Empezamos con un momento en el tiempo. Fue el día 7 de junio de 1808 y estaba llegando a Londres la diligencia que cada día se hacía el viaje largo y difícil que unía a la capital de Gran Bretaña con el condado lejano de Cornwall. Circulando por las calles pasó entre todo el ruido, bullicio y jaleo que caracterizaba al ambiente londinense y, al principio, parecía que se trataba de un hecho absolutamente rutinario en un día también rutinario. Pero en seguida aquella impresión se disipó. Casi no había parado la diligencia cuando surgió una atmósfera de excitación–incluso de gozo–en su entorno. Estallaron gritos, aplausos y hasta vivas, y más cuando bajaron los ocupantes principales del vehículo, un pequeño grupo de viajeros españoles. Unas cinco personas habían venido a Londres con noticias de un hecho totalmente inesperado –el levantamiento contra Napoleón de la pequeña provincia española de Asturias– y, a la par que se conocían sus palabras, se encontraron en el centro de un verdadero frenesí de entusiasmo. Así empezó un verano de hispanofilia: se puede decir, incluso, que en ningún otro momento en la historia larga y complicada de las relaciones anglo-hispanas hubo tanta buena voluntad ni tanto optimismo. Luego, en cambio, todo fue diferente, al ser la alianza anglo-española que surgió en aquel junio de 1808 un matrimonio hecho más en el infierno que en el cielo. Pero, por ahora, quedémonos con lo positivo de un momento que aparentemente había anulado siglos de temor y rivalidad, siendo el objeto de esta contribución examinar los orígenes de lo que habría podido constituir una auténtica revolución en las relaciones internacionales, además de explicar las razones por las cuales aquella trasformación no se hizo realidad (1).

¿Cómo, pues, explicar la emoción que produjo la aparición en las calles de Londres del Vizconde de Matarros, más conocido por el título de Conde de Toreno, que heredó unos meses después Henry Brougham a quien describió como ,un chico admirable de dieciocho años, de mucha promesa y, supongo, bien nacido,,2 y del licenciado Andrés Ángel de la Vega, los principales emisarios asturianos? Desde los primeros días del año había predominado una atmósfera netamente pesimista. Como escribió el futuro lord Melbourne:

   El primero de enero se reunió el Parlamento, con un estado de cosas
   que se iba poniendo, como ya era habitual, más y más preocupante:
   las vacaciones parlamentarjas estuvieron llenas de
   acontecimientos, algunos de ellos calamitosos y otros de algún
   consuelo, pero todos muy ilustrativos de la condición perdida del
   continente y de una crisis muy alarmante para este país3.

En primer lugar estaba la situación naval. Con la victoria de Trafalgar del 21 de octubre de 1805 había disminuido algo el miedo a una gran invasión francesa, mientras que dos intervenciones militares tan rápidas como eficaces en 1807 habían salvado de las manos del enemigo las flotas nada despreciables de Dinamarca y Portugal. Sin embargo, los franceses controlaban tantos puertos y recursos navales que no se podía descartar la posibilidad de una nueva amenaza naval: se sabía que en toda una serie de ciudades costeras se estaban construyendo muchos navíos, que una nueva base naval estaba en construcción en el punto amenazante de Cherbourg, y que Napoleón estaba hablando otra vez de un ataque anfibio. Mientras tanto, mantener el bloqueo constante, de lo que dependía la seguridad de las Islas Británicas, suponía un esfuerzo tan difícil como costoso para la Royal Navy: entre 1805 y 1814 perdió la Marina británica nada menos que diez navíos de guerra y treinta y cinco fragatas en naufragios y otros accidentes, y además tuvo que descartar setenta buques de ambos tipos como consecuencia de su deteriorado estado (fuera de las aguas de Gran Bretaña misma, reparar sus buques era un problema muy grave para los británicos, siendo sus únicas bases navales con astilleros La Valetta y Gibraltar). E incluso ya había evidencia clara de que los wooden walls no podían asegurar el control absoluto del mar. En enero de 1808 el almirante Allemand escapó de Rochefort con su escuadrón de cinco navíos de guerra y consiguió navegar hasta Toulon, donde se unió al escuadrón francés del almirante Ganteaume en una expedición para llevar nuevos hombres a la guarnición francesa de Corfú, y todo esto sin que los buques británicos de la escuadra mediterránea dispararan ni una sola bala4.

Doscientos años después es posible ver que, al fin y al cabo, aun con el refuerzo constituido por los pobres restos de la Marina española, la francesa de 1808 no podía montar operaciones al estilo de las grandes maniobras de 1805. Pero no hay duda de que la guerra naval se había complicado en el otoño de 1807. Primero, estaban los efectos del Tratado de Tilsit y la alianza que se suponía entre Napoleón y Alejandro I. Así, con cuarenta y cuatro navíos de guerra, Rusia era una potencia naval que tenía capacidad para poner en grandes dificultades a Londres, tanto en el Báltico como en el Mediterráneo, mientras que el papel enorme que jugaron las exportaciones de Rusia y Prusia en la construcción de nuevos buques en los astilleros de Gran Bretaña amenazaba la habilidad de los británicos para mantener y reforzar su Armada: en 1805 llegaron 11.841 cargamentos de madera a los puertos británicos, pero en 1808 la cifra bajó a solamente veintisiete; además, había un aumento en los precios: entre 1807 y 1809 el precio de importaciones de madera de los puertos bálticos de Danzig y Memel se dobló. Y, en segundo lugar, estaba la ocupación francesa de Portugal en el otoño de 1807. Para los ingleses la pérdida de Lisboa representó un golpe muy serio. Se había salvado la Marina portuguesa, sí, pero la capital tenía mucha más importancia que los seis navíos viejos y pequeños a que la fuerza efectiva de aquélla se redujo. Casi era el único puerto de importancia abierto a los ingleses en todo el litoral del Océano Atlántico desde Gran Bretaña hacia el sur. Por la neutralidad de los portugueses, Lisboa se había constituido en un refugio muy importante para los buques de la Royal Navy, y toda la costa de Portugal había ofrecido muchas oportunidades de conseguir agua y comida. Con la ocupación de Portugal por los franceses, tales comodidades se habían perdido por completo o, al menos, eran bastante dudosas, mientras que, por razones que no nos deben detener aquí, un escadrón de diez navíos rusos ya se encontraba en Lisboa5.

