1. Introducción

Dos modelos alternativos resultan útiles para confrontar las evidencias arqueológicas con los resultados de las investigaciones lingüísticas desde mi perspectiva de arqueólogo interesado en entender los orígenes de la diversidad lingüística que caracterizaba a los Andes centrales en tiempos de la conquista española. En ambos casos, los influyentes aportes teóricos de Colin Renfrew (1988, 1990, inter alia) constituyen el punto obligado de partida. Renfrew propuso sustituir la popular y equivocada ecuación idioma=ethnos=cultura material por un razonamiento más fino y libre de vicios propios de un difusionismo vulgar. Su argumentación, a decir de Erdosy (1995: 22), podría resumirse en la siguiente fórmula de correlaciones potenciales: <<cambio lingüístico <–> cambio socioeconómico <–> cambio en la cultura material>> (la traducción es mía). Uno de los dos modelos arriba mencionados, el de mayor aceptación, se origina en la discusión sobre los orígenes de la familia de lenguas indoeuropeas y se caracteriza por plantear mecanismos de difusión y de diferenciación progresiva a partir de una zona de origen de la hipotética pre-protolengua compartida. A mayor distancia en el espacio y en el tiempo del núcleo de origen de la pre-protolengua, mayor diferencia entre idiomas emparentados. El segundo modelo se desprende de los estudios realizados en el transcurso del siglo XX en el Mediterráneo oriental sobre la relación entre las lenguas semíticas de la antigüedad y las que pertenecen a otras familias, como la indoeuropea. Sus bases son más empíricas (Izre’el [ed.] 2002; Woodard 2008; Kitchen et al. 2009) que teoréticas (Huhnergard 2002). Hay una gran y evidente diferencia entre la historia de los antecedentes de las lenguas generales indoeuropeas de la antigüedad–como el griego y el latín–y la de los correspondientes a las lenguas generales de la familia semítica, el accadiense, el arameo y el árabe. Solo en este segundo caso, las lenguas generales comparten, con sus antecedentes, la misma área geográfica y cultural de origen: el Creciente Fértil y las zonas aledañas de la Península Arábiga, del valle alto del Eufrates y Tigris, así como el valle bajo del Nilo, hasta la Primera Catarata. Por consiguiente, la diferenciación en el caso de las lenguas semíticas se originaría en las interacciones entre el centro de neolitización, de sedentarización y de desarrollo urbano, las semiperiferias y las periferias (Algaze 2001; Chase-Dunn y Hall 1997; Kardulias y Hall 2008; inter alia). Los grupos advenedizos, cuya presencia repentina en el centro generó cambios, estuvieron originalmente asentados o se movían en el cinturón de las semiperiferias. Los fenómenos de presión migratoria desde las semiperiferias hacia el centro (véase, por ejemplo, la presencia semita en el Eufrates medio a fines del cuarto milenio; cf. Michalowski 2006) y de la colonización desde el centro hacia las semiperiferias, con sus efectos culturales, se constituyeron en las causas principales del cambio lingüístico.

En cambio, en el caso de la familia indoeuropea, las zonas de origen de las lenguas generales de la antigüedad–como el griego y el latín–se ubican lejos de los hipotéticos focos de origen de la pre-protolengua (Renfrew 1988, 1990; Mallory y Adams 2006), como, por ejemplo, el Cáucaso y Anatolia (Gamkrelidze e Ivanov 1990). Asimismo, los sorprendentes parentescos entre idiomas que se hablaban en lugares tan distantes, como el lituano, el griego y el indoario antiguo, no pueden atribuirse a las coyunturas políticas de las edades de Bronce Medio y Tardío, y la de Hierro. Por ende, los especialistas no tienen otra salida que la de buscar la explicación en complejos fenómenos de movilidad generalizada y orientada direccionalmente, como el repoblamiento de Europa en el Mesolítico (Vennemann 2003, 2010; Bammesberger y Vennemann 2003), los movimientos migratorios de agricultores tempranos (Renfrew 1988, 1990; Bellwood 2002) y los procesos particulares que afectaron a las sociedades agropastoriles de las estepas (Gimbutas et al. 1997; Fortson 2010: 43-51, map 2.1). El tema del uso del caballo y del carro también tiene un lugar privilegiado en la discusión sobre el pre- y protoindoeuropeo desde el siglo XIX (Mallory y Adams 2006; Anthony 2007).

A diferencia del modelo inspirado en el caso indoeuropeo, el escenario fundamentado en el panorama lingüístico del Creciente Fértil y de sus alrededores guarda, según mi evaluación, varias coincidencias en cuanto a las causas, condicionamientos y resultados con los probables procesos que habrían ocurrido en la zona centroandina antes de la difusión del castellano y la consolidación del papel del quechua como lengua general a raíz de la conquista española (Mannheim 1991; Durston 2007). En esta propuesta no pretendo encajar, una vez más, la complejidad del problema de todo contacto lingüístico (Hickey [ed.] 2010) en un solo escenario alternativo. Todo lo contrario: la comparación entre los dos marcos sirve para poner en claro que el modelo clásico de la diferenciación progresiva desde la hipotética pre-protolengua, a raíz del alejamiento, también paulatino, de sus usuarios de la zona y de la época de origen, se desprende, en primera instancia, de la lógica de clasificación de la lingüística comparativa (Mailhamer s.f.). Esta tiene carácter de necesidad metodológica (Schlerath 1973: 6-8), pero no describe, necesariamente con debida precisión, la compleja historia lingüística. Lo ponen en evidencia tanto los estudios más actuales sobre el uso simultáneo de varios idiomas en la antigüedad–como, por ejemplo, el de una lengua general que coexiste con varios idiomas maternos–y, también, acerca del papel del pidgin-créole como un mecanismo importante del cambio lingüístico (DeGraff 2001, inter alia; a título de ejemplo, véase el caso del canaano-accadiense en Izre’el 1998, y el sumerio, con su hipotético sustrato no sumerio, en Rubio 1999).

2. Imperios, modelos lingüísticos y evidencias arqueológicas

La demostración de la gran variedad lingüística que caracterizaba a los Andes centrales, y que permanecía oculta detrás de la tardía expansión del quechua como la lengua general de los períodos inca y colonial, es un hecho relativamente reciente en la historia de las investigaciones. Los estudios pioneros de Alfredo Torero (1974, 2002, inter alia), Rodolfo Cerrón-Palomino (1987, 1995, 2000, 2006, 2007, inter alia), Willem Adelaar (2004, inter alia), Bruce Mannheim (1991, inter alia) y Gérald Taylor (2000, inter alia) se desarrollaron (Cerrón-Palomino 1985) en el contexto del debate entre arqueólogos, durante el siglo pasado, acerca de la naturaleza de los horizontes estilísticos (Rice 1993) y, en particular, sobre las características de los fenómenos culturales interrelacionados Huari y Tiahuanaco (véase el resumen del debate en Isbell 1988). Las primeras propuestas de reconstrucción de la historia lingüística de los Andes centrales se han formulado, asimismo, bajo la influencia implícita de los modelos forjados en el marco de estudios sobre los idiomas indoeuropeos de la antigüedad y de sus lenguas generales, el griego y el latín. No es de extrañar, por ende, que se haya dado un peso determinante a la expansión del hipotético Imperio huari como vehículo de la difusión del quechua. Es menester recordar que Huari no solo fue concebido como antecedente y símil del Tahuantinsuyu (Lumbreras 1985, 2007), sino que, además, a Huari y Tiahuanaco se les comparaba, a menudo, con los imperios romanos de occidente y oriente (Kolata 1983; véase también Conrad y Demarest 1984). Se les atribuía, asimismo, características en algún grado similares a las del Imperio tardo romano o, por lo menos, a las del Imperio romano como el arquetipo ideal (Woolf 2005): largos y exitosos antecedentes de conquistas territoriales, una circunscripción extensa con un sistema fiscal y administrativo eficiente, fronteras fortificadas a manera de limes, (1) una religión proselitista del Estado –como el cristianismo a partir de Constantino–un gobierno despótico con un eficiente y complejo sistema burocrático que funcionaba gracias a la frondosa red de centros administrativos (Lumbreras 1985; Isbell y McEwan 1991; Schreiber 1992) y, por supuesto, una lengua general difundida en medio de una diversidad de idiomas y dialectos (Torero 2002).

