos, al dividir la paráfrasis en tres expresiones básicas: elaboración, abreviación y transposición, introdujeron la posibilidad y la necesidad de alterar las fuentes originales.


Fuente: García, Gustavo V. Bulletin of Hispanic Studies; Liverpool Tomo 79, N.º 1, (Mar 2002): 77-94.