Bruselas busca en España un aliado para la reforma del euro

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Claudi Pérez

“Esa es la barrera”. Escribir sobre Europa es como mascar cristales: el muro, porque es un pedazo de muro aunque la policía búlgara prefiera los caramelos retóricos, se distingue en el horizonte mucho antes de llegar al paso fronterizo: tres metros de altura rematados con el inevitable alambre de espino a lo largo y ancho de la frontera entre Bulgaria y Turquía. La UE se rasga las vestiduras con Donald Trump y su valladar mexicano, pero a veces hace algo parecido en su patio trasero. En Ceuta y Melilla, en Grecia, en el Báltico, en Hungría. Hasta en Francia.

Y en Bulgaria. El más imponente de todos esos muros nació en Lesovo, el pueblecillo en el sureste del país en el que arranca esta historia, y tiene ya más de 200 kilómetros de longitud. Cubre la frontera de cabo a rabo. Para custodiarlo hay helicópteros, coches patrulla, cámaras y sensores cada 30 metros. Y un centro de control equipado con tecnología punta. El Gobierno de Bulgaria, el socio más pobre de la UE, saca pecho: en el punto álgido de la crisis migratoria cruzaron por esa frontera 9.245 inmigrantes ilegales; en 2017 fueron 510. La canciller alemana, Angela Merkel, ha felicitado en persona al Gobierno por esa proeza. Casi nadie se acuerda de Berlín, de 1989, de un politólogo que hizo furor con la tesis de que había llegado el fin de la historia cuando cayó aquel muro. Casi nadie, en fin, recuerda aquello de Jorge Semprún: “Quien busque un ejemplo de la debilidad de Europa no tiene más que contemplar un rato uno de esos muros”.

Los muros se han multiplicado desde que en 2015 llegaron a Europa un millón y medio de personas y provocaron una sacudida política que explica parte del auge populista. Los espumarajos de los ultra siguen ahí, pese a que las cifras de entrada son ya sensiblemente inferiores: menos de 150.000 migrantes al año.

El estado normal de la atmósfera europea es la turbulencia, pero el ruido empieza a ser ensordecedor. Los viejos demonios salen del armario: declaraciones impensables hace unos años son ahora extrañamente habituales. Incluso en el Sur: “Se acabó la buena vida, que los inmigrantes empiecen a hacer las maletas”, ha dicho Matteo Salvini, ministro del Interior de Italia. Al Este, el líder húngaro Viktor Orbán, afiliado al PP europeo, repite esa melodía que envuelve el mismo argumento: “No queremos minorías con culturas y antecedentes diferentes entre nosotros”. El conservador austriaco Sebastian Kurz anuncia un recorte del Estado del bienestar para evitar que sea “un imán para inmigrantes”. El Norte va más lejos: Dinamarca lidera un grupo de países que proponen crear un centro de refugiados fuera de la UE para expulsar a los migrantes con órdenes de deportación pendientes, según el liberal Lars Lokke Rasmussen. Ni siquiera la izquierda ha sido capaz de resistir la tentación: los socialistas franceses desmantelaron en su día campamentos romaníes, y los nórdicos aprobaron confiscar las posesiones de los refugiados.

Europa necesita otro Dickens para describir esa situación. Y los analistas se agarran a los lugares comunes del pesimismo clásico: la UE, dicen, corre peligro de no poder con todo. En lo económico, tarde o temprano llegará otra crisis que puede llevarse por delante el euro a la vista de la división Norte-Sur. En lo político, los populistas ocupan ya varios Gobiernos, y la crispación va en aumento. “Y a la vez la UE ha demostrado una capacidad de resistencia formidable: a cada poco parece que el mundo esté a punto de acabarse, pero nunca se acaba”, explica una alta fuente europea. “El Gobierno español presenta buenas credenciales europeístas, tiene tonos parecidos a los de Macron con un toque socialdemócrata y es una especie de anti-Italia: puede ser un aliado ideal para Bruselas y París en los principales debates”, afirma a este diario un estrecho colaborador del presidente Jean-Claude Juncker.