A partir de la última década del siglo pasado este escenario interpretativo empezó a modificarse debido a nuevos enfoques. Los investigadores han puesto en tela de juicio tanto la larga duración de la expansión huari (Anders 1986; Schreiber 2005; Schreiber y Matthew 2010; Jennings 2006) como la capacidad política del hipotético imperio para ejercer un control efectivo sobre la costa norte (Castillo et al. 2008: 74-77) e, incluso, sobre la costa central (Kaulicke 2001), el área norcentral y la sierra norte del Perú (Shady 1988; Topic 1991; Topic y Topic 2001). Se hace hincapié, también, en el carácter hegemónico, descentralizado y, posteriormente, confederativo de las organizaciones políticas tiahuanaco y huari. (2)

Igual de discutible que el centralizado dominio sobre tan extenso territorio–parcialmente coincidente con el del Tahuantinsuyu–que se atribuye a los gobernantes huari y a los numerosos burócratas de los centros administrativos, o la eficiencia del poder coercitivo supuestamente ejercida por sus huestes guerreras, es el postulado de una religión proselitista del Estado como fundamento ideológico de la dominación. Las imágenes convencionales de seres alados de perfil con un objeto en la mano a manera de báculo, y de seres frontales con dos de estos objetos, uno en cada mano, representan un frondoso y variado panteón (Makowski 2001, 2009a 2010; Knobloch 2010) en lugar de una sola deidad frontal rodeada de acólitos, como se sostenía por mucho tiempo. La identidad de las deidades se expresa, probablemente, en combinaciones de signos parecidos a glifos de los que se componen las plumas de los nimbos alrededor de los rostros de los seres reproducidos frontalmente, o de las diademas–cuando el personaje está representado de perfil–, pectorales, báculos, alas, adornos de podios escalonados o signos pintados en el cuerpo (Makowski 2002 a 2009 a). Si esta lectura es correcta, los panteones huari y tiahuanaco habrían mantenido una relativa independencia entre sí. Solo algunos personajes sobrenaturales fueron compartidos (Makowski 2001, 2010; Knobloch 2010). En cambio, quedaría manifiesta la voluntad de algunos linajes con mayor poder político, asentados en Huari y en Conchopata–ambos complejos ubicados en la parte alta de la cuenca del río Huarpa-Cachi, en Ayacucho–de poner énfasis en su procedencia, real o mítica, de la región del lago Titicaca (Cook 2001; Makowski 2004: 170-179; 2010). Este énfasis se ha materializado en forma de vestidos, tocados, uso de algunos componentes de parafernalia de culto–como los vasos quero–, tecnologías de talla de piedra empleadas en la construcción de plazas ceremoniales y mausoleos (Pérez 2001), diseños en la decoración de vasijas (Ochatoma y Cabrera 2001a, 2001b) y camisas uncus de inspiración tiahuanaco (Bergh 1999, 2009; Makowski 2001, 2010; Young-Sánchez 2010).

El escenario alternativo arriba expuesto no contradice, necesariamente, el hecho de que haya existido una relación causal entre la expansión del quechua I y las hipotéticas conquistas huari (Torero 1974, 2002), pero incrementa, de manera considerable, las diferencias entre los escenarios andinos y el contexto histórico de la consolidación del latín como la lengua general en el Mediterráneo occidental y en Europa. Conforme con los supuestos iniciales de Menzel (1964, 1968a, 1968b), el fenómeno expansivo huari–en su máxima extensión hacia el norte y, luego, hacia la costa–tuvo una duración limitada, quizá de unos 50 a 100 años. El tema de la conquista de la costa central y de la costa norte es materia de debate pero, de haber ocurrido, como se cree muy probable, se situaría en una fecha inmediatamente previa al abandono de los principales centros políticos y religiosos de Maranga (Makowski 2002a: tablas 4.1, 4.2) y Moche (por ejemplo, en el caso de las Huacas del Sol y de la Luna) durante el Horizonte Medio 2A, es decir, entre 750 y 800 d.C. (calib.). Las transformaciones en la arquitectura funeraria y en la cerámica recuay (Lau 2002: 195, table 4; 2003, 2011; Tschauner 2003), así como las fechas relacionadas con la eventual conquista de la región de Huamachuco, motivan que se tome en cuenta la posibilidad de que esa expansión en la sierra norte haya antecedido a la de la costa entre 50 a 100 años. Desafortunadamente, no se dispone de fechas confiables para la construcción de Viracochapampa (Topic y Topic 2001: 206), pero el material asociado es del Horizonte Medio 1B. En la sierra y en la costa sur, donde se extiende el área lingüística aimara (Fig. 1; Torero 2002; Adelaar 2004; Cerrón-Palomino 2005), se podría ampliar este período conforme con la duración estimada del Horizonte Medio, es decir entre 600 y 900-1000 d.C. (Bauer 2004: 67; Glowacki 2005: table 7.1; Nash y Williams 2008). Luego, se inició un período de incrementada movilidad y pronunciada fragmentación política. En cualquiera de los escenarios interpretativos, el lapso en el que el quechua I pudo expandirse y consolidarse no es comparable con la larga historia de la interacción entre el latín como la lengua general y los idiomas locales del Mediterráneo occidental y de Europa entre el siglo II a.C. y el intervalo entre los siglos XV y XVII d.C. Tampoco son comparables, por supuesto, los contextos históricos en los que se situaron ambos fenómenos lingüísticos.

Por otro lado, es cada vez más claro que las regiones culturales localizadas, respectivamente, en la costa y en la sierra norte del Perú, y en la sierra sur alrededor del área circuntiticaca conocieron desarrollos independientes y con dinámicas diferentes entre el Período Precerámico Tardío y el Horizonte Medio en comparación con los Andes centrales (Stanish 2003; Janusek 2004, 2008b, 2010; Isbell y Knobloch 2006, 2009; Stanish et al. 2010). Por último, las fases finales tanto del Horizonte Medio como del Horizonte Temprano deben entenderse como épocas de ruptura de la continuidad cultural y de crisis de reestructuración (véase más adelante). En su transcurso se incrementó, de manera drástica, la movilidad y se reconfiguró el mapa étnico y político. En el marco de estos escenarios nuevos que se vislumbran en la arqueología de los Andes centrales, la comparación con la historia de las lenguas semíticas de la antigüedad y de su contexto inmediato parece proporcionar ideas tanto o más interesantes que los estudios clásicos sobre la familia indoeuropea. En la historia del Cercano Oriente, las fronteras lingüísticas, perceptibles en las evidencias toponímicas y en los textos más antiguos egipcios, sumerios y semitas, delimitan extensas áreas con características ecológicas diferentes, las que, a su vez, condicionaron varias diferencias adaptativas en el marco de procesos de neolitización. (3) El cambio lingüístico parece originarse en los períodos de desestabilización, cuando se incrementó la presión desde las periferias hacia los polos de desarrollo ubicados en las ricas cuencas aluviales. El fenómeno de la lengua general–como, por ejemplo, el sumerio, el accadiense y el arameo–guarda, a su vez, estrecha relación con el papel político y religioso del texto escrito y se manifiesta en el contexto del bi- y plurilingüismo, relativamente generalizado (Lipinski 2000; Von Dassow 2004; Izre’el e.p.).

