Luis Alegría

Hace exactamente 50 años se dio inicio al período que se conoce como el cuarto militarismo en el Perú. El 3 de octubre de 1968, un golpe de Estado de las Fuerzas Armadas derrocaba a Fernando Belaunde Terry y dejaba en el sillón presidencial al general Juan Velasco Alvarado. El golpe fue motivado por la insatisfacción de toda la institución con el gobierno y, en particular, del modelo económico primario-exportador, que era dominado por una “oligarquía”, en palabras de Velasco.

En un libro de investigación, el profesor e investigador de la Universidad del Pacífico, Carlos Parodi, da cuenta de que, en su primer pronunciamiento, el gobierno de las Fuerzas Armadas anunciaba que no sería capitalista ni comunista, pero buscaría un estilo de desarrollo distinto al que prevalecía en ese entonces.

Así, entre 1968 y 1970, el gobierno de Velasco lanzó unos 4.000 decretos con reformas estructurales. En materia económica, entre las más resaltantes –señala Parodi– estaban las leyes de reforma agraria, general de industria, de minería y de estabilidad laboral, entre otras.

CAPITALISMO DE ESTADO

Una de las características del modelo económico del militarismo fue una expansión de la participación del Estado a escala empresarial y en diversos sectores económicos, de modo que –en la línea del denominado “capitalismo de Estado”– asumía la responsabilidad de organizar la producción y expansión de los sectores modernos de la economía.

El incremento en la participación del Estado fue notable. Las cifras recopiladas por Parodi apuntan a que, entre 1968 y 1975, las empresas públicas pasaron de representar 16% a 31% del total. A 1975, el Estado controlaba el 75% de las exportaciones, 50% de las importaciones, 66% del crédito bancario, 50% de la inversión y 33% del empleo en el sector empresarial.

Este incremento de la actividad estatal llevó a que el déficit público se disparase, llegando a 9,8% del PBI en 1975 (y superando el 10% en los dos años siguientes), al igual que la deuda pública. Más aun, teniendo un banco central que no era independiente, se recurrió a la emisión de dinero para financiar la actividad pública, lo que aceleró la inflación.

Todo esto fue caldo de cultivo para los siguientes años. Es precisamente en 1975 cuando se inicia lo que en la historia económica del Perú se llaman “las tres décadas perdidas”. Una debacle tan grande que el país recuperó su ingreso por habitante solo hacia el 2004.

En “Anatomía de un fracaso económico: Perú 1968-1978”, Daniel Schydlowsky y Juan Julio Wicht destacaron que “las omisiones y errores en la comprensión y el manejo de la economía resultaron ser fatales para el gobierno militar y su proyecto”, y que no entender las relaciones económicas básicas sentó las bases de las crisis que sufriría el país posteriormente.


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