Javier Sampedro

Repasemos el Sistema Solar, nuestro minúsculo barrio cósmico: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y… ¡Duende! Ah, a lo mejor tú esperabas oír Plutón al final del palmarés, pero de ser así estás muy anticuado. Plutón se incorporó a la lista cuando fue descubierto, en 1930, pero se cayó en 2006, hace ya 12 años. Lo habían descubierto mal. Hubo entonces lamentos y protestas de profesores de primaria y astrónomos aficionados. ¿Quién nos ha robado a Plutón?, decían. Pero los científicos tienen en la agenda un regalo mucho mayor que ese “planeta enano” que perdimos entonces. Se trata de una hipotética “supertierra”, un gigante del tamaño de Neptuno, que está más lejos que ninguna otra cosa que hayamos conocido en la órbita del Sol, como puedes leer en Materia. Y sí, hay un nuevo planeta enano llamado Duende, al menos oficiosamente, que refuerza la teoría de la existencia de un noveno planeta del Sistema Solar. Así no sé si aconsejarte que te vayas aprendiendo la lista del inicio de este texto.

¿Cómo es posible que hayamos descubierto 3.851 exoplanetas (planetas que giran en torno a otras estrellas) y se nos haya escapado hasta ahora uno enorme que mora delante de nuestras narices? Bueno, la verdad es que este hecho no tiene nada de extraordinario. A otra escala, los geólogos suelen quejarse de que conocemos mejor la superficie de Marte que el fondo de nuestros océanos. Nada de esto son manías nuestras, sino consecuencia de la muy distinta viabilidad técnica de cada exploración, que no siempre es mayor cuanto menor sea nuestra distancia al objeto.

La superficie de Marte se nos pone a tiro de telescopio, y hasta del ojo desnudo, mientras que investigar el fondo de los océanos terrestres requiere batiscafos, robots, satélites, presupuestos y otras penalidades de la vida del oceanógrafo. La ciencia siempre ha sido oportunista, y se ha ocupado de las cosas que podíamos saber en cada época, dado el estado de la teoría y de la tecnología. Por muy cerca que la tengamos, la célula viva solo se conoció tras la invención del microscopio, que fue posterior a la del telescopio. No hay nada raro en que hagamos sufrir a lo que más cerca tenemos.

Consideremos el descubrimiento de Neptuno, el habitante más exterior del Sistema Solar según la lista actual. Pese a ser un planeta gigante, es el único de ellos que no podemos ver a simple vista. Su brillo en el cielo nocturno es cinco veces más débil que el de las más débiles estrellas observables con el ojo desnudo. Algunos dibujos de Galileo, la primera persona que miró al cielo con un telescopio, indican que pudo verlo el 28 de diciembre de 1612, Día de los Inocentes, pero aun cuando fuera así no logró identificarlo como un planeta. Un siglo y medio después, sin embargo, el astrónomo prusiano Johann Titius descubrió una fórmula matemática que parecía expresar a la perfección la distancia de cada planeta al Sol. Y esa fórmula predecía que debía haber un planeta inobservado más allá de Urano. Es lo que hoy llamamos Neptuno, y este gigante vecino no se habría descubierto de no ser por esa fórmula… ¡que al final resultó falsa! Las vías del descubrimiento son largas y tortuosas.

El lejano planeta X no se ha observado aún, y quizá no lo sea nunca. Pero todo va según lo previsto y, creedme, yo pondría mi dinero en que acabará observándose. Si para entonces los dos estamos muertos, no aceptaré reclamaciones.


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