A los problemas de Gran Bretaña al comienzo de 1808 hay que añadir que el ataque directo no fue la única arma de la cual Napoleón podía aprovecharse en la lucha. Desde noviembre de 1806 se había impuesto el sistema de guerra económico denominado ,,bloqueo continental,,. El impacto de este conjunto de medidas contra el comercio británico fue muy serio, y no hay duda de que esta nueva táctica napoleónica fue bastante importante en los primeros años. Más tarde, como se sabe muy bien, los productos de Gran Bretaña y sus colonias consiguieron nuevos mercados por medio del desarrollo del contrabando en las costas de Holanda y Memania y la apertura de las colonias de España y Portugal en las Américas, pero en 1808 estas soluciones o quedaron en el futuro o estaban en mantillas. Y para hacer la situación aún peor, cansados por los muchos estorbos que ambos combatientes pusieron en el camino de sus exportaciones, los Estados Unidos impusieron un embargo total sobre cualquier contacto comercial, tanto con Francia como con Gran Bretaña. Los resultados fueron absolutamente tremendos. Tanto los productos ultramarinos como las exportaciones británicas perdieron gran parte de su mercado, siendo la consecuencia que la mayoría de las industrias–la lana de Norfolk, Yorkshire East Anglia y el West Country, el algodón de Lancashire y la metalurgia de Birmingham–experimentaron un período de depresión. A finales de 1808, por ejemplo, se dijo que solamente nueve de las ochenta y cuatro fábricas de algodón que existieron en Manchester estaban trabajando a un ritmo normal, y que cuarenta y cuatro se habían cerrado totalmente. Había pocas cosas que podían causar más alarma al gobierno: una de las intenciones del bloqueo continental fue minar el apoyo popular a la guerra atacando a la subsistencia misma de la población, y parece que esta táctica estaba en vías de alcanzar su fruto. En varios distritos industriales se organizaron manifestaciones populares en favor de la paz hubo una huelga general entre los tejedores de Lancashire en protesta por la bajada general que iban experimentando en sus retribuciones; en Manchester hubo motines populares que culminaron con la quema de una cárcel; y, finalmente, se publicaron un serie de cartas en la prensa criticando la guerra y quejándose de las medidas impuestas por el gobierno en respuesta al bloqueo (es decir, los ,,Orders in Council,,). De momento no había ninguna repetición de los rumores de un movimiento secreto revolucionario al estilo de la supuesta ,,masa negra,, (black lump), conspiración de 1802, pero el temor general de invasión, que había conseguido un sentido de unión nacional tan fuerte en los años 18031805, había disminuido, y con esto había nacido de nuevo el clamor de la reforma política tan característico de la década anterior (6).

No fue el bloqueo continental el único factor que complicaba la situación económica del país. Napoleón tenía una arma bastante poderosa en el ataque directo a los buques mercantes ingleses. Para esta guerra de comercio los franceses tenían, en primer lugar, varios escuadrones de fragatas de la Marina esparcidos por el globo; en segundo lugar, los buques navales que, solos o en pequeños grupos, de vez en cuando se escapaban de bases navales en la costa europea; y, en tercer lugar, la multitud de privateers, es decir, corsarios, que luchaban bajo la bandera francesa. Consiguieron de este modo resultados considerables. En cruceros largos, durante el período 1805-1806 por ejemplo, sólo dos buques capturaron a casi cien embarcaciones inglesas, mientras que el hermano menor de Napoleón, Jerome Bonaparte–en aquella época oficial naval–se hizo famoso por un viaje desde las Bahamas a Francia en que capturó seis buques. Y no tardaron en hacerse sentir los efectos: en 1805 perdieron los británicos 507 embarcaciones, en 1806, 519 y en 1807, 559, siendo la consecuencia un aumento marcado en los pagos pedidos por las compañías de seguros. A estos ataques había varias respuestas posibles: la conquista total de las colonias francesas y la adopción del sistema de convoyes fueron las más importantes, pero en 1808 todavía eran una posibilidad, por lo que tanta pérdida no podía por menos que causar gran alarma en Londres (7).

Gran Bretaña se encontraba en una posición bastante difícil aunque estaba a punto de empeorar aún más. Después de los desastres de 1805, 1806 y 1807 los únicos aliados que le quedaron a Londres fueron los reinos de Sicilia y Suecia. De estos, el primero ocupó una posición estratégica muy importante, pero, aparte de esto, casi no hizo ninguna contribución a la causa aliada: al contrario, necesitó una guarnición permanente británica de varios miles de soldados. Respecto del segundo, en febrero de 1808 le atacaron tanto los rusos como los daneses, y estuvo a punto de rendirse casi sin resistencia: la guarnición de Finlandia, el objetivo principal del ataque ruso, la abandonó con mucha rapidez, mientras que la fortaleza inmensa de Sveaborg que dominó el puerto de lo que es hoy en día la ciudad de Helsinki, enarboló la bandera blanca casi a la llegada de los invasores. En un intento de ayudar a los suecos, en mayo de 1808, además de la escuadra británica que ya se estacionaba en el Báltico, el gobierno de lord Portland envió una división de 10.000 soldados a Goteborg bajo el mando de sir John Moore, pero siempre fue difícil ver qué efectos podría tener una fuerza tan pequeña cuando surgían tantos problemas con el rey Gustavo IV, que después de algunas semanas tuvo que retirarse (8).

Ante esta situación tan amenazante, la única esperanza para Gran Bretaña fue la reconstrucción de una coalición continental similar a la del año de 1805. Pero en 1808, ¿cuáles iban a ser sus miembros? De los viejos socios de Londres, solamente Austria ofreció aún la posibilidad de una alianza–Nápoles estaba en manos del hermano mayor de Napoleón, José Bonaparte; Prusia ocupada, desarmada y arruinada; y Rusia un aliado de Francia–, pero, la realidad fue que la mayoría de la opinión vio el proyecto de una nueva campaña con muchísima preocupación, si no con hostilidad. En el pasado, los británicos habían tratado a los austriacos con muy poca generosidad a la hora de enviar ayuda financiera. De esto hay muchos datos, pero tomamos como ejemplo los hechos de 1795, cuando los representantes británicos ofrecieron a Berlín un subsidio de 2,000,000[libras esterlinas] en un intento de persuadir al gobierno prusiano de que se mantuviera fiel a la guerra contra Francia y no negara a Austria ni siquiera un penique. Como dice el historiador americano, Paul Schroeder: <<En todas sus negociaciones con Prusia asumió Gran Bretaña que era necesario pagarla porque podía salir de la coalición y quería hacerlo. A Austria se le aplicó un principio corolario: no se debía recibir ningún pago porque estaba luchando por su misma vida y no podía desertar de la coalición>> (9) No fue el trato que recibió Viena mucho mejor respecto a las campañas de 1798-1800 y 1805, mientras que los años que habían seguido a la batalla de Austerlitz habían desacreditado a los británicos aún más. Así, el período 1805-1808 se caracterizó por una serie de aventuras militares que condujeron solamente a la humillación. Primero, la expedición a Montevideo y Buenos Aires. Demasiado complicado es explicar aquí la historia de esta empresa de confusión, incapacidad y falta de sentido común, pues en julio de 1807 tuvo que rendirse el general británico, sir John Whitelocke, a la milicia criolla que se le opuso. Y, en segundo lugar, estaba la breve guerra entre Gran Bretaña y Turquía en 1807, que mostró cómo otro cuerpo expedicionario británico, enviado a Egipto para distraer a los turcos de su lucha con Rusia en los Balcanes, era forzado a rendirse en la ciudad de Rosetta. Peor todavía, la ausencia de estas tropas británicas en escenarios de operaciones bien distantes de los campos de batalla del norte de Europa, imposibilitó el envío de un ejército al Báltico para apoyar a los rusos y los prusianos en las campañas de Eylau y Friedland. Después de estos hechos tan desafortunados es verdad que se había formado un nuevo gobierno en Londres bajo la presidencia de lord Portland, y esta nueva administración había mostrado un espíritu mucho más enérgico, pero no hay duda de que en las cancillerías de Europa gozaron los británicos de muy poco crédito (10).