[FIGURA 1 OMITIR]

Visto desde la perspectiva que se acaba de esbozar, el caso del Cercano Oriente semita se vislumbra como una interesante alternativa al modelo indoeuropeo en el marco de una reflexión comparativa que alimente el debate sobre la historia del mapa lingüístico de los Andes prehispánicos. En primera instancia, los dos escenarios, el Cercano Oriente y los Andes, se parecen hasta cierto punto. En ambos casos, se trata de regiones subtropicales de neolitización local y temprana, bien encaminada ya en el Holoceno Temprano, y, asimismo, de áreas de interacción directa y permanente entre las tradiciones de pastores y agricultores de secano de la sierra, por un lado, y agricultores intensivos que desarrollaron sistemas de riego en los valles aluviales en los que las precipitaciones son escasas–entre 4 y 400 milímetros anuales–por el otro (Wilkinson 2003; Córdova 2005). En ambos territorios, los complejos agropecuarios resultantes de esta interacción proporcionaron bases, a fines del Neolítico en el Cercano Oriente y a fines del Período Formativo en los Andes centrales, respectivamente, para que se consolidaran los procesos de desarrollo de civilizaciones prístinas, originales y muy exitosas.

En cambio, no es necesario recordar que la difusión y la primera diferenciación de idiomas indoeuropeos e indoiraníes emparentados tienen como escenario la semiperiferia y la periferia de un consolidado sistema-mundo (world-system) del Período de Bronce (Gunder Frank 1993; Kohl 1996), en el que diversos Estados territoriales y ciudades-Estado del Mediterráneo oriental lucharon por la hegemonía en su zona de influencia y, también, tejieron complejas alianzas. En el primer milenio a.C., los imperios asirio, neobabilónico y persa integraron política y económicamente este sistema-mundo (Van de Mieroop 2004; Stremlin 2008). Ni la impresionante movilidad de los criadores de caballos y, luego, de dromedarios, ni los medios de transporte terrestre y acuático–en forma buques de gran tonelaje–, ni las densas redes de comercio a larga distancia que caracterizaron este sistema, cuyos orígenes parecen situarse a fines del cuarto milenio a.C.–en el Período Uruk Tardío (Rothman [ed.] 2001)–tienen, por supuesto, paralelos en los Andes centrales.

El contexto cronológico en el que se ubican las fuentes merece un énfasis aparte. El área del Cercano Oriente proporciona una nutrida serie de textos escritos en lenguas semitas y no semitas, cuyos más antiguos ejemplos datan del fin del Período Uruk Tardío. Gracias a la transformación de la escritura ideográfico-fonética en cuneiforme-silábica y a su vertiginosa difusión (Cooper 1996; Michalowski 1996), los lingüistas tienen a disposición una notable cantidad de textos que fueron redactados en la segunda mitad del tercer milenio a.C. (Nissen et al. 1993: 3, 4); una cantidad aún mayor proviene de transcripciones posteriores de originales sumerios o accadienses (Cooper 1996). Con el fin de poder contar con una riqueza y densidad comparable de fuentes epigráficas para el caso indoeuropeo hubo que esperar a la segunda mitad del primer milenio a.C., pero hay un aspecto más: en el debate sobre este tema suele mantenerse presente, de manera implícita o explícita, cierto sesgo que se desprende de la reflexión decimonónica sobre los orígenes remotos de la cultura europea. Resulta difícil callar a los <<fantasmas>> de Frobenius y Kossinna (Díaz-Andreu 1996: 54-57), a pesar de la distancia juiciosa que adoptaron arqueólogos de la talla de Gordon Childe y Colin Renfrew. El modelo de la patria primigenia (Urheimat), el centro desde el que se inicia la difusión y la diferenciación, sea que esté situado en las estepas (Gimbutas et al. 1997) o en las cadenas montañosas de Armenia, mantiene, por lo tanto, cierta vigencia (Mallory 1989, 1997; Gamkrelidze e Ivanov 1990).

El concepto de la patria primigenia–concebida asimismo, como la cuna de la civilización–resultó sumamente atractivo para varios investigadores de la prehistoria de los Andes centrales no solo en el lapso entre las guerras mundiales sino también en la segunda mitad del siglo XX. Es menester recordar que los dos horizontes prehistóricos en la influyente cronología estilística de los Andes centrales, que alterna horizontes con períodos intermedios (Rice 1993), se fundamentan en el seguimiento de la difusión de formas y diseños diagnósticos de dos culturas cuyo descubrimiento y estudio han tenido mucho impacto en la afirmación de la identidad nacional peruana. La cultura Chavín fue considerada matriz, fuente y origen de todos los adelantos de la civilización en los escritos de Julio C. Tello (Burger [ed.] 2009: 125-234). En el debate sobre la cultura Huari se ha puesto énfasis en su papel como antecedente institucional del Tahuantinsuyu (véase la historia del debate en Cook 1994: 33-65). La parcial coincidencia entre el área de origen del quechua y el área nuclear chavín servía–y sirve, aún–de fundamento para una visión simplificada del desarrollo de la civilización, la que habría surgido en los valles interandinos de la sierra norte y, desde ahí, se habría difundido a otras zonas de los Andes centrales. Los Estados expansivos y las religiones proselitistas, productos del desarrollo de la cultura matriz, se convirtieron en vehículos de la difusión del quechua dentro del marco conceptual de esta interpretación.

En los últimos años, Shady y sus colaboradores (Shady y Leyva [eds.] 2003) han retomado esta idea para argumentar que la civilización andina <<se inventó>> en Caral y no es casual que se haya hecho uso del argumento lingüístico. Se sugirió que la <<civilización Caral>> pudo haber sido el agente de la difusión del protoquechua en la costa (Gálvez Astorayme 2003). Argumentos similares a los expuestos antes se esgrimieron en los textos sobre la cultura Tiahuanaco–con sus antecedentes formativos–desde los escritos de Posnansky hasta la actualidad, con el fin, por supuesto, de demostrar que la lengua aimara, considerada el pilar de la identidad nacional boliviana, se difundió desde su supuesta zona de origen en la cuenca del Titicaca hacia el norte, en dirección a la zona centroandina (Janusek 2004: 61-70).

