Jan Martínez Ahrens

Donald Trump ha vuelto a mostrar su músculo ante el FBI. El número dos de la agencia, Andrew McCabe, de 49 años, arrojó este lunes la toalla tras meses de críticas del presidente y de los republicanos. Antigua mano derecha del director James Comey, fulminado en mayo tras negarse a abandonar la investigación de la trama rusa, McCabe se había convertido en el blanco preferido de los conservadores. Tal era la presión que ya hace un mes se filtró que iba a abandonar el cargo en marzo, coincidiendo con el plazo legal para cobrar el retiro. Ni eso calmó las aguas. Vapuleado a diario, McCabe dio hoy otro paso y anunció que deja el puesto ya, aunque su salida de la agencia se materializará en unas cinco semanas.

Sobre McCabe pendía una doble espada. Por un lado, los republicanos le reprochan, al igual que a su antiguo jefe, su papel en el cierre del caso de los correos de Hillary Clinton. Para Trump se trató de un carpetazo inducido por el prejuicio. Una maniobra política destinada a salvar a su adversaria y maquinada por un FBI adverso a su ideología.

La segunda andanada procede de su liderazgo en las pesquisas sobre la posible coordinación entre el equipo de campaña de Trump y el Kremlin en las elecciones de 2016. Aquí, nuevamente, Trump se ha presentado como la “víctima de una caza de brujas”, un perseguido al que durante meses han sometido a una causa general sin hallar indicios en su contra.

En este punto, la acusación principal contra el número dos de FBI se basa en que intentó contratar al autor del denominado informe Steele, un espía británico que elaboró un dossier con material altamente radiactivo sobre Trump y que incluía descripciones sobre sus nunca demostradas relaciones con prostitutas en Moscú. Aunque el documento no ha sido validado, el FBI llegó a considerar que el antiguo agente del M16 Christopher Steele había dispuesto de fuentes de interés y se aproximó para hacerse con sus servicios.

La operación se vino abajo finalmente, pero para los republicanos quedó en evidencia que la agencia había amparado una investigación sucia y sin fundamento con tal de atacar a Trump. “Tiene que irse, hemos de asegurarnos que el FBI está libre de influencias políticas”, pidió en diciembre el presidente del Comité Judicial del Senado, el republicano Charles E. Grassey.

Bajo esta presión, la Casa Blanca halló pronto más pólvora contra McCabe. Ascendido por méritos, se supo que su esposa había sido candidata demócrata al Senado de Virginia y que había recibido dinero de donantes próximos a Clinton. Y como remate The Washington Post destapó que el informe Steele era un encargo de un abogado del equipo electoral de la antigua secretaria de Estado. La carga era excesiva incluso para el FBI. Pese a tener el apoyo de los demócratas, McCabe optó por irse. Ayer simplemente adelantó lo que era una muerte anunciada.


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