Aunque Londres actuó con decisión, no había ninguna garantía de que saldría ganando. Llegamos aquí al ataque sobre Copenhage en agosto de 1807. Necesario por la determinación de los británicos de salvar la Marina danesa de las manos de los franceses (Dinamarca estaba a punto de ser invadida por un ejército imperial), fue defendible en términos de raisons d’étât, pero los daneses habían sido neutrales y más de 2.000 civiles murieron en el bombardeo que sufrió la capital como medio para conseguir una capitulación rápida (11). Frente a esta violación de las leyes de la guerra, incluso muchos observadores británicos reaccionaron con horror. Como escribió, por ejemplo, el general Paget: <<De aquí en adelante seremos conocidos como una nación de sarracenos, en vez de una nación de tenderos>> (12). Igualmente, para lord Sidmouth, como para Henry Addington, primer ministro en los años 1801-1804, Gran Bretaña imitó los mismos métodos despreciables de Napoleón. Así,

   el poder ya se iguala al derecho: hemos dado el golpe fatal a todo
   lo que quede de la ley de las naciones. Nuestra magnanimidad y
   nuestro honor se han rendido a nuestra conveniencia y nuestros
   temores, y Bonaparte ha aumentado sus triunfos por una victoria
   sobre la buena fe y el carácter moral de Gran Bretaña (13).

Los sucesos de Copenhage tuvieron efectos muy importantes pues pusieron fin a la tregua política que había reinado en Gran Bretaña desde 1803: con la disipación del temor a la invasión, gran parte de los Whigs habían vuelto a sus viejas críticas de las guerras contra Francia (todo era una cuestión de lucha contra la libertad en favor de los intereses del despotismo). Con los Whigs, el partido favorecido por el Príncipe de Gales, tuvieron los Tories que formaran gobierno, un problema muy serio, siendo el rey Jorge III viejo y estando enfermo, sabían que en cualquier momento se les podía echar en favor de una nueva administración con ganas de llegar a una paz de compromiso con Napoleón. Dado que la oposición estaba más y más convencida de que la guerra no conduciría a ningún otro fin que al desastre, la única respuesta que le quedó al gobierno fue conseguir una serie de éxitos militares, pero ¿cómo podía conseguirse tal resultado sin la ayuda de una gran coalición continental (al momento de asumir la tarea de gobernar en marzo de 1807 la administración de lord Portland tenía una fuerza disponible de solamente unos 20.000 hombres). Como había señalado Sidmouth, el ataque a Copenhage había dificultado enormemente la posibilidad de una nueva alianza. En el otoño de 1807 el poder clave en este contexto fue la Rusia de Alejandro I, pero aquel monarca tenía motivos muy particulares para ser hostil al golpe de mano danés. En primer lugar, se sintió insultado: al zar le gustaba creerse el protector de todos los estados de Europa. Y, en segundo lugar, fue obvio que un ataque a Copenhage se podía repetir con bastante facilidad en la base naval rusa báltica de Kronstäidt (incluso fue una amenaza directa para Rusia). En esto había mucho de verdad: uno de los motivos de Canning para lanzar el ataque fue disuadir a Alejandro de una alianza con Napoleón (en ese momento no se sabía que el resultado de la conferencia de Tilsit fue precisamente tal alianza). En vez de conseguir a un Alejandro arrepentido, el resultado fue echarle directamente en brazos de Napoleón. En palabras del gran historiador internacional Paul Schroeder: <<Así, la expedición a Dinamarca fue un crimen, y, aún más, un error>> (14).

Entre el desastre extranjero, el descontento interno y el conflicto político, se puede decir que los primeros meses de 1808 constituyeron uno de los períodos más difíciles en la larga historia de Gran Bretaña: incluso se han hecho comparaciones con la famosa finest hour de julio de 1940. Como consecuencia, es muy fácil entender la excitación y gozo que suscitaron la llegada de Matarrosa y La Vega. Primero estaba el hecho de que los británicos no estarían solos frente al poder de Napoleón, y, sobre todo, que parecía ser el primer fundamento de una nueva coalición antinapoleónica en Europa. No fue la única razón de este cambio el que una Gran Bretaña aliada con España y Portugal fuera más atractiva que una Gran Bretaña sola; estaba también la manera en que Napoleón había echado a los Borbones de su trono. Como escribió el Ministro de Asuntos Exteriores, George Canning: <<la perfidia y atrocidad sin paralelos, que había mostrado Napoleón en su tratamiento de los reyes españoles en Bayona <<debía enseñar al emperador de Rusia y el rey de Dinamarca que cualquier conquista que puedan conseguir […] es solamente un paso […] hacia la exterminación de sus dinastías respectivas>> (15). Y, aun si los demás poderes no vieron en la intervención en España una llamada para resistir a Napoleón a toda costa, por lo menos representó una oportunidad de estorbar los pasos de un emperador hasta este momento empeñado en varios planes para la partición del imperio turco. Un observador interesado, por ejemplo, fue sir Arthur Wellesley, el futuro Duque de Wellington y en este momento general en jefe de un cuerpo expedicionario, que estaba a punto de zarpar para las costas de lo que es hoy Venezuela:

   Parece que los hechos que acaban de pasar en España [...] merecen
   la atención sería de los ministros del rey. No hay duda de que las
   acciones que procedieron a la matanza en Madrid y la revolución
   que se efectuó en Bayona han excitado los celos de la nación
   española entera, y persuadído [...] a varias personas en
   posiciones de autoridad y mando muy altos a mostrar una disposición
   a resistir [...] los planes para la subjugación de su país. Mas
   parece que Bonaparte no considera la situación de sus intereses en
   España como algo muy próspero: encontramos que [...] ha enviado
   grandes refuerzos para la asistencia de sus tropas. Resumiendo
   todo, entonces, parece que esto es una crisis en que se podía
   hacer un gran esfuerzo con ventaja. Mas no hay duda de que
   cualquier medida adoptada para apenar a los franceses en España no
   puede menos que postergar para una estación [de campaña] la
   ejecución de sus planes respeto a Turquía, u obligarle a retirar
   sus fuerzas del norte [...] Estos planes con respecto a España se
   facilitarían mucho con cualquiera cosa que sirviera para alarmar a
   Bonaparte en Francia. Un intento de esta naturaleza tiene que ser
   posible, mientras que la manera en que sus ejércitos se encuentran
   esparcidos por todas las partes de Europa, con grandes objetos y
   empleo amplio [...], que no pueden abandonar sin gran injuria de
   sus intereses, proporciona una oportunidad que no se debe dejar
   pasar (16).

