Alejandro Ríos

Todavía estábamos lidiando con el frenesí de los años sesenta, Beatles, Hendrix, Janis Joplin, Rolling Stones, que nos llegaban a cuentagotas, pues ya se sabe lo poco que la dictadura era dada al rock, por considerarla música del enemigo, cuando a principios de los setenta irrumpe en nuestras vidas otro grupo británico que, literalmente, nos viró de cabeza. Las primeras canciones llegaron mediante las ondas de la mítica estación de radio de Arkansas KAAY, que oíamos en la madrugada, subrepticiamente, en radios de batería.

Primeramente, tuvimos que dilucidar nombre tan peculiar, Led Zeppelin, aunque ya el primer álbum incluía en su portada la icónica imagen del antiguo artilugio volador, “de plomo” para más ironía. Luego fuimos encontrando fotos de los cuatro melenudos y noticias de sus vidas, en las antípodas del adoctrinamiento socialista.

Escucharlos en aquella circunstancia nos daba la esperanza y la libertad que el régimen nos coartaba. Un fenómeno musical, sin parangón, desafiante y rebelde, tomando prestado del blues americano y del más antiguo folclor británico.

Led Zeppelin reinó en la década del setenta, así que fue parte de nuestra banda sonora en una época de triste recordación que comenzó con el fracaso de la zafra de los diez millones y concluyó con el éxodo del Mariel.

El grupo celebra este año su glorioso medio siglo. La última vez que se unieron fue en el año 2007, lo cual quedó grabado y filmado para la posteridad.

Luego han seguido las especulaciones sobre otra presentación, que ahora pudiera ocurrir, aunque lo único seguro es un nuevo libro. Se habla de productores que han extendido cheques en blanco para el gran acontecimiento, pero lo cierto es que Robert Plant, conocido como el “Dios Dorado del Rock”, se ha negado, reiteradamente, a presentarse como Led Zeppelin, sin su amigo el baterista John Bonham, fallecido en 1980, porque desde hace años está enfrascado en una exitosa carrera en solitario de la cual acaba de ofrecer su más reciente álbum, el número once, Carry Fire.

Esta nueva colección de canciones exquisitas donde se funden variadas culturas bajo el amparo del rock, lo ha llevado a un nuevo tour con su reciente grupo Sensational Space Shifters, lo cual me permitió un desagravio demorado, nada menos que en el mítico Teatro Beacon de Nueva York, construido en 1929.

El talentoso joven violinista inglés Seth Lakeman, capaz de ejecutar los más acrobáticos arabescos con su instrumento, calentó el escenario durante media hora y pergeñó la tensión necesaria para dar salida a la leyenda en persona.

Desde ese momento, el teatro entró en éxtasis, aunque nunca Robert Plant dejó de aparentar que era uno más del conjunto cuando se echaba, modestamente, a un lado sobre todo para los solos de guitarras y del propio violinista.

Presumido, con enmarañada melena entre rubia y cana y el rostro duramente surcado por lo que él ha llamado “aventuras juveniles”, el cantante y compositor hizo las delicias de sus fanáticos mediante las tretas de la experiencia y el don de una voz que sigue siendo prodigiosa.

El público no dejó de venerarlo, ni por un minuto, con sus nuevas e imaginativas canciones, pero cuando la emprendía con los clásicos de Led Zepellin, en versiones españolizadas u orientales, el teatro se contagiaba de euforia. Thats the Way y Babe, I’m Gonna Leave You, entre otros grandes temas, dieron lugar a un bis de ensueño con Bring It On Home y ese himno embriagador de varias generaciones que es Whole Lotta Love. Resulta fascinante cuando Plant afirma que está en una hermosa “curva de aprendizaje”, sin conclusión a la vista.