Javier Lafuente, Ignacio Fariza

El secretario (ministro) de Economía mexicano, Ildefonso Guajardo (Monterrey, 1957), recibe a EL PAÍS en un momento clave para la definición de la arquitectura comercial futura de América del Norte: tras la confirmación de los aranceles de Donald Trump sobre el acero y el aluminio europeo, mexicano y canadiense, la ya de por sí compleja renegociación del mayor acuerdo de libre comercio del planeta —el TLC, que une a Estados Unidos con México y Canadá desde 1994— pasa por uno de sus momentos más turbulentos. El país latinoamericano contiene el aliento ante el presidente republicano, que ha vuelto a abrir la puerta a dos pactos bilaterales en detrimento del tratado actual. La incertidumbre comercial regresa a la segunda mayor economía de la región.

Pregunta. Usted dijo que había un 80% de probabilidad de cerrar un acuerdo sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC). ¿Qué ha fallado?

Respuesta: Todavía no estoy fuera de mi predicción. Lo que dije es que había un 40% de probabilidades de cerrarlo antes de la elección mexicana [1 de julio]; un 40% después, pero antes de la intermedia [elecciones de mitad de mandato en EE UU, en noviembre] y un 20% de que definitivamente se nos vaya. Ya claramente cambió: está muy estrecho cualquier margen de amarrar una solución antes de la elección mexicana. Sin embargo, la posibilidad de que hubiera una solución antes de la elección intermedia de EE UU todavía es importante.

P. ¿Hay alguna posibilidad de cerrar un acuerdo bilateral en vez de trilateral?

R. El mensaje que están mandando es que quieren dedicar tiempo a alinear la negociación de los temas EE UU-México y alinear los temas EE UU-Canadá. La pregunta fundamental es: ¿cómo resolvemos los temas que por naturaleza son trilaterales? La etiqueta TLC es una valiosa y creemos que debe mantenerse la estructura trilateral.

P: Pero Trump sí ha expresado directamente su preferencia por la vía bilateral.

R: Trump siempre ha dicho que, no solo para el caso del TLC, que prefiere arreglos bilaterales. [Eso] está en la esencia de todo este rompimiento con el concepto de la multilateralidad.

P. ¿Hasta qué punto la volatilidad de Trump influye en la negociación?

R. Sin duda, este tipo de posicionamientos imprevistos sacan un poco el ajuste de los procesos. Esto es sorpresivo: no solo para los que de afuera tenemos que llegar a acuerdos y arreglos con la nueva Administración de EE UU, sino también lo sufren a veces los mismos miembros de ese Gabinete que están invirtiendo su esfuerzo para lograr llegar a convergencias. Hemos escuchado cosas desde la oficina más poderosa del mundo que no son apropiadas.

P. ¿Debe México firmar un acuerdo con un gobierno con un presidente que les está insultando y faltando al respeto?

R. El presidente [Enrique Peña Nieto] ha sido puntual en entender la dignidad soberana de un país y, al mismo tiempo, no engancharse ni hacer escalamientos innecesarios en cuestiones que finalmente no van más allá de la retórica y de un uso de un instrumento de comunicación como el tuit y las redes sociales. Hay un marco de la línea de respeto al país, pero al mismo tiempo hay una apertura para seguir administrando una relación que es fundamental. Cerrar la puerta al diálogo sería quitarle posibilidades a nuestra población.

P. ¿Tiene México armas suficientes para afrontar una situación de guerra comercial?

R. No debe ser el interés de nadie el entrar en un proceso de esta naturaleza; sin embargo, tienes que estar dispuesto a estarlo. La mejor manera de mantener la paz comercial es tener capacidad de respuesta a cualquier punto, a cualquier disidencia adicional. Pero ese no es el objetivo: el objetivo es lograr generar las condiciones para llegar a establecer una vez más los acuerdos complementarios que hagan esto funcional.

P. ¿Ha habido fricciones entre el canciller, Luis Videgaray y usted en esta negociación?

R. No. Lo que enfrentamos es lo suficientemente difícil para unificar una sola posición liderada por el presidente. El único que impone velocidades, estrategia, flexibilidades y admisión de esta negociación es el presidente, nadie más. El Gabinete sin duda analiza, valora estrategias, pero hay una sola visión del país. Hay un punto de equilibrio. El acuerdo perfecto nunca va a llegar, el acuerdo que pragmáticamente le sirva a México y se dé en los tiempos adecuados es el objetivo de esta negociación, se dé cuando se tenga que dar, cuanto más pronto posible mejor, pero no hay una diferencia de objetivos.

P. El 1 de julio México tendrá nuevo presidente. En caso de victoria de Andrés Manuel López Obrador, como vaticinan las encuestas, ¿teme un giro en la negociación del TLC?

R. Yo creo que en el fondo a todos los candidatos les gustaría que este gobierno lograra llegar a un acuerdo determinado y si es después del primero de julio en el acompañamiento del gobierno de transición. Yo creo que habrá una gran disponibilidad de quien gane la elección de que, si se dan las condiciones de encontrar un acuerdo, estarían sumados a encontrarlo. Si esa opción no se da, asumirán las responsabilidades que les tocan a partir del primero de diciembre, pero que no caiga en la menor duda que el gobierno responsable hasta el 30 de noviembre es el gobierno del presidente Enrique Peña. El ganador, quien quiera que este sea, nombrará una persona para tomar la antorcha en el proceso, esa persona estará integrada al proceso para que conozca toda la historia, para que en el momento en que le toque la responsabilidad el 1 de diciembre no tenga que inventar la rueda.

P. ¿Qué consecuencias puede tener para la economía una victoria de López Obrador?

R. Lo único que puedo decir es que en mi evaluación de las diferentes posibilidades que México tiene, la única que requiere una doble reflexión de mi parte es la alternativa de López Obrador, porque independientemente de escuchar su discurso y las garantías que da, la incertidumbre con la que uno se queda es poder definir cuál de los diferentes López Obrador que proyectan sus seguidores es el que tendríamos en la presidencia. Si es el López Obrador proyectado por Alfonso Romo o el proyectado por Paco Ignacio Taibo II.

P. ¿Qué versión ve usted más creíble?

R. No lo sé, no lo sé.

P. ¿Cuáles son los principales riesgos de esas dos visiones de López Obrador?

R. Yo no me voy a meter más que a simplemente transparentar lo que la opinión pública ha estado observando y es una visión que nos lleva al México de los setentas y otra que intenta contemporizar los nuevos retos y dinámicas de los gobiernos actuales de México y el problema está en que vemos un grupo de acompañamiento que está dividido en esas visiones.


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