3. Origen de cambios y permanencias en el mapa lingüístico del Cercano Oriente

Es materia de consenso que no hay trazas de otras familias de lenguas que la semítica en la mayor parte del área del Cercano Oriente, en la zona del Creciente Fértil, en la Península Arábiga y en la cuenca baja del Nilo (Lipinski 2001; Rubio 2007; Rubin 2008; Kitchen et al. 2009). Las únicas excepciones se ubican en Nubia (Lipinski 2001: 25), en Anatolia y en las zonas fronterizas de esta con Siro-Palestina (Renfrew 1988; Mallory 1989), en los valles bajos del Eufrates y el Tigris (Rubio 1999; Thomsen 2001; Soltysiak 2006), Karún (Elam), así como en Zagros (Blazek 2002). Por lo tanto, no hay motivos para dudar de que el cercano parentesco entre las más antiguas lenguas semíticas del área esté vinculado con los movimientos de poblaciones que la colonizaron a lo largo del Neolítico y podría remontarse, incluso, al Período Precerámico. Esto resulta particularmente claro en el caso del valle del Nilo (Krzyzaniak et al. 1996; Wengrow 2006: 13-40, fig. 1.6, inter alia). Los estudios comparativos y de ADN permiten fechar, tentativamente, la historia de las relaciones entre los idiomas pertenecientes a la familia hacia el comienzo de la Edad de Bronce (Kitchen et al. 2009). También hay consenso acerca de la presencia de poblaciones semitas en el curso medio del Eufrates y Tigris, y en relación con su temprana interacción con las poblaciones de habla sumeria (Rubio 1999; Thomsen 2001). Las poblaciones cuyas lenguas pertenecieron a la familia semita se movieron en el área de estepas del Creciente Fértil, y colonizaron las cuencas medias del Éufrates y el Tigris y sus confluentes, la cuenca de Orontes y otros ríos menores en Siria y Palestina (Akkermans y Schwartz 2003: 181-287). Las fronteras con otras áreas lingüísticas se ubicaron, con frecuencia, en las franjas del ecotono. Las poblaciones sumerias (Cooper 1996; Michalowski 1996) y elamitas (Blazek 2002) ocupaban, desde el tercer milenio, un hábitat diferente que los semitas: el valle aluvial bajo, en el que la agricultura y el pastoreo fueron posibles gracias a la inversión en el riego y en el drenaje mediante canales intervalle (Nissen 1988: 65-128; Crawford 1991). La explotación de recursos marinos y la navegación con fines comerciales fueron, también, de gran importancia desde las fases finales de la cultura Obeid (Algaze 2001). Es interesante observar la sugerente relación espacial entre la región ocupada por las poblaciones que hablaban el idioma sumerio en el tercer milenio a.C. y el área nuclear de las culturas Obeid y Uruk durante el quinto y cuarto milenios (Ramazzotti 1999; Frangipane 2001). En esta zona del País del Mar se habría hablado la hipotética lengua presumeria; no obstante, la existencia de esta última se pone en cuestionamiento con diversos argumentos de peso (cf. Rubio 1999; Soltysiak 2006).

Cabe enfatizar, sin embargo, que las fronteras de las culturas arqueológicas no siguieron el recorrido de las fronteras políticas, ni menos de las lingüísticas en el Cercano Oriente. A esta conclusión lleva la comparación de los mapas de distribución de estilos de cerámica y de sellos (glíptica), y de otras variables diagnósticas para las culturas arqueológicas, con los mapas elaborados por los lingüistas para el tercer, cuarto y primer milenios a.C. Las fronteras lingüísticas coinciden, en cierta medida, con las culturales solo cuando recorren los ecotonos que, asimismo, separan los centros políticos de sus semiperiferias. Cito, a título de ejemplo, las fronteras culturales y lingüísticas (Rubio 2007), en buena parte sobrepuestas, que atraviesan los montes Zagros (Blazek 2002), Tauro y Antitauro (Mallory 1997), así como la región de Nubia en el valle del Nilo, arriba de la Primera Catarata (Trigger et al. 1986: 40-43; 124-136; 252-270). En cambio, en el área del Creciente Fértil, la cultura urbana del valle bajo del Eufrates y Tigris influyó profundamente en su entorno desde el cuarto milenio a.C. Se creó, primero, el fenómeno del <<horizonte Obeid>>, luego el del <<horizonte Uruk>> y, finalmente, el <<horizonte del estilo Sumerio>>, para expresarlos en términos empleados en los Andes. Esta es la razón por la que, a partir del cuarto milenio a.C. hasta la conquista árabe, las identidades étnicas fundamentadas en la lengua materna son muy difíciles de detectar por medio de la variabilidad del estilo. La distribución de rasgos diagnósticos de la cultura arqueológica dibuja en el mapa el avance de la globalización, de la avasalladora influencia de la cultura del valle bajo, del País del Mar, con su arquitectura y arte figurativo característicos, especialmente la glíptica. Este proceso está acompañado, por lo menos desde el siglo XXVI a.C., del avance del sumerio como lengua general. Incluso el incremento de conflictos étnicos y la consiguiente afirmación de identidades étnicas y lingüísticas por parte de los sumerios y de sus vecinos que se conocen a partir de los textos cuneiformes no se refleja con claridad en la cultura material, salvo por el <<renacimiento sumerio>> de los tiempos de la tercera dinastía de Ur. No obstante, resulta claro que los semitas, que incluyeron a los accadienses y los eblaitas, adoptaron y transformaron la cultura sumeria, la cultura de la lengua general y de la escritura.

De igual manera, es materia de consenso que se perciben marcados ciclos intercalados por períodos de inestabilidad en el proceso cultural en Mesopotamia, Siro-Palestina y Egipto, cuyas historias están claramente interconectadas desde el tercer milenio a.C. (Van de Mieroop 2004). A partir del Período Uruk Tardío, llamado período de la Primera Revolución Urbana dado que antecede a los procesos interpretados por Gordon Childe (Ramazzotti 1999, 2002; Frangipane 2001; Akkermans y Schwartz 2006: 233), las épocas de relativa estabilidad política, las que se singularizaron, además, por características socioeconómicas que le eran propias y las diferenciaban de las demás, se alternaban con episodios de crisis de reestructuración. En estos últimos períodos se incrementó la presión desde las periferias hacia las áreas donde se desarrollaron opulentas culturas urbanas. Grupos móviles, a menudo compuestos por pastores semisedentarios, avanzaban desde las estepas de Siro-Palestina y desde las alturas de Zagros, para lo que adoptaban el camino trazado por ríos como, por ejemplo, el Diyala y el Gran Zab. Sus líderes aprovecharon los conflictos entre los gobernantes de las ciudades-Estado y, posteriormente, entre los Estados territoriales. La cría de caballos y la domesticación del camello dieron un nuevo impulso a los procesos migratorios durante el segundo milenio a.C. Desde esta perspectiva, el mapa étnico, lingüístico y, también, político de Mesopotamia estaba cambiando entre el Período Uruk Medio y las conquistas persas durante tres breves etapas intermedias, las que están intercaladas con cuatro ciclos de estabilidad: a) I (3500-3000 a.C.); b) II (2500-2000 a.C.); c) III (1900-1200 a.C.), y d) IV (1000-400 a.C.). Cada uno de estos ciclos se caracterizó por niveles de integración con el entorno geopolítico y de complejidad socioeconómica sustancialmente mayores que el precedente (Van de Mieroop 2004). Ello se refleja de manera directa en los sistemas de asentamiento y en las características de los asentamientos urbanos (Ur et al. 2007), por lo que se podría hablar no solo de dos (Ramazzotti 1999: 7-55) sino de hasta cuatro <<revoluciones urbanas sucesivas>> que precedieron a la integración de Mesopotamia en el sistema-mundo del Imperio persa. Los períodos intermedios conllevaron, como se ha mencionado, profundos cambios en todos los aspectos, también en el mapa lingüístico.