En este momento no tenía Wellesley ninguna idea concreta de la manera en que un ejército británico podía actuar de forma efectiva en la Península Ibérica, pero por lo menos de sus palabras se desprende que España y Portugal constituían un escenario de operaciones donde subsistir en el continente europeo. En quince años de guerra intermitente con Francia, nunca había podido el gobierno de Londres enviar más de 20.000 soldados a la vez a Alemania o los Países Bajos, claves en la guerra continental. En compañía de un aliado poderoso como Austria o Rusia, un cuerpo de ejército de este tamaño fue sin duda un auxilio de bastante importancia, pero solo no tendría ni la más mínima esperanza de enfrentarse con las huestes de Francia. Por esta razón las intervenciones independientes de los británicos en el continente habían sido todas de muy corta duración, pues todo el esfuerzo bélico británico había quedado en el bloqueo, la guerra naval y la conquista de las colonias de Francia y sus aliados. Pero esta situación no convenía a un país que no podía obtener ninguna victoria contra Francia sin movilizar a una gran coalición. Al contrario, en <<volar islas de azúcar>> –frase que había utilizado el prohombre de la oposición whig, Charles James Fox, para estigmatizar la predilección de administraciones anteriores por una guerra colonial–, Gran Bretaña no podía menos que exponerse ante la insistencia napoleónica de que los británicos no tenían otro objetivo en la lucha que la conquista de nuevos territorios. Asimismo, si bloqueaba las costas del imperio napoleónico, la Marina británica no podría evitar acusaciones de que el verdadero fin de sus operaciones era estorbar al comercio de sus rivales, al mismo tiempo que limpiar los mares de sus buques mercantes. Y, peor todavía, con los redcoats bien esparcidos por el mundo, bien acuartelados, sanos y salvos en casa, no faltaron las quejas de que Gran Bretaña estaba resuelta a luchar hasta la muerte del último austriaco. Pero ahora todo había cambiado: ofrecieron España y Portugal un escenario de operaciones mucho más difícil de dominar para los franceses que los llanos de Alemania y Flandes, por no decir un sustituto humano de los ejércitos de Austria, Rusia y Prusia. Se había cerrado el círculo: en las insurrecciones ibéricas por fin se presentaba la oportunidad para el asalto directo sobre el poder napoleónico que se reconoció como el único método para poner fin a las depredaciones del emperador (17).

Es comprensible que hubiera mucho regocijo en relación con las noticias procedentes de España, y las celebraciones adquirieron un carácter aún más fuerte porque el alzamiento español tenía la capacidad de unir a casi todos los sectores de la opinión política en Gran Bretaña. Así, ahora que no existía el peligro inmediato de invasión extranjera que se había experimentado en el período 1803-1805, el mundo político había sufrido una profunda escisión respecto a la guerra. Para los Tories, los antepasados del Partido Conservador actual, Napoleón Bonaparte representó el jacobinismo y, con esto, la amenaza de la revolución universal, por lo cual fue necesario sostener los derechos de todas las monarquías de Europa y oponerse a Francia, si no hasta que se apartara al emperador de su trono, al menos hasta que Francia no pudiera trastornar la paz de Europa. Pero para los Whigs, los antepasados del Partido Liberal, lo que importaba era la defensa de la libertad. Para muchos de ellos la Revolución Francesa quedó como un momento histórico netamente optimista –un fenómeno, incluso, que mereció mucho elogio– y como resultado no les interesaba ninguna cruzada contrarrevolucionaria. Amigos constantes de una paz negociada con Francia, la posibilidad de una invasión francesa les había unido en el esfuerzo bélico nacional, pero volvieron a sus fantasías de una paz con Francia, por no decir de un Napoleón libertador. Como consecuencia, el alzamiento español ofreció una oportunidad para la reconciliación a que ambos partidos podían responder con entusiasmo. De un lado, los Tories podían ver en el conflicto la imagen halagüeña de un pueblo leal y devoto sacrificándose por la causa de la legitimidad y la religión, mientras que al otro, los Whigs, pudieron convencerse de que lo que se vio en España fue una lucha por la libertad política, y, por extensión, algo que convirtió la guerra en algo más que un intento de sostener un antiguo régimen que vieron con desprecio y odio. Había aquí, en ambos conceptos, mucho de autoengaño, pero por el momento fueron tan convincentes las impresiones que llegaron desde España que imperó un sentido de optimismo y unión. Fueron famosas las palabras del radical, William Cobbett:

   Respecto a los patriotas de España, de veras parece que hay alguna
   posibilidad de su éxito final. Parece que hay un espíritu general
   de resistencia contra Francia: el lenguaje de los varios discursos
   [que hemos visto] es el de hombres resueltos. Todo este espíritu
   noble se postraba sofocado bajo el incubus de despotismo. Levantado
   este último, se salta con la rapidez del relámpago. Que se prueba
   relámpago, relámpago en zigzag, a todos, sean los que sean que
   quisieron apagarlo. Esta es la única oportunidad justa que se ha
   ofrecido para parar el progreso de Napoleón. Es la única causa por
   la que el pueblo de Inglaterra ha deseado el éxito de todo corazón.
   Con toda probabilidad es la última oportunidad que se ofrecerá para
   volverse atrás a la marea tan prolongada de victoria [francesa], y
   [...] si no utilizamos las horas preciosas que ahora se nos dan para
   la acción en dudas y retrasos, merecemos morir [...] o, mejor
   todavía, persistir en una larga vida de miseria, cargados con las
   maldiciones de todo hombre de bien (18).