“La situación ha mejorado: invita al optimismo”, dice Javier Solana, exjefe de la diplomacia europea. “Pero aquel adagio del Europa se forjará en las crisis quizá sea demasiado optimista: las crisis también pueden dividir, fracturar”, añade el exvicepresidente comunitario Joaquín Almunia.

Europa ha mejorado, pero vienen curvas. El intelectual Luuk Van Middelaar cree que la UE está “en medio de varios dilemas, buscando compromisos entre países con idearios muy distintos. 250 días después de formar Gobierno, Merkel no ha sido capaz de dar una respuesta convincente a Emmanuel Macron sobre el euro. Las tensiones con EE UU son preocupantes. Pero la migración es el asunto más peliagudo, porque da y quita votos. Es el dilema más complejo. Enfrenta a populistas contra proeuropeos, y a los populistas entre sí: los ultras italianos no quieren lo mismo que los del Este”. Europa, apunta Van Middelaar, tiene que hacerse mayor. “Deberíamos estar orgullosos de los valores europeos, pero la UE debe ser tanto un espacio de libertad como de protección. Macron lo ha entendido, pero necesita urgentemente aliados. Estamos perdiendo a la gente”, avisa.

“Los problemas no resueltos alimentan el populismo”, advierte el ensayista Daniel Innerarity. “Se abre una etapa interesante en la que Europa debe mostrar una mayor comprensión hacia las causas de los problemas de los que el populismo se presenta como solución, aunque no lo sea en absoluto”, añade. El problema es que Alemania, indiscutible líder de la UE, se resiste. En inmigración, “los nórdicos, Italia, Austria y el Este presentan discursos cada vez más extremos, pero Berlín, lejos de buscar una solución europea, está mostrando un egoísmo sorprendente, quizá por la debilidad de Angela Merkel”, apunta un diplomático de uno de los grandes países de la Unión. En la reforma del euro tampoco va a haber alardes. Uno de los grandes pesimistas de la UE, Wolfgang Munchau —director del think tank Eurointelligence—, apunta que Emmanuel Macron “ha dado ya por perdida la batalla de convencer a Merkel”, y solo va a encontrar “gestos simbólicos”. El euro, en definitiva, va a seguir mal equipado de cara a la próxima crisis. “Eso pone la moneda única en peligro: si los populistas italianos siguen en el poder dentro de dos años, podrían acabar buscando una salida falsa del euro; no veo otra manera de financiar la expansión fiscal que preparan. Y aislar más a Italia solo puede empeorar las cosas. Ojalá España compense ese riesgo y se alíe con Macron. Esa sería una gran noticia”, dice.

Andrew Moravcsik, de Princenton, cree que la política de pequeñas concesiones en la que se ha enrocado Merkel “es terrible”; “si viene una crisis grave la UE podría necesitar transferencias de hasta el 20% del PIB para mantener el euro intacto. Y en Berlín la retórica política lleva demasiados años en contra de esa posibilidad como para convencer a la opinión pública”. “Tanto en migración como en el refuerzo del euro hay un temor creciente entre las filas de Macron”, abunda Sébastien Maillard, del Instituto Delors, “a que los populistas ganen mucho espacio en las elecciones europeas de 2019 si, como parece, seguimos sin avances”. La cumbre de finales de mes examinará el empuje del proyecto europeo. Pero en apenas 10 días habrá una primera cata: una minicumbre francoalemana en la que ya se verá si el rey está desnudo.

Ajeno a ese debate sobre el euro pero muy pendiente del migratorio, el joven jefe de policía que está al frente del muro con Turquía, Deyan Mollov, reflexiona en Lesovo sobre el que parece el problema más inmediato: la respuesta europea a la migración. Bulgaria ha construido una valla interminable, pero Mollov admite que en el Mediterráneo es algo más difícil poner puertas al mar. “Habrá que hacer lo que han hecho los españoles en Marruecos o Mauritania: invertir allí. Pero hay que trabajar a fondo en el control de fronteras. Las empresas fabrican cosas: Europa debe fabricarse también su propia seguridad”, remata con lo que parece el nuevo lema de la denominada Fortaleza Europa.


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