Luis Alegría

“Cuando comienzas a pensar en crecimiento económico, es difícil pensar en otra cosa que no sea eso”, dice Robert Lucas, ganador del Premio Nobel en Economía en 1995 y considerado el padre de la macroeconomía moderna. Lucas y los expertos globales en crecimiento y desarrollo económico coinciden en un punto clave común: para que un país crezca y se desarrolle sostenidamente, una alta productividad lo es –casi– todo en el largo plazo.

Pero, ¿qué significa productividad? Se puede definir, en términos simples, como la capacidad de producir más bienes o servicios con menos recursos. Eso quiere decir ser lo más eficiente posible en el uso de los factores productivos.

Tal como evidencia la literatura económica, los países que hoy tienen los ingresos más altos tienden a ser los más productivos. De este concepto se desprenden otros que son vox pópuli, como la competitividad.

El Perú es hoy un país de ingresos medios y los últimos 70 años muestran el rol clave de la productividad (o de la falta de la misma) para explicar la situación. Para medir la productividad, en El Comercio calculamos cuánto produce, en promedio, un trabajador del país desde 1950 y, a partir de ello, saltan importantes conclusiones.

Supongamos que en 1950 un trabajador peruano era capaz de generar 100 unidades de producción. Al 2018, este trabajador puede producir 216 unidades. Dado el horizonte temporal de análisis, si bien hay un avance, este ha sido débil y otros países han sacado ventaja.

Dentro de los casi 70 años analizados, hay períodos importantes a resaltar. Entre 1950 y 1980 hubo ganancias de productividad, la que se duplicó en ese lapso. Sin embargo, a partir de 1980 comenzó una debacle que duró hasta 1992; año en que la productividad tocó fondo y se cortó en casi 50%.

En la década de los 90, se registró un crecimiento mínimo y en el 2002 –en línea con el inicio del superciclo de los commodities– comenzó el repunte. Para el 2015 habíamos recuperado el nivel de productividad de 1980; es decir, 35 años perdidos.

MARCADOR EN CONTRA

Para poder afirmar que la evolución de la productividad peruana ha sido desfavorable, es necesario ver cómo les ha ido a otros países. En tres comparaciones distintas –todas respecto a países con los que competimos directamente o cuyos avances buscamos emular–, el Perú termina en desventaja; esencialmente a causa de los resultados de los 80.

Para el primer versus, tomamos la productividad del Perú respecto a la de Chile. Hacia 1975, los trabajadores chilenos y peruanos eran casi igualmente productivos, pero en un contexto de reformas antimercado en el Perú, se inició un deterioro relativo que duraría hasta el 2000. En esos 25 años, la productividad se cayó dos tercios. En lo que va del milenio hemos recuperado terreno, pero el rezago aún es evidente: un chileno es el doble de productivo que un peruano actualmente.

La segunda comparación fue respecto a la economía más grande del mundo: Estados Unidos. El resultado final fue desalentador. La última lectura de productividad revela que un trabajador estadounidense promedio es tan productivo como cinco trabajadores peruanos. Hace 70 años, tres peruanos sumaban la productividad de un estadounidense.

En el peor momento, un peruano apenas producía el 15% de lo que hacía un estadounidense. Esa era la situación en el 2000.

Para la última comparación, el país elegido fue China. La razón es su impresionante despegue económico en los últimos 40 años; que está alineado con ganancias de productividad. Tal ha sido el dinamismo de la productividad china que no solo cerró su brecha con el Perú, sino que logró voltear el partido.

En 1950, la producción de un trabajador peruano equivalía a lo que hacían juntos 20 chinos. La diferencia se incrementó hasta 1968, cuando el ratio llegó a ser de 23 a 1. Desde esa fecha la trayectoria se hizo descendente y el último dato muestra que ahora un peruano produce 80% de lo que hace un trabajador chino.

AGENDA INCOMPLETA

A pesar de toda la evidencia que alerta de la necesidad de apuntalar la productividad, la agenda de políticas públicas en el Perú carece de planes concretos en esa dirección. De hecho, durante el período con el entorno internacional históricamente más favorable para el país, la oportunidad pasó de largo.

En los últimos años, la productividad parece no estar en el radar del Gobierno. Esto se puede ver al revisar los documentos de política macroeconómica más importantes que genera el Ejecutivo: el marco macroeconómico multianual (MMM) y el informe de actualización de proyecciones macroeconómicas (IAPM).

En los cuatro informes publicados desde el 2016, el común denominador en esta materia se puede resumir en “formalizar para elevar la productividad”. La primera publicación, en agosto del 2016, propone tres ejes de acción, pero ninguna política concreta.

En abril del 2017 solo tuvo una única frase, pero marcó un punto de quiebre porque fue la última vez que el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) hizo un estimado propio de productividad.

En los últimos dos reportes, nuevamente, líneas de acción generales, sin acciones o políticas puntuales para implementar; y sin estimados propios de productividad.

El viernes 27 de julio se publicó un plan nacional de competitividad y productividad que propone un diagnóstico evidente de las carencias del país y es gaseoso sobre cómo abordarlas. El ministro Oliva ha señalado que es un plan para generar consenso sobre el diagnóstico y próximamente se irán presentando planes de trabajo con acciones concretas. A esperarlos.


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