Miguel Ángel Criado

Hay quienes ven las letras de distintos colores, otros saborean las palabras e incluso algunos dan forma física al dolor o el placer que sienten. Se trata de individuos con sinestesia, un fenómeno en el que el cerebro activa más de un sentido ante el mismo estímulo. Se cree que se debe a una especie de hiperconectividad cerebral, pero se desconoce su genética. Ahora, un estudio ha localizado una serie de variantes en genes relacionados con las conexiones neuronales que explicarían esta riqueza sensorial.

No se sabe con certeza cuánta gente es sinestésica. Algunos estudios basados en encuestas en Reino Unido estiman un porcentaje entre el 1% y el 4%. Al cálculo no ayuda que haya más de 80 tipos de sinestesia. Una de las más habituales es la de grafema a color, de la que disfrutaba el físico y premio nobel Richard Feynman, que veía las letras de sus ecuaciones coloreadas. Pero hay otras combinaciones de sentidos, como la de sonido a tacto, cuando determinados sonidos provocan sensaciones táctiles, la sinestesia olor a visión… La que han estudiado ahora es la más común, la que reportan en torno al 15% de los sinestésicos: la sinestesia de sonido a color en la que, como le sucede al cantante Billy Joel, se ven los sonidos de distintos colores.

Investigadores del Instituto de Psicolingüística de la Sociedad Max Planck (Países Bajos) y la Universidad de Cambridge (Reino Unido) han tenido la rara ocasión de secuenciar el ADN de 18 personas de tres familias diferentes. En cada familia hay tradición de sinestesia, con algún abuelo, padre, hermano o hijo sinestésicos y otros que no lo son. Todos los primeros tiene el mismo tipo, de sonido a color. Aunque algunos tienen sinestesias secundarias, como la de asociar cada día de la semana con un color diferente.

Hasta ahora la mayoría de los estudios venían desde el campo de la psicología y pocos habían buceado en la base genética de la sinestesia. Pero los estudios con los genes se habían topado con una gran diversidad de cambios que no se repetían entre los individuos. Esa heterogeneidad la han vuelto a encontrar en estas tres familias, pero con una diferencia: los miembros sinestésicos de cada familia comparten variantes genéticas que no tienen ni sus familiares no sinestésicos ni los sinestésicos de las otras dos familias.

“Que estas variantes estén presentes en todos los sinestésicos y no en los no sinestésicos dentro de una misma familia es una importante prueba que sugiere que tienen un papel en el fenómeno”, dice la investigadora del departamento de lenguaje y genética del Instituto de Psicolingüística de la Max Planck y coautora del estudio, Amanda Tilot. En cuanto a la diversidad entre familias, no cree que sea un problema: “creemos que esta diversidad se debe a que la percepción sensorial es un proceso complejo en el que intervienen muchos genes”, añade.

El segundo gran resultado de este trabajo, publicado en PNAS, tiene que ver con lo que hacen los genes que son algo diferentes en los sinestésicos. Los seis genes en los que se concentran las variantes están relacionados con el desarrollo del cerebro. Así, algunos expresan proteínas que intervienen en la migración celular, clave en la fase embrionaria y neonatal, mientras otros tienen un papel decisivo en la llamada axonogénesis, proceso en el que las neuronas despliegan sus primeras conexiones con otras neuronas por medio de terminaciones o axones.

“De algunos genes, como SLIT2 y ROBO3, se conoce bien su papel en el guiado de las neuronas en sus conexiones en el cerebro. Si esta guía se ve mínimamente alterada por variantes genéticas, esto podría causar que la conectividad del cerebro acabe siendo algo diferente”, sostiene Tilot. Otros genes menos estudiados parecen estar relacionados con los extremos de los axones, ayudando a las neuronas a completar las conexiones. “Los científicos han sostenido durante años que la sinestesia puede deberse a sutiles diferencias en la forma de conectarse que tienen las regiones del cerebro que procesan la información sensorial. Las variantes genéticas que hemos encontrado parece que pueden tener este efecto en el desarrollo del cerebro”, añade la investigadora.

Sin embargo, quedan aún muchas incógnitas por resolver. Además de la gran diversidad genética entre unos sinestésicos y otros, hay algunos que no han tenido antecedentes familiares de sinestesia. El grupo al que pertenece Tilot está también estudiando estos casos en un trabajo aún por publicar. Otro problema es que los estudios comparando imágenes del cerebro de los sinestésicos con las de la actividad cerebral de los no sinestésicos no son concluyentes.

Pero la mayor de las dudas a despejar es la pérdida de la conexión entre sinestesia y niñez. La axonogénesis, que estaría detrás de un cerebro sinestésico, se produce en los últimos meses del feto y los primeros años de la infancia y casi desaparece en la edad adulta. Hay quienes sostienen que todos los niños nacen sinestésicos y que es la poda neuronal durante la maduración del cerebro la que hace que se pierda este extremo de la percepción sensorial.

“Está demostrado que incluso pequeños de apenas tres meses muestran conexiones entre sus sentidos, del sonido a la visión, por ejemplo”, dice la psicóloga de la Universidad de Sussex, Julia Simner, no relacionada con este estudio genético. En sus investigaciones, Simner ha detectado sinestesia grafema a color en niños de seis años. “Para profundizar en estos resultados, mi laboratorio Multisense acaba de examinar a unos 3.500 niños para rastrear la sinestesia durante la infancia. Hemos encontrado casos de sinestesia en chicos que desaparece antes de los 10 años”, comenta. ¿La razón? Falta probarlo, pero parece que, de nuevo, son los genes: “Sospecho que algunos niños están predispuestos genéticamente para conservar su sinestesia mientras otros la pierden”.