En el segundo período de reestructuración, que se inició tras la caída de la tercera dinastía de Ur, se selló el destino del sumerio y de los sumerios. En el segundo milenio a.C., el sumerio perdió el estatus de lengua general (Michalowski 2006) y se convirtió en una lengua culta de escribanos y sacerdotes (Thomsen 2001). Su papel de lengua franca lo asumió el accadiense (Cooper 1996). La aparición de nuevas poblaciones de habla semita, migrantes desde la semiperiferias del mundo urbano, condicionó, probablemente, la difusión de dialectos amorreos. La importancia del accadiense durante el segundo milenio a.C. se refleja, entre otros, en los archivos de Tel-el-Amarna (Von Dassow 2004; Izre’el e.p.). A fines del segundo período de reestructuración aparecieron en Siria los primeros grupos indoeuropeos, quiénes introdujeron no solo la cría de caballos, sino también nuevas tecnologías de combate, como el carro de batalla. Se trataba, entre otros, de los hurritas, fundadores del reino Mitanni. Mención aparte merecen también los casitas iraníes, los que conquistaron los valles medio y bajo desde los montes Zagros. En el primer milenio a.C., el arameo sustituyó al accadiense como lengua general (Schwartz 1989; Lipinski 2000). En la dinámica de cambio del primer milenio a.C., los movimientos desde el interior de la península tuvieron un papel creciente a raíz de la domesticación y uso generalizado del camello como medio de transporte, al lado del caballo. Los migrantes trajeron al norte el nabateo de Petra, el dialecto paleoárabe de Palmira, entre otros (Gawlikowski 1995).

El propósito de este apretado, enciclopédico y, de hecho, simplificado resumen de procesos culturales y de sus posibles efectos lingüísticos en el área de interacción de las familias semita e indoeuropea con otras lenguas de origen no siempre conocido, es sugerir, sobre esta base comparativa, un modelo alternativo para los Andes prehispánicos. Considero muy probable que, en los Andes, como en el Cercano Oriente, la interacción entre centros y semiperiferias durante las etapas de reestructuración tenía un papel central como agente de cambio lingüístico. Asimismo, postulo que, en ambos casos, el mapa lingüístico en los polos de desarrollo se estructuró sobre la base de un fuerte sustrato consolidado durante el proceso de neolitización y colonización de variados ecosistemas, colindantes unos con otros.

4. Hacia el entendimiento de las permanencias en el mapa lingüístico de los Andes

El mapa de la diversidad lingüística de los Andes centrales indígenas, laboriosamente reconstruido por Torero (2002), Cerrón-Palomino (1995, 2000, 2006), Adelaar (2004), así como por parte de otros investigadores, se constituye, por supuesto, en el punto de partida de la discusión (Fig. 1). Lo que llama poderosamente la atención en la distribución de los idiomas prehispánicos, configurada a partir de los topónimos y otras fuentes de información, es la frecuente superposición parcial o total de las fronteras que separan, respectivamente, un área lingüística de la otra, y de las fronteras de origen cultural que delimitan zonas de interacción cultural de larga duración. Algunas de estas fronteras se manifiestan desde el Período Precerámico y varias de ellas coinciden con ecotonos. Resulta probable, por ende, que las fronteras lingüísticas del siglo XVI d.C. se proyecten hacia tiempos relativamente remotos debido a que responden a mecanismos de regionalización cultural de larga duración. En el caso de la costa norte y la costa central, el área de la lengua quingnam (Fig. 2) corresponde, plenamente o en parte, a los siguientes factores: a) la distribución de la industria paijanense (Chauchat 2006); b) el área de interacciones en cuanto al diseño arquitectónico de volúmenes monumentales y el estilo de diseños figurativos en textiles, mates y relieves durante los períodos Precerámico Tardío e Inicial (Burger 1992: 56-103, fig. 38; Bischof 2008; Burger y Salazar-Burger 2008); c) el área de difusión, hacia la costa central, de numerosas formas y diseños característicos de la costa norte durante el Período Intermedio Temprano y el Horizonte Medio, en particular durante las épocas 2B a 4, y el Período Intermedio Tardío, (4) y d) la máxima expansión chimú hacia el sur (Mackey y Klymyshyn 1990).

Los fenómenos enumerados arriba sugieren el movimiento, casi constante, de gente, de bienes e ideas desde el norte hacia el sur. El valle de Jequetepeque y las pampas de Paiján, que constituyen el área de contacto entre los idiomas mochica y quingnam (Fig. 2), tienen, también, un profundo y reconocido sentido cultural: el límite entre las regiones Mochica Sur y Mochica Norte (Castillo y Quilter 2010), así como la frontera entre Chimú y Lambayeque-Sicán antes de la expansión chimú más allá de Jequetepeque (Mackey y Klymyshyn 1990). Lo mismo podría afirmarse sobre el fragmentado panorama al norte del río La Leche. El alto y bajo Piura, y el bajo Chira mantienen, por lo menos desde el Horizonte Temprano, características de regiones culturales con particularidades propias. Antes de la conquista de estas áreas por los Estados moche, lambayeque y chimú, poblaciones importantes llegaban periódicamente desde el norte, desde el vecino Ecuador, por tierra, quizás por el camino del oro y de las conchas tropicales y, posteriormente, también en balsas por el mar.

Como ejemplo, véase la problemática acerca de Vicús y Salinar (Makowski 1994). Cabe recordar que la región mencionada tiene carácter de frontera ecológica entre los Andes centrales y los septentrionales marcada por el tampón de Paita. El encuentro de dos corrientes marinas opuestas no solo determina hacia donde pueden llegar las balsas sin vela latina y quilla (Hocquenghem et al. 1993), sino que condiciona el régimen de lluvias. Estas son abundantes y anuales entre diciembre y marzo, en particular en el alto Piura, y en los años de un fuerte fenómeno de El Niño convierten el desierto de Sechura en una estepa tropical con zonas boscosas pobladas de algarrobos. Cabe mencionar que desde que los paleofenómenos de El Niño adoptaron un ritmo pararregular a partir del fin del Holoceno Temprano (Billman y Huckleberry 2008) causaron, con toda probabilidad, desplazamientos–tanto del norte hacia el sur como en dirección contraria–de poblaciones dependientes de la pesca de especies adaptadas, respectivamente, a aguas frías y calientes.

[FIGURA 2 OMITIR]

Un alto grado de coincidencia entre la cultura material, la zonificación ecológica y las áreas lingüísticas se observa también en la sierra norte, en particular en el caso del Quechua Central, la rama más antigua entre las variantes del quechua y que se ubica en el área de interacción de los estilos Blanco sobre Rojo y Recuay (Lau 2002, 2011). Al norte de los callejones, la sierra de La Libertad podría también haber funcionado como una frontera lingüística con la lengua culli (Lau 2006). En la sierra sur, el área del puquina coincide bien con el área de interacción circuntiticaca sur durante los períodos Formativo Medio y Tardío (Stanish 2003) y considero muy probable su difusión hacia el norte durante el período tiahuanaco. El tema del aimara es, por supuesto, más complejo y polémico; sin embargo, hay una fuerte y significativa coincidencia entre el núcleo primigenio de la cultura Huari, con sus antecedentes y la distribución de topónimos de la familia aimara en la costa y en la sierra sur (Fig. 3). ¿Tendrá la frontera entre las culturas Chiripa y Pucará un correlato lingüístico? Este escenario parece tentador, como el del papel del aimara como lengua franca en la época del apogeo de Tiahuanaco.