Como resultado de todos estos factores, en pocas horas una gran ola de hispanofilia conmovió al país. En el corazón de este proceso se celebraron una serie de banquetes, algunos oficiales y algunos privados. Entre los primeros encontramos las funciones dadas por el Club Español de Londres, el lord Mayor de Londres y los banqueros y comerciantes de la city, y entre los segundos, los organizados por Canning, el primer ministro, lord Portland, y el Duque de Canning, un hijo menor de Jorge III. En todos estos acontecimientos se vieron los mismos rasgos, es decir, arreglos ostentosos, brindis múltiples, discursos rimbombantes, canciones patriotas, mientras que la presencia de muchos representantes de los más altos niveles del establisbment británico, por no decir la cobertura máxima que la prensa extendió a esta acogida tan prolongada –duraron las celebraciones hasta agosto e incluso septiembre– aseguró que la emoción se comunicara al resto de la sociedad educada e incluso a la calle. En respuesta, poetas, dramaturgos y baladistas vieron una oportunidad comercial favorable, y surtieron el mercado con una variedad de productos literarios y artísticos. Por citar solamente un ejemplo, el 15 de agosto tuvo lugar la primera representación de una pieza de teatro con el título The Spanish Patriots, ora Nation in Arms, la cual gozó de tanta popularidad que muchas noches fue imposible conseguir entradas (19). No hay duda, entonces, de que los hechos recordados por el escultor Joseph Farington se repitieron en muchas casas: <<Cené en la casa del señor William Smith [un diputado Whig]. El señor Smith ofreció un gran brindis: “Éxito a los españoles”. Dijo que tenía mucha esperanza en que triunfarían, y que se podía suponer que, por toda la marea de éxito que había gozado, por no decir su poder inmenso, en esta instancia a Bonaparte se le habría sobrepasado>> (20). Era general el entusiasmo. <<¿Qué serie de hechos pasa ante nosotros en España>>, escribió un miembro de la famosa familia industrial, Wedgewood, en una carta privada:

   No puedo expresarte el interés que siento por la causa española.
   Excede a cualquier otra cosa, excepto quizás el entusiasmo que
   sentí en los primeros momentos de la Revolución Francesa. Que
   obtengan los españoles la libertad perfecta, y levanten aquella
   diosa para la admiración de la humanidad desde el abismo en que
   se la han dejado los franceses (21).

Como escribió el famoso reformador William Wilberforce: <<Toda cabeza, todo corazón, se encuentra llena de planes y simpatías en favor de los pobres españoles>> (22). Y, por fin, las palabras de un miembro de una importante familia Whig, Phillip Francis, en una carta a su hermana:

   La previsión de los asuntos en España es altamente favorable, y,
   ahora que nuestros ministros se han declarado, creo que se
   continuará así. Elisa ya te habrá dicho que bien patriota soy
   --lo cual significa un patriota español. Por fin una oportunidad ha
   llegado para parar la carrera de Bonaparte, y quizás para
   desembarazamos de él totalmente (seguramente morirá de rabia si los
   españoles pueden resistirle con éxito) y con él tanto la guerra como
   los impuestos, cosas que no van a terminar mientras viva (23).

Por cierto, al poco tiempo, la esperanza se reforzó con la realidad, o, al menos, algo que se consideró como verdad. Así llegaron noticias de victorias españolas tras victorias españolas. Se forzó la rendición de la escuadra francesa que se encontraba refugiada en la bahía de Cádiz; se expulsó a los franceses de Valencia, Gerona y Zaragoza; una columna francesa sufrió un descalabro en el desfiladero catalán del Bruch; y, el 19 de julio, se derrotó al ejército del general Dupont en Bailén. Fue este último un hecho verdaderamente extraordinario: ya había capitulado un ejército francés en Egipto, sí, pero la destrucción completa de una fuerza imperial en campo abierto por un oponente de pocos recursos y menos reputación militar fue algo muy diferente. Al mismo tiempo, los primeros ingleses que llegaron a España fueron testigos de la excitación y del optimismo que prevalecieron por todas partes. Vale la pena aquí recordar las palabras de sir Arthur Wellesley, un observador habitualmente frío y objetivo, respecto de la situación que encontró cuando visitó La Coruña el 20 de julio de 1808:

   Después de mi llegada aquí he tenido frecuentes conversaciones con
   la Junta [...] De éstas resulta, según mi parecer, que, con la
   excepción de las provincias de Vizcaya y Navarra y la zona alrededor
   de Madrid, toda la nación española esté en un estado de insurrección
   contra los franceses que se ha destrozado a varios destacamentos
   franceses en varias regiones del país, es decir, un cuerpo bajo
   Lefebvre, al cual se le había atacado cuatro veces cerca de Zaragoza
   en Aragón, particularmente en el 16 y 24 de junio; un cuerpo [...]
   bajo el mando de Dupont --incluso se dice que Dupont cayó prisionero
   en una acción librada entre Andújar y La Carolina antes del 23 de
   junio-- y dos cuerpos derrotados en Cataluña [...] el uno en camino
   para Montserrat y el otro en camino para Zaragoza. Al mismo tiempo
   los catalanes han conquistado a la fortaleza de Figueras [...] y
   bloqueado a la guarnición de Barcelona [...]. Es imposible
   comunicarle una idea del sentimiento que prevalece aquí en favor de
   la causa española. La diferencia entre dos hombres cualquiera es si
   el uno o el otro es un mejor español, y el mejor español es el que
   odia a los franceses con más corazón. Se me ha representado que no
   existe un partido francés en el país, y de todas formas estoy
   convencido que ningún hombre se atreve a mostrarse amigo de los
   franceses (24).

Basta el conocimiento más elemental de la guerra peninsular para entender la naturaleza errónea de esta versión de los combates del primer mes. Aun cuando no había posibilidad de esconder la derrota, la verdad se trastornó por completo. Así, en otra carta escrita el mismo día que la anterior, Wellesley contó la historia de la batalla de Medina de Rioseco como se la había contado por la Junta de Galicia. Librada el 14 de julio de 1808, esta acción fue catastrófica para los españoles, que en unas pocas horas les costó más de 3.000 bajas; frente a sólo 400 franceses, pero en lugar del combate desigual y arrollador, que fue la realidad de aquel día de batalla, tenemos algo así:

   El ejército de Galicia [...] con el de Castilla [...] se encontró
   estacionado en Rioseco en la provincia de Valladolid [...]. Allí le
   atacó un cuerpo francés que había estado en Burgos bajo el mando del
   general Bessiéres, consistiendo en unos 20.000 hombres, de los
   cuales 4.000 eran de caballería [...]. El comienzo de la acción fue
   favorable a los españoles, perdiendo la infantería francesa 7.000
   hombres más seis piezas de cañón, pero hacia el fin del día la
   caballería cargó a la izquierda de la línea española, que consistía
   enteramente de campesinos de Castilla, y se la rompió, matando o
   hiriendo a 7.000 hombres y capturando ocho piezas de artillería
   (25).

Es fácil imaginar el impacto de todo esto en una Gran Bretaña tan asediada como la de 1808. Por ejemplo, las palabras de Wellesley encontraron un fiel reflejo en una carta del secretario privado del ministro de Asuntos Exteriores, George Canning:

   Todos los cuentos que se recibieron ayer son couleurde rose, o,
   mejor, de sang. Pero dado que se derramó una proporción bastante
   grande de sangre francesa, está todo muy bien. Parece que no se
   abriga ninguna duda respecto del éxito del general Palafox en
   Aragón. Se dice que después de la batalla los campesinos se
   lanzaron sobre los franceses, y mataron a todos a los que se había
   perdonado en la batalla. Ayer los diputados sevillanos recibieron
   noticias de Cádiz [...] Nos han informado de que, además del éxito
   del general Palafox, en Cataluña se han derrotado dos cuerpos de
   tropas francesas de 5.000 hombres cada uno en Manresa y Tarragona.
   Los franceses ya no tienen más que 3.000 hombres en Barcelona (26).

