Jan Martínez Ahrens

Estados Unidos demostró esta noche su poder al mundo. En una demoledora operación militar, atacó en coordinación con Francia y el Reino Unido al régimen de Bachar El Asad por el supuesto uso de armas químicas contra la población civil de Duma. El presidente de EEUU, Donald Trump, en un discurso a la nación desde la Casa Blanca, afirmó que mantendría el pulso hasta que Siria abandonase el uso de armas químicas. “Son los crímenes de un monstruo”, declaró. La represalia, centrada en un “ataque de precisión” supuestamente contra centros de investigación y almacenamiento de armas químicas, retumbó más allá de tierras sirias. A Rusia e Irán, Trump les hizo saber que Estados Unidos, bajo su mando, no titubea: dispara. “Están a apoyando a un asesino de masas. Deben decidir de qué lado están”, sentenció.

Por una vez, Trump ha sido previsible. Tras seis días de redoble de tambor, a las 9 de la noche de este viernes ha lanzado el ataque que ha mantenido en vilo al mundo desde que el domingo pasado anunciase que iba a hacer pagar “un alto precio” a Siria. Sin que se conozcan aún los objetivos ni el alcance de la intervención, de las palabras del presidente de EEUU ha quedado claro que se trata de una campaña sostenida ante lo que la Casa Blanca considera una escalada del régimen de Bachar El Asad. “Es el mal, han gaseado a madres e hijos”, afirmó el presidente. De su discurso, también se derivó una advertencia a Rusia, por haber sido incapaz de frenar a Damasco, y a Irán, por brindarle su apoyo. “Ójala algún día vengan con nosotros”, dijo.

El ataque a Siria forma parte de una historia interminable. Trump siempre ha deseado salir de Siria. Hoy mismo, en su discurso, ha recordado que no busca la presencia permanente de EEUU en el territorio. Es un pensamiento que le acompaña desde mucho antes de la alcanzar la presidencia y que sigue vivo en él. Hace solo 10 días, el 3 de abril, el presidente clamó públicamente por salir del conflicto y repatriar a los 2.000 soldados. “No sacamos nada de ello. No tenemos nada, excepto muerte y destrucción. Es horrible”, afirmó entonces. Cuatro días después, todo cambió. La población civil de la rebelde Duma, según la versión estadounidense, fue gaseada. Hubo al menos 60 muertos y cientos de heridos.

La agresión química traspasó la línea roja establecida hace un año, cuando las tropas sirias atacaron Jan Sheijun. En aquella ocasión murieron 86 personas, entre ellas decenas de niños. Las imágenes de sus cuerpos fulminados por el tacto cruel del gas sarín, un hallazgo de la era nazi, impactaron al mundo y activaron el olfato político de Trump. La represalia se puso inmediatamente en marcha. Pese a que Moscú y Damasco, al igual que ahora, negaron su participación en la matanza, Estados Unidos lanzó 59 misiles Tomahawk contra la base aérea de Shayrat (Homs).

Fue una señal que buscaba un rédito político. Si Barack Obama, bajo la promesa rusa de retirada del arsenal químico, había descartado intervenir en 2013 ante un ataque que segó la vida a 1.400 civiles, con Trump las cosas iban a ser distintas. La nueva Administración estaba dispuesta a morder por mucho menos.

Aquella intervención, diseñada para reducir al mínimo las bajas, resultó un éxito. No falleció ningún soldado estadounidense ni ruso y se eliminó de una tacada el 20% de la fuerza aérea siria. Trump había logrado su primera victoria internacional.

Durante meses, Bachar El Asad acusó el golpe y prescindió del arsenal químico. Poco a poco, sin embargo, a medida que la tensión estadunidense aflojaba, volvió a usar gas cloro en ataques selectivos contra los rebeldes. La Casa Blanca lo advirtió y su entonces consejero de Seguridad Nacional, Herbert R. McMaster, declaró que el efecto disuasorio del bombardeo de Shayrat se había diluido.

El ataque a Duma, un reducto rebelde en la periferia de Damasco, no solo validó esta interpretación, sino que fue entendida por la Casa Blanca como un desafío a la prohibición de usar armas químicas. De poco sirvieron los vehementes desmentidos sirios y rusos. Estados Unidos, Francia y Reino Unido establecieron que Damasco había cruzado el umbral prohibido.

El motivo por el que El Asad volvió supuestamente a las andadas aún es objeto de debate. Pero casi todos los expertos lo vinculan con la declaración de Trump de repatriar las tropas estadounidenses en Siria. Si el presidente sirio percibió en esta manifestación una muestra de flaqueza y quiso mover ficha, sigue siendo un misterio, pero de lo que nadie duda es de que la matanza abrió la caja de los truenos.

Nada más conocerse la agresión, la Casa Blanca puso la maquinaria de guerra en marcha. Pero esta vez, no actuó en solitario ni por sorpresa. Anunció con antelación su intención de hacer pagar “un alto precio” a los autores, corresponsabilizó a Vladímir Putin y movilizó a su diplomacia para forjar una coalición internacional. Siria y su gran padrino, Rusia, desgastados por anteriores desmentidos que a la postre resultaron falsos, no lograron frenar la ofensiva. Con el frente exterior despejado, sin oposición interna y sabedor de que la acción le otorga un capital político que Obama perdió con sus titubeos, a las 21.00 del viernes lanzó al ataque a Siria.


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