En un reciente artículo, Heggarty y Beresford-Jones (2010) sustentaron, en medio de una encendida polémica con Diamond y Bellwood (2003: 175 et seq.), una hipótesis cuyo tenor es el siguiente: la difusión del quechua y su interacción con el aimara se inició en el Horizonte Temprano, cuando el desarrollo de la agricultura del maíz (Zea mays) habría condicionado, según dichos autores, mayor independencia respecto del medioambiente y, por lo tanto, mayor movilidad de los potenciales agentes de cambio: los pobladores de los valles interandinos. Los autores citados consideran, asimismo, que la extrema diversidad medioambiental de los Andes centrales y la subsiguiente variedad de estrategias de subsistencia promovió, rápidamente, la diversificación lingüística que borraría, en el transcurso de cinco milenios, los eventuales parentescos derivados de la pre-protolengua compartida por los primeros pobladores. Por esta misma razón, la distribución de los focos de neolitización temprana,–y, en general, la diversidad de las estrategias de subsistencia–habrían condicionado, en buen grado, la configuración de las áreas lingüísticas (Heggarty y Beresford-Jones 2010: 175-177). Esta conclusión de Heggarty y Beresford-Jones es convincente, pero no ocurre lo mismo con la segunda parte de su razonamiento, cuando argumentan que la distribución de las evidencias de maíz a lo largo de la costa central del Perú, desde el norte hasta el valle de Ica, sugiere el avance de poblaciones de agricultores desde el área de origen del pre-protoquechua hacia el sur, la zona donde se registran antecedentes del aimara moderno.

El maíz no tuvo el mismo papel en la dieta de las sociedades prehistóricas de los Andes centrales que en México. Tampoco es comparable su relevancia con la de las gramíneas en la economía de las culturas neolíticas del Mediterráneo y de Europa. Como bien lo enfatizaron Van der Merve y Tschauner (1999), el maíz constituye solo un complemento secundario en la dieta de carbohidratos compuesta por una amplia gama de especies vegetales que varían de región en región. Proporciona, en primera instancia, la materia prima para producir la chicha, pero incluso en este caso hay otros insumos que pueden sustituir el maíz, como la yuca (Manihot esculenta). Este papel subalterno en la dieta, pero de mucha relevancia en la dimensión ritual, resulta evidente en varios sitios costeños con perfecta conservación de restos macrobotánicos, como, por ejemplo, en Cahuachi (Nazca, cf. Silverman 2002: 151-152). Inclusive en las zonas en las que se manifiesta un posible sesgo por razones de conservación, como en Tiwanaku, los investigadores enfatizan el papel especial del maíz como insumo de fiesta y de consumo de elite, en contraste con la subsistencia diaria basada en otras especies vegetales (Wright et al. 2003).

Por otro lado, nada indica que los callejones de Huaylas y Conchucos, así como la cuenca del Mosna, que alberga el complejo de Chavín de Huántar, hayan sido polos de crecimiento demográfico vertiginoso y el origen de oleadas de migraciones masivas durante el Horizonte Temprano. Todo lo contrario, las evidencias sugieren, más bien, que fueron las poblaciones asentadas lejos de Chavín, al sur en la costa y en la sierra –y también las del norte, lo que incluye Cajamarca–las que enviaban a sus representantes, con rebaños de camélidos, obsidiana y otras ofrendas, así como con productos y materias primas exóticas para el trueque, al famoso templo-oráculo (Burger 1993). Tanto las evidencias de la Galería de las Ofrendas (Lumbreras 1993) como las de los sectores excavados fuera del templo lo demuestran de manera concluyente (Burger 1998). Las condiciones para el brusco incremento de movilidad de grupos humanos se dan en los Andes centrales después del ocaso de Chavín de Huántar durante las tres últimas fases del Horizonte Temprano y las primeras dos del Período Intermedio Temprano (aproximadamente 400/300 a.C.-200 d.C.). Poblaciones de economía mixta–pastoril y agrícola–se desplazaron desde las periferias hacia el área de interacción cultural chavín. Este mismo proceso migratorio fue, quizá, la causa del ocaso y abandono definitivo del templo en el valle del Mosna (Burger 1998; Lau 2003).

[FIGURA 3 OMITIR]

[FIGURA 4 OMITIR]

5. Potenciales causas y probables tiempos de cambio en el mapa de lenguas indígenas centroandinas

El período que acabo de detallar es uno de dos episodios de reestructuración cultural del espacio centroandino que tienen indudables repercusiones en el ámbito de las relaciones étnicas y políticas. Ambos se ubican, cronológicamente, en las fases finales de dos horizontes estilísticos sucesivos. El primero se inicia hacia la fase 8 del Horizonte Temprano y el segundo alrededor de la fase 3 del Horizonte Medio y se extendió al inicio del Período Intermedio Tardío. Fenómenos similares afectaron, de manera periódica, la continuidad de los procesos de desarrollo no solo en el Cercano Oriente (véase párrafos anteriores) y en los Andes, sino en todas las áreas donde se gestaron las civilizaciones antiguas (por ejemplo, para México, cf. Duverger 2007). Las causas del incremento de movilidad humana en una región dada suelen ser múltiples. Las migraciones desde las periferias hacia el centro, por definición más desarrollado que su entorno, pueden originarse a raíz de cambios climáticos desfavorables que tienen repercusiones en las estrategias de subsistencia. Las causas pueden ser, también, políticas, como, por ejemplo, cuando las diferencias en el desarrollo, la presión demográfica y/o los conflictos por el acceso a recursos crean condiciones para que se manifieste la violencia institucionalizada. En esta clase de coyunturas, los conflictos suelen crear efectos en cadena. Las etapas de reestructuración han recibido muy poca atención por parte de los estudiosos y recién en las últimas décadas las crisis en períodos <<oscuros>> se han convertido en el tema de moda en algunas arqueologías regionales. Los Andes no son una excepción en este sentido. El interés se enfocaba, y se sigue enfocando, en las épocas precedentes o posteriores a las épocas de crisis de reestructuración, en las que se ubican las culturas <<clásicas>> Chavín-Cupisnique, Moche, Lima, Huari, Tiahuanaco, así como Chimú, Ychsma o Chincha.

El primer período de reestructuración, mencionado antes, marca el fin de la larga tradición de la arquitectura monumental y de la característica iconografía que se desarrollaron, sin interrupción, en la costa y sierra norte y central desde el Período Precerámico Tardío. Tanto Chavín de Huántar como Kuntur Wasi fueron abandonados casi simultáneamente debido a estos acontecimientos. Asimismo, cambiaron, de manera sustancial, las tecnologías alfareras (por ejemplo, en los callejones, cf. Amat 2003; Lau 2003), metalúrgicas y textiles (Burger 1992, 1993; Makowski 2010). En el campo de la metalurgia aparecieron, de manera súbita y sin ningún antecedente previo, las tecnologías de aleaciones ternarias y de dorados en dos áreas inconexas: la costa central (Makowski y Castro de la Mata 2000) y Vicús (Makowski y Velarde 1998). En ambos casos, las poblaciones responsables de este cambio eran diestras en el manejo y cría de camélidos, cuya carne fue, para ellos, la fuente principal de proteínas. Asimismo, el uso de fibra condiciona toda una revolución en la producción de tejidos con decoración estructural y con bordado. Es notable, también, el incremento de la presencia de obsidiana importada de fuentes sureñas en los contextos posteriores al abandono de Chavín (Burger 1993). Al mismo tiempo se registró el incremento en la producción y el consumo de maíz (Tykot et al. 2006), y la difusión de la ganadería de camélidos en la sierra norte y a lo largo de la costa (Bonavia 1996), ambos hechos correlacionados con la drástica transformación en los patrones de asentamiento. Existen varios indicios de que estos cambios fueron generados por la llegada de numerosos grupos de agricultores y pastores de camélidos cuyos hábitos y estilo de vida diferían sustancialmente del de los autóctonos (Seki 1994; Makowski 2005; Lau 2011). El manejo de las técnicas de la cría y selección de los camélidos les daba, sin duda, ventajas sobre las poblaciones locales del área cultural chavín-cupisnique. Esto llama a tratar de resolver la cuestión de la procedencia de los <<advenedizos>>.