Y siguieron los hechos similares. No tardaron mucho en aparecer los primeros panfletos y libros sobre la guerra de España, y estos utilizaron un lenguaje tan optimista como halagüeño. Uno de los primeros consistió en un esbozo biográfico del general español, Joaquín Blake, que se escribió, aparentemente, en el mes de octubre, por un oficial de enlace que se envió a Asturias en el verano de 1808. ¿Cómo se podía esperar de las palabras que siguen otra cosa que la victoria?:

   Solamente esperamos el momento cuando Blake nos de la orden de
   atacar a los franceses para realizar la promesa que hemos dado a
   España y al mundo de erigir un monumento eterno a la libertad y a
   los derechos de las naciones por la aniquilación de estos enemigos.
   Pero, si bien sin igual cuando la empresa requiere el atrevimiento,
   el valor de Blake es de aquel tipo feliz que siempre va controlado
   por la prudencia y la discreción [...]. Después de una batalla
   desafortunada, ocupó una posición en que el enemigo no podía
   atacarle. En aquella posición mantuvo una fuerza superior en un
   estado de temor por una serie de maniobras parciales [...]. En su
   persecución y los procedimientos que siguieron en la presencia del
   enemigo, ganó todas las ventajas de victorias tan grandes como
   costosas por nada más que la combinación de varios movimientos
   diestros. Este ejército está listo para el combate --más, desea el
   combate-- pero nuestro general no empeñará la gran causa con que se
   le ha confiado al azar de una batalla, excepto bajo circunstancias
   que ofrecen al menos una certeza moral del éxito completo. Lo que un
   oficial francés de caballería dijo de sí mismo, se puede aplicar muy
   bien al general Blake, es decir, que fue su mismo ayudante, su mismo
   sargento y su mismo cabo. Pero no se puede añadir, como se dijo de
   aquel francés fanfarrón, que fue su mismo trompetero. Nunca huyó un
   hombre tanto de los elogios que todo el mudo piensa que merece, pero
   que, desde el respeto a su delicadeza, pocos dejan de ofrecerle. El
   general Blake atiende él mismo a la gestión de su ejército. Aparte
   de unos problemas que no se pueden superar, nunca ha habido un
   ejército tan bien suministrado. No hay ningún jaleo, y todo se hace
   con la más perfecta tranquilidad. Si el lector pudiera ver al
   general Blake en su campamento, le encontraría tan relajado y
   desocupado que pensaría que no tenía nada que hacer. Parece que todo
   se mueve por su mismo impulso, y que lo que hace él es simplemente
   presenciar el proceso, en vez de dirigirlo. Tiene la apariencia,
   entonces, del presidente de una excursión familiar al campo en una
   época de la paz más profunda, pero en todo momento su mente está
   lista para cualquier hecho que pueda pasar, por lo cual nunca se
   deja sorprender (27).

También se escribió en esta época de esperanza la historia del primer asedio de Zaragoza, publicada por el diplomático inglés Charles Vaughan, uno de los pocos ingleses que visitó aquella ciudad:

   Así terminó el asedio de Zaragoza, lo cual, bien que si se considera
   con referencia a los medios de agresión en posesión de los enemigos,
   la incapacidad total de la plaza de resistir a un ataque regular y
   continuado, las instancias de coraje individual y colectivo, la
   paciencia y heroísmo de sus defensores de ambos sexos y cualquier
   situación en la vida, se puede juzgar según nunca han narrado las
   crónicas de los tiempos antiguos y modernos. Y se debe añadir un
   hecho muy singular. Así, aunque el autor de estas pocas páginas vio
   en Zaragoza muchos padres que habían perdido a sus niños y muchos
   hombres reducidos de la comodidad a la pobreza, no encontró ni un
   solo ser humano que emitiera la menor queja: parece que todo el
   sentimiento se había consumido en la memoria de lo que se había
   hecho tan recientemente y en un justo odio a los franceses (28).

Sería muy fácil aquí distraernos con un análisis de la enorme distancia que separó todas estas visiones optimistas de la guerra de España de la realidad, siendo la verdad que fueron poco menos que ridículas. Sin embargo, el efecto de todos estos mensajes tan positivos fue crear una atmósfera de confianza y esperanza que fue muy difícil cambiar. En justicia, hay que decir que había siempre voces más cautelosas. Cuando enviaron a un oficial inglés llamado Samuel Whittingham al cuartel general del Ejército español de Andalucía, por ejemplo, un pariente suyo le escribió una carta de una índole muy diferente:

   Si España va a sacar el éxito, que Dios permita, debes pensar en
   una lucha larga [...] Francia tiene posesión del gobierno, y del
   centro del país, desde el cual puede marchar a cualquier punto
   de la periferia y separar a las fuerzas que se van formando
   en contra de ella. Mientras tanto, controla los puertos que dan
   acceso al país, y como resultado puede reforzar su ejército hasta
   cuanto desee. En mi opinión, la salvación de España no dependerá
   de sus esfuerzos solamente, ni tampoco de nuestra ayuda por grande
   que sea; al contrario, hay que conectar la guerra en España con
   movimientos hostiles en otras regiones de Europa (29).

A veces la cautela se trasformó incluso en pesimismo. Según el prohombre Whig, lord Holland, entre los de su partido, en el curso del verano, tanto lord Grenville y Henry Brougham <<tuvieron una visión muy pesimista de la lucha en la Península>>, mientras que el 11 de julio encontramos el Tory, William Windham, escribiendo así: <<La noticias de España son buenas, pero ha sucedido también que son más escasas de lo que se esperaba. Es muy difícil decir cuál será el resultado. Me temo que, si tuviera forzosamente que decidir sobre la base estricta de lo que parece más probable, tendría que decantarme por el fracaso>> (30). Aún más tajante fue el ministro Tory, lord Westmoreland, el cual comentó:

   Los españoles se han metido en un gran lío, y si no nos ponemos en
   un estado de  vigilancia nos llevarán a la misma situación (31).

Pero, al fin, el torrente de optimismo fue incontenible, siendo tanta la seguridad en la victoria que lord Holland no encontraba inconvenientes en viajar a España en plan turista para presenciar de primera mano el triunfo del pueblo español (32).

