Sandro Pozzi

Donald Trump pasa de disparar bolas de goma a utilizar munición real en el litigio comercial con China. La oficina de Comercio Exterior de Estados Unidos formalizó este lunes, a menos de dos meses de las legislativas, la entrada en vigor de un arancel del 10% a productos chinos valorados en 200.000 millones de dólares. Junto a los aranceles que ya están en vigor, las sanciones afectan a la mitad de las importaciones anuales de China. Y la Casa Blanca amenaza con más, duplicándolas hasta cubrirlas en su totalidad.

Ese 10%, que entra en vigor el próximo día 24, se elevará hasta el 25% el 1 de enero si renuncia a modificar sus prácticas. “Más aún, si China adopta represalias sobre nuestros agricultores y nuestras industrias, pondremos inmediatamente en marcha la fase tres, que implica sanciones adicionales sobre otros 267.000 millones de dólares en importaciones”, advirtió la Casa Blanca en su comunicado que atribuye al presidente.

Con la aplicación de estas nuevas sanciones comerciales, EE UU pone en marcha la segunda fase de su guerra comercial con China. En la primera etapa, Estados Unidos impuso aranceles adicionales a productos chinos por 50.000 millones, una medida respondida en la misma proporción por Pekín. Cuando Trump anunció el pasado agosto que barajaba nuevas sanciones sobre los 200.000 millones de dólares que concretó este lunes, China anunció represalias por solo 60.000 millones, debido a que importa menos en volumen.

Lo cierto es que Washington cuenta con mayor margen en términos de balanza comercial. EE UU importó el año pasado productos de China por 505.600 millones de dólares, lo que supone que las sanciones impuestas afectan a casi la mitad de esos bienes. En cambio China importó productos por 130.000 millones y con las sanciones anunciadas ya habría impuesto aranceles sobre 110.000 millones. Pero puede recurrir a otros mecanismos de retorsión alternativos.

EE UU es un país que depende en gran medida del comercio internacional, como China. Pero Trump se siente en este momento con fuerza para recurrir a los aranceles como táctica negociadora. Primero, porque su economía crece con solidez mientras que la de su rival se desacelera. Segundo, porque los inversores en Wall Street parecen tomárselo con relativa calma mientras que el mercado asiático muestra mucho más nerviosismo.

El mejor reflejo de esta confianza que tiene el presidente de EE UU es el tono del mensaje que lanzó a primera hora de la mañana de este lunes en Twitter, su medio favorito. Aseguró que los aranceles le están dando una posición de fuerza en la negociación. Y de paso introdujo un nuevo término en su vocabulario, al decir que los países que no lleguen a acuerdos justos serán “tariffed”, en un juego de palabras entre arancel y aterrorizar.

La combinación de las dos rondas de aranceles puede tener un impacto significativo y peligroso si la reacción china acaba afectando a la cadena de suministro y producción. De hecho, empresas como Apple ya han anunciado que la guerra comercial encarecerá sus productos y compañías tecnológicas como Intel han alertado al presidente que EE UU puede perder la carrera del 5G si sigue adelante con el enfrentamiento comercial.

Trump, sin embargo, considera que el coste para el consumidor es “insignificante” y asegura que su estrategia ya está creando más empleos en EE UU. “Se están gastando miles de millones de dólares en nuevas fábricas por todo el país”, alardea haciendo referencia a cómo las compañías dedicadas al acero y el aluminio responden al arancel. “Es el tema de conversación global”, añade.

China, a la vista de los mensajes que llegan desde EE UU, responde diciendo que no va a negociar bajo amenazas. La adopción del nuevo arancel, por tanto, merma cualquier perspectiva de una solución del litigio a corto plazo. Más bien al contrario, provocará que la disputa se complique y escale. Las diferencias entre las dos partes, por tanto, son serias y la falta de confianza crece.

Larry Kudlow, el principal asesor económico del presidente, decía unas horas antes del anuncio que el presidente “no está satisfecho” con lo que está consiguiendo con China. Las empresas y los grandes financieros estadounidenses, sin embargo, creen que la Casa Blanca no tiene un objetivo concreto en un asunto que considera complejo y que no se resuelve con un simple titular. Por eso creen que la intención de Donald Trump es de política doméstica mirando a las legislativas de noviembre.

Trump insiste en que se dieron “muchas oportunidades” a China para rectificar y responder a sus preocupaciones. Por este motivo, volvió a urgir a Pekín que actúe en consecuencia para “poner fin a sus prácticas comerciales injustas”. “Espero que la situación se resuelva”, dice el presidente de EE UU, al tiempo que reitera que su obligación es “proteger los intereses” de los trabajadores estadounidenses, de sus empresas y del país en su conjunto. “No nos quedaremos de brazos cruzados mientras nuestros intereses sean atacados”, concluye.


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