La dirección general de estos desplazamientos parece proceder del sur y sureste, las que eran regiones de temprana domesticación de camélidos y donde, también, abundan fuentes de obsidiana. No obstante, no fueron, de hecho, movimientos unidireccionales. En el caso preciso de la costa central, los advenedizos parecen haber provenido de la sierra norte y de la sierra de Huánuco. Los vínculos entre la cultura Higueras y las tradiciones de Tablada, del valle de Lurín, son realmente asombrosos. Indudables son también las posteriores influencias de Recuay en las fases iniciales de Lima (Makowski y Rucabado 2000; Makowski 2002b, 2009b). La aparición de nuevas tecnologías que no tienen antecedentes locales en la metalurgia (Makowski y Castro de la Mata 2000), así como tampoco en los textiles hechos de lana -y no solo de algodón- que tienen decoración estructural y diseños, como el conocido interlocking, y en las técnicas alfareras brindan argumentos sólidos a favor de la hipótesis de que grupos foráneos llegaron a la costa central del Perú en las fases finales del Horizonte Temprano. El hecho más digno, quizá, de resaltar es el del incremento de la violencia institucionalizada en un amplio espacio de la costa (Ghezzi 2007). Aproximadamente entre el valle de Virú y el valle de Lurín, las poblaciones de este período construyeron un gran número de templos, refugios y asentamientos fortificados (Chamussy 2009). No obstante, en todo el territorio centroandino se registraron importantes transformaciones en el ámbito de las relaciones sociales. Nacieron culturas guerreras con rituales propios, de los que la guerra florida moche y la caza de cabezas-trofeo de las culturas Paracas Tardío, Topará y Nazca son los exponentes mejor conocidos (Makowski 2010).

Después del período de reestructuración, entre el intervalo de los siglos II/III y el siglo VIII d.C. (calib.), se inició una época en la que la mayoría de los investigadores ubica el origen y desarrollo de Estados territoriales prehistóricos en los Andes centrales. En este contexto también se sitúa el desarrollo huari, el hipotético imperio cuyas características se comparan, a menudo, con el Tahuantinsuyu. De ahí, entre otros, el supuesto de que la difusión del quechua se debe a este fenómeno cultural y político. ¿Qué identidades se esconden detrás de lo que fue definido como cultura Huari? Las investigaciones recientes apuntan a una realidad compleja pluricultural y plurilingüística. Knobloch (2010), Cook (1996) y Makowski (2010), entre otros, coinciden en que la iconografía huari representa individuos cuyo vestido apunta a un variado origen de los representados dado que están ataviados con atuendos característicos de la cuenca del Titicaca, Nazca, Palpa e Ica, la sierra norte y otras regiones.

Existe un tácito consenso de que la estricta elite de poder se vistió y se armó como si hubieran nacido en los territorios al borde del lago Titicaca (Cook 2001; Ochatoma y Cabrera 2001a, 2001b; Knobloch 2010). Hay que enfatizar que la influencia altiplánica es notable, también, en la cerámica doméstica local, llamada Wamanga, la que reemplazó al estilo Huarpa, de carácter prehuari (Ochatoma 2007). La elite que se hizo representar con atuendos del altiplano mandó construir, en Huari, plazas y cámaras funerarias en piedra tallada con la irrepetible técnica tiahuanaco, lo que incluyó las características grapas y módulos monolíticos perfectamente canteados (Pérez 2001). Se tallaron, además, estatuas de piedra que evocaban, estilísticamente, a las efigies de la etapa Tiahuanaco III y la parte temprana de Tiahuanaco IV. Los atuendos de las elites huari como los de las elites tiahuanaco están decorados con frondosa iconografía hecha por artesanos capaces de tejer, en la técnica de tapiz, figuras de deidades e identidades míticas expresadas por medio de símbolos-glifos con pleno conocimiento de reglas de composición (Makowski 2010; Young-Sánchez 2010). En el caso huari no se trataba de meras imitaciones de modelos tiahuanaco sino de creaciones originales en el estilo del altiplano. Es indudable que las elites huari querían hacer de su real o mítico origen tiahuanaco un fundamento de la ideología religiosa con la que legitimaban sus derechos de poder (Cook 2001; Makowski 2010). Además, usaban los objetos ceremoniales que apuntaban a este origen y que se imitaron luego a lo largo de la costa y la sierra peruana hasta la lejana Piura, entre ellos, el vaso de tipo quero y el gorro de cuatro puntas (Makowski 2010). El panteón de deidades representado en los vestidos y en los queros parece incluir deidades locales, entre ellos, una diosa del maíz y, también, divinidades del altiplano. Este discurso iconográfico se asemeja en sus probables contenidos, como bien lo observó Cook (2001), a la leyenda dinástica del linaje de Manco Capac: el mito de los hermanos Ayar. Cabe enfatizar, sin embargo, que en los tiempos huari no se definió un único estilo imperial en cerámica y en arquitectura, como sí ocurrió en el caso inca.

Desde mi punto de vista (Makowski 2010), la totalidad de los artefactos figurativos que se consideran diagnósticos para el Horizonte Medio–los textiles y objetos elaborados en cerámica–, se pueden asignar a una de tres categorías debido a marcadas diferencias que se perciben en el manejo de la iconografía y el repertorio formal de soportes de la imagen. El primer conjunto recurrente en Ayacucho y en la costa sur –muy poco frecuente en otros lugares–agrupa a los vestidos y a la parafernalia de culto decorada con la iconografía tiahuanaco hecha por artesanos, si no originarios de la cuenca de Titicaca, por lo menos formados por maestros que nacieron allí. Los objetos con iconografía más compleja parecen relacionarse con el culto de ancestros de linajes nobles como los que se realizaban en los ambientes de Conchopata (Isbell y Cook 2002; Knobloch 2010). El segundo grupo de artefactos en variados estilos cerámicos y textiles es más recurrente que el primero. En su iconografía se reprodujeron, por medio de la imitación, los contornos de los seres principales sobrenaturales tiahuanaco. Se omitieron intencionalmente todos los detalles y atributos significativos por lo que los personajes representados están privados de personalidad y sus figuras adquieren carácter de emblemas. Los soportes de esta iconografía comprendieron muchas formas relacionadas con estilos centroandinos previos a Huari. Precisamente fueron los hallazgos de objetos pertenecientes a este último grupo de artefactos los que definieron, en el tiempo y en el espacio, la expansión del Estado ayacuchano. Por último, el tercer grupo está constituido por artefactos elaborados en estilos locales, costeños o serranos, por ejemplo de inspiración lima, moche o recuay, pero marcados con ciertas influencias formales huari y tiahuanaco. Sus productores imitaban, al parecer de manera deliberada, ciertas convenciones de estilos sureños de gran prestigio, pero, por lo general, se mantenían fieles al repertorio iconográfico local (Makowski 2010). Esta variedad de estilos, sugerida también por atuendos característicos, indicaría que las elites huari conservaban y enfatizaban sus identidades étnicas respectivas dentro de jerarquías sociales establecidas. Los linajes gobernantes debieron haber cultivado un idioma de procedencia altiplánica a juzgar por los vestidos, las cámaras funerarias y por la iconografía, entre otros indicios: ¿quizá un protopuquina?

