Anatxu Zabalbeascoa

Hasta hace muy poco, había un arquetipo de arquitecto: era hombre, vestía de negro, podía llevar pajarita y se subía las gafas redondeadas hasta el centro de la frente. Como Le Corbusier. Ese arquetipo puesto al día, llevaría zapatos coloreados. O sería mujer y, en cualquier caso, tendría el estudio metido en un ordenador portátil. Eso en cuanto a la arquitecta o arquitectos liberales, no se describen aquí los macroestudios. Los arquetipos de los profesionales han cambiado mientras la mayoría de los estudios simplemente han crecido. ¿Sucede lo mismo con los edificios?

La palabra arquetipo viene de combinar arjé (en griego fuente) y tipo (modelo o patrón). Del tipo se deriva el modelo perfecto, muchas veces inconsciente y casi siempre colectivo, que se supone que es un arquetipo. De ahí que su renovación sea tan complicada y que los sucesivos intentos por actualizar los arquetipos —también los arquitectónicos— se topen con la barrera de trabajar más con la interpretación que con la creación.

Los arquetipos arquitectónicos tienden más a interpretar formas conocidas que a reinventarlas. Y cuando las reinventan —en la época de las formas fluidas por ejemplo— no parecen conseguir construir nuevos arquetipos sino, simplemente, desencadenar cadenas de epígonos que repiten formas sin lograr reinterpretarlas. ¿Por qué sucede eso?

Debo advertir al lector que los siguientes comentarios no son evidencias de ningún tipo. Son especulaciones: una propuesta para analizar por qué los arquetipos arquitectónicos tienen tan difícil renovación comparados con los que se dan en otros campos del conocimiento o, incluso, con el arquetipo profesional —el cliché— del propio arquitecto.

Tomemos la imagen tradicional de una iglesia. Con un elemento vertical (el campanario) y un volumen bajo, que puede ser alargado, circular o incluso triangular (la nave), los cuerpos de la iglesia construyen una identidad fácilmente reconocible. Hace unos años, el proyectista noruego Reiulf Ramstad quiso mezclar arquitectura y lugar cuando diseñó un templo. Y lo hizo recurriendo al arquetipo de las iglesias nórdicas levantadas con duelas de madera. En Knarvik (Hordaland), al suroeste del país, ideó un templo que remite a la vez a la época medieval, a las cubiertas a dos aguas de madera locales, y a la escarpada geografía de los acantilados y los fiordos del paisaje noruego. La forma piramidal del campanario, y el desdoblamiento de la cubierta multifacetada cuestionan la sencillez de un arquetipo y encuentran justificación en la adaptación de la iglesia al lugar: un desnivel tratado también por los arquitectos como espacio público.

En rigor, la complejidad alejaría esta iglesia de la idea de arquetipo. También el cambio de uso: está pensada para acoger a la vez conciertos y celebraciones litúrgicas. La luz, sin embargo, se filtra por cortes de la cubierta-fachada que, de nuevo, remiten a la estrechez de las ventanas de las iglesias románicas. Así, es una iglesia pensada más para fundirse con el lugar que para imponer su presencia (este objetivo también daría la vuelta a la ambición de las iglesias, y sobre todo las catedrales, de la antigüedad).

La iglesia de Knarvik es de una belleza indiscutible y tiene una forma claramente contemporánea, sin embargo, su autor considera toda la tradición: las tablas de madera, la estilización de los rasgos y la interpretación de la cubierta está presente en ella y remite al arquetipo. Defiende que así conecta con la herencia colectiva con que los arquetipos penetran en nuestra mente. La iglesia convence, el arquetipo lo vemos reinterpretado, sin embargo, restan muchas preguntas por responder: ¿Una estilización del pasado es un arquetipo? ¿Sirve el arquetipo cuando el contenedor formal se desliga del contenido, como sucede aquí o con el mercado de Gante, en Bélgica, ideado por Robbrecht en Daem y Marie-José Van Hee? Que el arquetipo conecte con el pasado lo legitima arquitectónicamente. Que lo tergiverse ¿terminará por alterar la referencia a ese pasado?


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