Hay una frase en inglés que habla de construir los castillos en España, es decir, erigir toda una estructura de esperanzas falsas o ilusorias, respecto del desarrollo de hechos futuros. Para lo que había pasado en Inglaterra entre junio y diciembre de 1808 no hay una descripción mejor. En palabras del futuro lord Melbourne:

   Después de las anteriores hazañas de Bonaparte, no existió el
   golpe que podia ser bastante repentino o absoluto para excitar
   la sorpresa en cualquier persona de sensatez y tino (33).

Así, cuando cayó Napoleón sobre los españoles a la cabeza de un ejército abrumador, en los primeros días de noviembre de 1808 los resultados tan conocidos –los desastres de Gamonal, Espinosa de los Monteros, Tudela y Somosierra y la reconquista de Madrid– fueron tan predecibles como el hecho de que el emperador iba a montar tal contraataque. Pero era tanta la confianza en la causa española que las noticias cayeron como una bomba. El gobierno tenía alguna idea por las cartas más y más pesimistas que iban recibiendo de sus representantes políticos y militares en la Península, pero no había entendido el cambio repentino de expectativas que estos documentos suponían a la opinión pública. Si queremos medir la fuerza de aquella reacción no podemos hacer mejor cosa que dirigimos a las muchas memorias que tenemos, procedentes del ejército expedicionario británico enviado a la Península Ibérica en 1808. Habían venido a España con las mismas esperanzas que el resto del país, pero desde los primeros momentos, al cruzar la frontera, oficiales y soldados encontraron una situación totalmente diferente de la que se esperaba. Para los españoles la realidad de esta situación es muy difícil de aceptar porque está muy en contra de la versión tradicional de los hechos que se ha propagado con tanto esfuerzo en los últimos doscientos años. Desgraciademente, es imposible detenerse en una discusión sobre las investigaciones que han producido lo que se puede llamar la nueva historia de la guerra peninsular, pero la cruzada popular en defensa de Dios, Rey y Patria, que está en el centro del concepto de la llamada <<Guerra de la Independencia>>, es poco más que una invención; al contrario, lo que se ve en los archivos españoles es una escasez de voluntarios y un sinfín de motines, quejas y protestas en contra de los alistamientos, por no decir una deserción enorme (34). Por desgracia, lo que encontramos en las memorias no es ninguna invención de la leyenda negra, sino una recapitulación de un cuadro demasiado verdadero. Mientras tanto, el sentido de decepción que se refleja es absolutamente abrumador. Empezamos con Auguste von Schaumann, un comisario en la <<King’s German Legion>>:

   El pueblo aquí tiene la osadía de mirar a la tropa inglesa como
   animales exóticos que han venido a este país para empeñarse en
   un conflicto privado con los franceses, siendo la conclusión que,
   ahora que están aquí, la única cosa que los caballeros finos
   españoles tienen que hacer es esperar con las manos en los
   bolsillos [...]. Todo lo que se ha fanfarroneado con tanta
   ostentación en sus periódicos respecto a su entusiasmo,
   sus grandes ejércitos y la gran estampida para alistarse es
   simplemente una mentira. Muchas veces parece que España ni
   siquiera tiene voluntad para defenderse. En todas las aldeas,
   pueblos y villas, los habitantes [...] holgazanean en sus asientos,
   completamente apáticos, indiferentes y lúgubres. ¿Es esta la raza
   osada, patriótica e impetuosa sobre la cual la prensa se
   entusiasma con tanta rimbombancia? (35).

Podemos mencionar aquí también las memorias del cirujano Adam Neale. Así:

   Hasta ahora he estado [...] entre los más confiados en la causa
   española, pero desde mi llegada aquí he visto tanta apatía y
   falta de interés que [...] a veces no puedo evitar
   preguntarme si de verdad estoy en el medio de España (36).

Y finalmente tenemos las cartas del artista conocido, Robert Porter:

   ¿Dónde están las victorias españolas y los patriotas en armas que
   se nos prometió? ¡Todo lo que esperábamos se ha hecho aire! La voz
   que nos llamó está silenciosa [...] Si alguna vez simpatizaron con
   la declaración patriótica que nos trajo aquí, parece que los
   habitantes gastaron todo su celo antes de que llegáramos: ni un
   rasgo podíamos encontrar de algún interés en la causa, y cuando
   se contempla la indiferencia insensible a cualquier procedimiento
   público, es difícil creer que una vez esto fue el reino formidable
   de León [...]. El estado de postración del pueblo de esta ciudad
   [es decir, Salamanca] es particularmente odioso. Se supondría que
   la apariencia de tantos valientes extranjeros [...] excitaría
   algún grado de espíritu público entre sus moradores, pero, lejos
   de esto [...], si los franceses llegaran a la ciudad mañana mismo,
   dudo mucho si tendríamos alguna ayuda salmantina
   para forzar nuestro escape (37).

En términos físicos, la acción y la reacción son iguales y opuestos. Y así fue en este caso. El entusiasmo tan exagerado de 1808 produjo un odio igualmente exagerado, que ha condicionado la historiografía inglesa de la guerra peninsular casi hasta el día de hoy. En vez de hispanofilia encontramos hispanofobia. Como escribió un soldado raso escocés que participó en la retirada a La Coruña, los pobres españoles tenían poco que esperar de la tropa inglesa, una tropa que les culpó por su falta de actividad. Todos los que se encontraron en casa se vieron como traidores.

   Los británicos están aquí para luchar por la libertad de España, y,
   si este es el caso, ¿por qué no están en las filas y luchando
   todos los españoles?>> Tal fue el lenguaje común de los soldados,
   y, naturalmente, de estos sentimientos surgieron el pillaje y
   la atrocidad (38).

Desde el fin de la guerra en 1814, si no antes, se sustituyó la violencia física con la violencia verbal; la conclusión es obvia: el impacto del alzamiento español sobre Gran Bretaña y, aún más, las relaciones anglo-hispanas, fueron profundamente negativas por todo a lo que la alianza con España dio lugar. Fue, por otra parte, una de las claves para su escape de la situación geoestratégica tremendamente pesimista en que se encontraba en mayo de 1808.

Fecha de recepción: 28/1/2008

Fecha de aceptación definitiva: 13/3/2008

(1.) Gracias a la falta de cuidado de varios historiadores, hay varias versiones de la fecha de la llegada de la delegación asturiana en Londres. Sin embargo, basta una ojeada a la prensa de la época para comprobar la veracidad del 8 de junio. Aparte del Vizconde de Matarrosa y Andrés Angel de la Vega, había un professor de la Universidad de Oviedo, Fernando Álvarez de Miranda, un capitán de la Armada española, Toribio Cifuentes, y un intérprete, Silvestre de la Piniella. Para todo esto, véase LASPRA, A. Intervencioniamo y revolución: Asturias y Gran Bretaña durante la Guerra de la Independencia, 1808-1813. Oviedo: 1992, pp. 70-71.

(2.) H. Brougham a Lord Grey, 2 de julio de 1808, cit. BROUGHAM, H. The Life and Times of Lord Brougham written by Himself. Londres: 1871, I, p. 405.

