Carlos Boyero

Estoy solo en la sala donde me hacen el pase matinal de un filme tan necesario como hermoso. Se titula Lumière! Comienza la aventura. Lo dirige y ejerce de ilustrado, agradecido, perspicaz y admirable narrador Thierry Frémaux, el hombre que posee las llaves del reino en el todopoderoso festival de Cannes y cuya programación de la sección oficial en la última edición podía provocar urticaria a cualquier cinéfilo con dos dedos de frente y un poco de sensatez.

Ignoro cómo podrá reaccionar un público acostumbrado por el cine actual, mayoritariamente el de Hollywood, a consumir imágenes a toda hostia, a que los planos no duren más de veinte segundos, al imperio de los efectos especiales, ante el enamorado retrato que hace Frémaux de los inventores de algo realista o mágico, maravilloso en cualquier caso, llamado cine. Tal vez se escandalicen por haber pagado una entrada para asistir a algo tan exótico y fatigoso para ellos como la arqueología del cine. O sea, que nadie vaya de despistado. Por mi parte, es lo más bonito que me ha ocurrido en una sala de cine durante los últimos y desalentadores meses. Sonrío, río, me fascina el talento y la imaginación de los hermanos Lumière (y del centenar de operadores que trabajaron a sus órdenes fotografiando el desconocido mundo, cuando viajar por él era un privilegio de cuatro elegidos, aventureros, comerciantes o exploradores) aplicando tres premisas fundamentales que plantea Frémaux y que son ¿qué quiero contar? ¿Cómo lo voy a hacer? ¿Cuál es la mejor posición de la cámara?, resueltas lúcidamente por los que estaban inventando el lenguaje de un nuevo arte.

 Imagen facilitada por Sotheby's del primer cartel, realizado en 1895, para promocionar el cine de los hermanos Lumière. EFE
Imagen facilitada por Sotheby’s del primer cartel, realizado en 1895, para promocionar el cine de los hermanos Lumière. EFE

Calculan que los que por primera vez dejaron pasmados a los espectadores con La salida de los obreros de la fábrica crearon entre 1895 y 1905 más de 1.400 películas. Frémaux muestra un centenar de ellas. No se asusten. Solo duran 50 segundos. El temario es muy amplio, pero jamás ampuloso. Sus cámaras filman la vida, paisajes, el ritmo y el color de las calles (colores reproducidos en blanco y negro), a la gente. Y cualquier ocasión es buena, desde el desayuno de un bebé a la partida de cartas entre tres personajes cezannianos, desde la Esfinge egipcia al Big Ben londinense, desde el glorioso ejército español bailando jotas a niños vietnamitas que se acercan con gesto fascinado hacia la cámara, desde alpinistas fotografiados con enorme riesgo a una familia haciendo memorables acrobacias. La cámara está fija casi siempre, pero también descubren el travelling y la profundidad de campo en alguna ocasión.

Los hermanos Lumière, como el fenicio Edison, concibieron el cine como un negocio con posibilidades suculentas, pero también comprendieron que podían combinar espectáculo y arte. Tuvieron mala prensa, a diferencia del genial y arruinado Georges Méliès o de ese magistral visionario y racista militante llamado David Wark Griffith. Merecían ser reivindicados y Frémaux lo hace de forma tan justa como modélica. Salgo del cine con una sensación muy grata y la necesidad de volver a disfrutar en mi casa (¿dónde si no?) de algunas de las maravillas que parió el cine mudo. De todo Keaton, o sea, la pureza, la determinación, la gracia, la lírica sutil, el mejor inventor de formas visuales junto a Hitchcock de la historia del cine, de algunos impagables momentos de Chaplin, de la poética y preciosa Amanecer. Qué inaplazable homenaje a los pioneros supone este filme.


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