Javier Sampedro

Dice el viejo chiste que, un día, el primer ministro de Freedonia convocó a los miembros de su Ejecutivo y les dijo: “Si los de la NASA han ido a la Luna, ¡nosotros vamos a ir al Sol!”. Un ministro se levanta y dice: “Pero ¿cómo vamos a ir al Sol?, ¡que nos vamos a achicharrar, por Dios!”. El primer ministro se echa a reír y responde: “Si, hombre, como que vamos a ir de día…”. Bueno, perdón, ya sé que el chiste es malo, pero no he podido evitar recordarlo al leer en Materia sobre la sonda Parker, la primera nave que penetrará en la atmósfera del Sol. Y de día.

El Sol no solo nos interesa por que vivimos en sus cercanías, sino también porque es la estrella que mejor conocemos. Contiene el 99% de la masa del sistema solar, y aporta a la Tierra la gran mayoría de su energía (las energías geotérmica y radiactiva son las excepciones). La fuente de la energía solar es la fusión nuclear (dos núcleos de hidrógeno, con un protón cada uno, forman un núcleo de helio, con dos protones) que ocurre en las profundidades de la estrella. Esta energía se transfiere lentamente desde el núcleo hasta la superficie de la estrella, que está a unos 4.000 grados. En realidad, no se puede hablar de una superficie propiamente dicha, porque a esa temperatura no hay nada sólido, ni siquiera líquido. Los astrónomos, más que de superficie, hablan de fotosfera.

Y ahora viene el enigma. Por encima de la fotosfera hay una capa de unos 7.000 kilómetros, llamada cromosfera, que está más caliente que la fotosfera, a unos 8.000 grados. Y todavía por encima de la cromosfera está la corona, un halo que alcanza una temperatura cercana al millón de grados. Entender esta enigmática inversión térmica es una de las principales misiones de la sonda Parker, aunque no la única. La sonda no se va a posar en el Sol ni nada parecido (ni siquiera está muy claro qué significaría posarse, puesto que no hay ninguna superficie sólida), sino que se acercará hasta 150 millones de kilómetros de la fotosfera, es decir, fuera de la cromosfera, pero a una buena distancia para estudiar la corona. Mercurio, el planeta más próximo al Sol, está a unos 58 millones de kilómetros de él, en realidad más cerca de lo que nunca llegará la sonda.

Homenajeando en cierto sentido al primer ministro de Freedonia, la sonda Parker llevará incorporada su propia noche: un escudo térmico de carbono de 12 centímetros de grosor que irá girando para interponerse siempre entre el Sol y el centro lógico de la nave. El escudo alcanzará temperaturas de 1.400 grados, pero gracias a ella y a un sistema de refrigeración los equipos electrónicos se mantendrán a 30 grados, que en realidad es menos de lo estoy aguantando yo mientras escribo esto. Además del enigma de la inversión térmica, estos aparatos podrán aclarar el origen del viento solar y predecir las tormentas solares que resultan dañinas para nuestro planeta. También podrá orbitar por los polos del astro, que son inaccesibles para nuestros telescopios terrestres.

¿Una idea digna de Freedonia? No, una hermosa misión en pro del avance del conocimiento. Ciencia, en una palabra.


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