Las opiniones bien fundamentadas de Torero (2002) y Cerrón-Palomino (1995a, 2005) sugieren que los idiomas hablados tanto en la sierra como en la costa surcentral pertenecían a la familia aimara. A este grupo debió haber pertenecido la lengua materna de los usuarios de la parafernalia de culto y de los atuendos que se han clasificado en el segundo grupo. Es posible que el quechua ya hubiera empezado a constituirse como una lengua general, por lo menos en la sierra, como lo propuso Torero (2002). Resulta lógico pensar que su uso en esta forma estuvo más generalizado en la mitad norte que en la mitad sur del área integrada por el hipotético imperio ayacuchano. La fecha de la propagación del aimara hacia la cuenca del Titicaca es materia de un encendido debate (véase este número). La fecha posterior al Horizonte Medio propuesta por Cerrón-Palomino (2000: 138, 140, figs. 2, 3) sobre la base de la glotocronología no guarda, según mi opinión, una relación clara con las evidencias arqueológicas.

Luego del gradual debilitamiento, casi simultáneo, de Tiahuanaco (Tiahuanaco V/Pacajes; cf. Augustyniak 2004; Janusek 2008a) y de Huari (Horizonte Medio 2B y 3; Isbell 1997; Bauer 2004), a partir del siglo XI d.C., se inició una etapa de transformaciones bruscas en amplias áreas de los Andes centrales que afectaron estilos de vida, tipos de organización política y, también, las economías y estrategias de subsistencia. Se trataba, probablemente, de una ruptura dramática de la continuidad cultural, quizás aún más profunda que la que ocurrió a finales del Horizonte Temprano. Ni las formas ni las tecnologías de producción de la cerámica llamada chanka (González Carré et al. 1987) tienen antecedentes previos en la zona de Ayacucho. La nueva tradición de casas circulares tampoco, pero esta pertenece a un horizonte de cambio que parece avanzar a lo largo de la sierra (Bauer et al. 2010: 80-93). Aparentemente, una vez más, la poblaciones se movían desde la periferia hacia los relativamente opulentos valles interandinos. El horizonte de variaciones avanzó desde el sur hasta el Callejón de Huaylas (Lau 2003; Lane 2010). A partir de los siglos XII y XIII se incrementaron los conflictos bélicos y el espacio político en la sierra se balcanizó (Arkush 2006, 2008; Brown Vega 2009), debido, de manera probable, a repetidas y prolongadas sequías que actuaron como desencadenantes (Arkush 2008). Estas alteraciones tuvieron repercusiones en la costa sur y central. De este modo, se creó un nuevo panorama político y posiblemente étnico. La continuidad cultural a lo largo del Período Intermedio Tardío hasta los inicios del Horizonte Tardío sugiere que este nuevo panorama se consolidó y no sufrió cambios mayores hasta la conquista inca, cuya política de traslado forzoso de poblaciones dejó conocidas huellas en el mapa lingüístico.

6. Conclusiones

A juzgar por las evidencias arqueológicas y lingüísticas, y conforme con el marco conceptual expuesto líneas antes, la distribución de áreas lingüísticas en los tiempos coloniales, reconstruida por los lingüistas, pudo haber variado mucho menos de lo esperado desde mediados del primer milenio a.C. (calib.). Las fronteras lingüísticas registradas para el siglo XVI d.C. se sobreponen a las que delimitan áreas demarcadas por medio de las variables de la cultura material, y parecen tener carácter de fronteras de longue durée (Figs. 1-4). Ello concierne a la distribución respectiva de hablantes de mochica, quingnam, culli, quechua I, aimara y puquina. Nuevas relaciones de parentesco en diferentes ámbitos–y, también, respecto de algunas distancias–pudieron haberse establecido en los dos períodos de inestabilidad luego del ocaso de Chavín, y del colapso de Huari y de Tiahuanaco. Es probable que tanto el quechua como el aimara hubieran empezado a tener el papel de lenguas generales a partir del Horizonte Medio, como postulaba Torero (1974, 2002), en las partes norte y sur de los Andes centrales, respectivamente. No obstante, los contactos entre las poblaciones que, posiblemente, hablaban pre-protoquechua y pre-protoaimara antecedían a esta fecha, y pueden ser rastreadas por medio de evidencias arqueológicas hasta el Período Horizonte Temprano.

Agradecimientos

Deseo agradecer al doctor Rodolfo Cerrón-Palomino, por la amistosa y oportuna consulta durante la preparación de los mapas, y a Gabriela Oré por haberlas diseñado y confeccionado.

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Notas

(1) Véase la discusión acerca de Moquegua, el sitio de Cerro Baúl y los asentamientos defensivos huari adyacentes respecto del palacio de Omo y las aldeas abiertas colindantes en Williams y Nash (2002). Cabe observar que la interpretación vigente resulta algo paradójica debido a la ausencia de evidencias de conflictos entre las poblaciones de los asentamientos abiertos tiahuanaco y de los conjuntos fortificados huari. De manera reciente, se ha resaltado la posibilidad de una política de banquetes (commensal politics) desarrollada por los huari y que vinculaba a las dos poblaciones (Nash y Williams 2008). Es probable que se haya tratado de aliados que formaron parte de un mismo organismo político más que de competidores (Makowski 2010).

(2) Este nuevo enfoque es patente en el caso de Tiahuanaco (véase Albarracín-Jordán 2003 para el escenario confederativo de un Estado segmentario; Kolata 2003, inter alia, y Janusek 2004, 2008b, inter alia) para la hipótesis del Estado oikos y del <<Estado fragmentado>>, así como el resumen del debate). En el caso de Huari, Shady (1988) puso en tela de juicio la existencia del imperio a partir de la discusión de las evidencias de la costa y sierra central y el área norcentral. Los investigadores de la costa y de la sierra norte (véase, por ejemplo, la síntesis de la discusión en Isbell y McEwan 1991), se mostraron escépticos acerca de la conquista huari o, por lo menos, sobre su efectividad y duración. Jennings (2006) ha resumido y tratado, de manera reciente, las nuevas tendencias en la interpretación acerca de Huari.

(3) Esto lo demuestra la comparación entre las regiones correspondientes a las lenguas sumeria y elamita en los valles bajos del Eufrates y Tigris, así como entre las áreas de distribución de lenguas semitas en el Creciente Fértil con las del valle bajo del Nilo y las zonas periféricas no semitas en Zagros y Anatolia (véase, por ejemplo, Rubio 2007).

(4) Es un tema menos estudiado y más complejo que el anterior. Para acercarse a una comprensión del problema, puede verse la comparación de los desarrollos norte y sur en Makowski ([comp.] 2008, 2010), y la discusión del concepto de cotradición en los trabajos de Isbell y Silverman (2006). La expresión más clara de interacciones norte-sur a fines del Horizonte Medio la conforman, por un lado, los vínculos cercanos entre la iconografía del Ídolo de Pachacamac (Dulanto 2001) y, por el otro, la de la cerámica de estilo Casma Impreso de Molde (Carrión Cachot 1959; Shimada 1991) y la de los complejos de Huaca del Dragón y Chotuna (Makowski 2006).

Krzysztof Makowski (a)


Fuente: Krzysztof Makowski, Pontificia Universidad Católica del Perú, Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Dirección postal: av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú.