En la amenaza de guerra contra Irak aparece clara la existencia de un temor en los gobernantes de todos los países a las consecuencias que les puede acarrear no ya una oposición, sino la resistencia pasiva a la voluntad absoluta del actual Gobierno de Estados Unidos de América, y la pregunta es: ¿cuáles serían estas consecuencias?

La respuesta es obvia: el aislamiento de todo tipo. Hay muchos ejemplos que no nos permiten dudar de ello, pero el caso de Cuba puede ser el paradigma de todos. Y qué duda cabe de que esta situación, de producirse, se dejaría sentir en las posiciones acomodadas de los ciudadanos de los países resistentes lo que acabaría poniendo en la picota a sus gobernantes.

Pero actitudes como las de los gobernantes de Alemania y Francia en este asunto son dignas de aplauso (algunos creemos ver en ellas -no nos defrauden, por favor- el comienzo en la defensa de la dignidad de los países y, por ende, de sus ciudadanos). No nos engañemos, esto no es una cuestión de ideologías ni de antiamericanismo, nos estamos jugando en este envite la dignidad como seres humanos, ya puesta en peligro desde hace algún tiempo, y son algunos gobernantes de los Estados Unidos de América los que nos la están robando. Todos nos jugamos mucho, incluidos los ciudadanos de ese país. Nos jugamos la dignidad y la libertad y ya sabemos que hemos perdido parte de ellas; no las perdamos del todo, porque seríamos irreconocibles como especie.

¿Qué hacer? Ni más ni menos, seamos inteligentes. Hay que desalojar del gobierno a este tipo de gobernantes que, si en un país pequeño no muestran todo su peligro, en Estados Unidos pueden ser letales para el resto del planeta. ¿Pero cómo? Ésta es la cuestión: se trataría de minimizar los efectos de la resistencia pasiva a la guerra. Y ello se consigue con la unión de todas o gran parte de las naciones a las posiciones manifestadas por Alemania y Francia. Esto sería bastante para evitar la guerra y no podría acarrear consecuencias a estos países sin afectar asimismo al país que adopte las medidas.

El Gobierno de Estados Unidos, incluso con el apoyo de su apéndice Gran Bretaña, no podría plantear la guerra con sus solas fuerzas. Este volver “con el rabo entre las piernas” ante su opinión pública sería tan estruendoso que les haría desaparecer para siempre de la escena política. Esto no es nada nuevo, Gandhi ya lo puso en práctica con éxito frente al imperio británico.


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