(3.) Cit. en SANDERS, L. (ed.). Lord Melbourne’s Papers. Londres: 1890, p. 44.

(4.) Para la amenaza naval francesa después de Trafalgar, véase GLOVER, R. The French fleet, 180714: Britain’s problem and Madison’s opportunity. Journal ofModern History, 1967, XXXIX, no.3, pp. 233-252, y la visión ampliada constituida por WOODMAN, R. y R. GARDINER. The Victory ofSeapower, winning the Napoleonic Wars, 1806-1814. Londres: 2001, pp. 14-58 passim.

(5.) Para una discusión del impacto del Bloqueo Continental respecto al comercio báltico, véase ALL, C. D. British Strategy in the Napoleonic War, 1803-1815. Manchester: 1992, pp. 89-90.

(6.) Para la depresión económica de 1808, véase EMStEY, C. British Society and the Frënch Wars, 1793-1815. Londres: 1979, pp. 135-138.

(7.) La guerra de comercio francesa se discute en CROWHURST, P. The French War on Trade.. Privateering, 1793-1815. Londres: 1989.

(8.) Para la expedición a Gotenborg, véase MUIR, R. y ESDAILE, C. J. Strategic planning in an age of small government: the wars against Revolutionary and Napoleonic France, 1793-1815. En WOOLGAR, C. (ed.). Wellington Studies, I. Southampton: 1996, pp. 43-69.

(9.) SCHROEDER, P. The Transformation ofEuropean Politics, 1763-1848. Oxford: 1994, p. 141.

(10.) Para conocer cómo se vio a Gran Bretaña en Alemania, etc., véase HARVEY, A. D. European attitudes to Britain during the French Revolutionary and Napoleonic Wars. History, 1978, IXIII, no 209 (octubre), pp. 356-365.

(11.) Para un estudio reciente de Copenhage, véase MUNCH-PETERSEN, T. Defying Napoleon: how Britain bombarded Copenhagen and seized the Danish Fleet in 1807. Londres: 2007.

(12.) Cit. PAGET, A. (ed.). The Paget Papers: Diplomatic and other Correspondence of the Right Hon. SirArthurPaget, G.C.B., 1794-1807. Londres: 1896, II, p. 376.

(13.) Cit. ZIEGLER, P. Addington: a Life of Henry Sidmouth, First Viscount Addington. Londres: 1965, p. 281.

(14.) SCHROEDER, P. Transformation of European Politics, p. 329.

(15.) G. Canning a W. Thornton, 10 de junio de 1808, National Archives (hereafter NA.) FO.73/45.

(16.) Informe de Sir Arthur WELLESLEY, s.f., cit. second Duke of Wellington (ed.). Supplementary Despatches, Correspondence and Memoranda of Field Marshal the Duke of Wellington, K.G. Londres: 185872 (de aquí en adelante SD.), VI, pp. 80-82.

(17.) Para una discusión detallada de la importancia de un continental commitment en la estrategia inglesa, véase HALL, British Strategy, pp. 74-91 passim.

(18.) Cit. GREIG, J. The Farington Diary. Londres, 1922-25, V, p. 84.

(19.) Para la ola de hispanofilia que siguió a la llegada de la diputación asturiana, véase LASPRA. Intervencionismo y Revolución, pp. 73-75.

(20.) GREIG, The Farington Diary, V, p. 85.

(21.) Cit. METEYARD, E. (ed.), A Group of Englishmen, 1795 to 1815, being Records of the Younger Wedgewoods and their Friends. London: 1871, p. 371.

(22.) Cit. HINDE, W. George Canning. London: 1973, p. 195.

(23.) P. Francis a C. Francis, 4 de julio de 1808, cit. FRANCIS, B. y E. KEARY (eds.). The Francis Letters: Sir Phillip Francis and other Members of the Family. Londres: s.f., II, pp. 646-647.

(24.) A. Wellesley a Lord Castlereagh, 21 de julio de 1808, cit. GURWOOD, J. (ed.). The Dispatches of Field Marshal the Duke of Wellington during bis various campaigns in India, Denmark, Spain, the Low Countries and France, edición nueva y ampliada. Londres: 1852, III, pp. 31-33.

(25.) A. Wellesley a J. w. Gordon, 21 de julio de 1808, cit. SD.VI, p. 90.

(26.) J. Ross a Lord Malmesbury, 20 de julio de 1808, cit. EARL OF MALMESBURY (ed.). A Series of Letters of the Earl of Malmesbury, his Family and his Friends from 1745 to 1820. Londres: 1902, p. 73.

(27.) PARKER CARROLL, W. Sketch of the Life and Character of Don Joaquín Blake. Londres: 1808, pp. 14-17.

(28.) VAUGHAN, C. R. Narrative of the Siege of Zaragoza. Londres: 1809, p. 30.

(29.) R. Hart Davis a S. Whittingham, 12 de julio de 1808, cit. WITTINGHAM, F. (ed.). A Memoir of the Services of Lieutenant General Sir Samuel Ford Whittingham. Londres: 1868, pp. 37-38.

(30.) VASSALL, H. R. Lord Holland. Further Memoirs of the Whig Party, 1807-1821 with some Miscellaneous Reminiscences, ed. Lord Stavordale. Londres: 1905, p. 15; BARING, H. (ed.). The Diary of the Right Honourable William Windham, 1784-1810. Londres: 1866, p. 477.

(31.) Cit. VASSALL, Further Memoirs, p. 13.

(32.) Para el viaje de Lord Holland, véase Earl of ILCHESTER (ed.). The Spanish Journal of Elizabeth, Lady Holland. Londres: 1910.

(33.) Cit. SANDERS, Lord Melbourne’s Papers, pp. 50-51.

(34.) Para una discusión extendida de estas materias, véase ESDAILE, C. J. España contra Napoleón: guerrillas, bandoleros y el mito del pueblo en armas, 1808-1814. Barcelona: 2006, pp. 111-156.

(35.) LUDOVIVI, A. (ed.). On the Road with Wellington: the Diary of a War Commissary in the Peninsular Campaigns. Nueva York: 1925, pp. 79-80.

(36.) NEALE, A. Letters from Portugal and Spain comprising an Account of the Operations of the Armies under their Excellencies Sir Arthur Wellesley and Sir John Moore from the Landing of the Troops in Mondego Bay to the Battle at Corunna. Londres: 1809, p. 219.

(37.) PORTER, R. K. Letters from Portugal and Spain written during the March of the British Troops under Sir John Moore. Londres: 1809, pp. 162-164.

(38.) HIBBERT, C. (ed.). The Recollections of Rifleman Harris as told to Heno. Curling. Londres: 1970, p. 24.

Charles ESDAILE


Fuente: Charles Esdaile, Cuadernos dieciochistas. 8 (Annual 2007): p59+.