No me apasionan en sí mismas las cajas chinas, las muñecas rusas, las telas de araña, los mecanismos de relojería aplicados a algo tan distinto a un reloj como es un relato. Cuando un cineasta mezcla dimensiones reales e imaginarias, cabecea lenguajes con metalenguajes,  me lo trago a condición de que no ahogue la emoción en el artificio; que su drama y sus personajes sean tan sólidos que resistan la pirámide de palitroques que ha construido sobre ellos; que la puesta en escena de su intrincado guión vibre en los detalles. Y eso es, más o menos, lo que pasa con “El elefante desaparecido”.

‘El elefante’ es en extremo artificioso: el protagonista es un escritor de relatos policiales, que se ve perseguido, en la realidad y en su imaginación, por el detective de sus novelas quien, además, le da las claves para desentrañar la desaparición de su novia el mismo día, 15 de agosto del 2007, que el terremoto de Pisco destruyó la formación rocosa llamada El Elefante. ¡Uf!, imposible no perderse en el laberinto noir donde hasta el nombre del detective imaginario, Felipe Aranda, es anagrama de Rafael Pineda, el personaje interpretado por Lucho Cáceres que acosa al escritor Edo Celeste (Salvador del Solar).

Por buen rato, ‘El elefante’ queda inmóvil en la tela de la araña. El juego de dimensiones se complica al extremo en que el espectador –me pasó por ratos- pierde expectativa por las sorpresas que aguardan. Pero hay detalles, grandes y pequeños, que me conmovieron y me atraparon. Les describo algunos:

La actuación de Salvador: No es el galán pétreo que sortea, ‘cool’, el laberinto urdido por el director guionista Javier Fuentes León. Es un latino emocional que reacciona cuando tiene que hacerlo, que se pone liso y llorón, que está estupendo cuando interactúa con otros actores de su generación, como Lucho Cáceres (gran escena en el baño del MALI, el Museo de arte de Lima) y Toño Vega. Salvador pone tanta determinación en su pesquisa que nos hace tragar algunos de los giros más inverosímiles del relato.

Las apariciones de Vanessa: Ya antes de ‘El elefante’, Vanessa Saba se consagró como una ‘presencia’ del cine peruano, o sea, algo más que un semblante y no menos que una actriz, un rostro y un cuerpo que aparece y desaparece potenciando el misterio de sus personajes.  Esta cualidad de Vanessa le dio el toque fantástico que demandaba “El vientre”,  elevó de nivel a la modesta “La cara del diablo” y, en ‘El elefante’, sale airosa del embate de figuras de lenguaje que se lanzan sobre su silueta.

El realismo geográfico: El respeto por la realidad geográfica de las locaciones es una virtud de los cines culturalmente asentados. No importa si el relato es realista o fantástico; cuando el cine gringo, francés o italiano, rueda en Nueva York, París o Roma, el mapa suele respetarse rigurosamente. A Lima, en cambio, estamos acostumbrados a verla como arbitrario telón de fondo. Hasta cargamos con la enorme distorsión, convertida en tendencia, de reducir nuestro pasado sesentero, setentero y ochentero al nivel del mar de La Punta. En ‘El elefante’, por el contrario, la geografía es exacta. Los personajes dicen que va a una casa de la cuadra 2 de Larco y allí llegan con precisión. De allí, van a La Colmena, y no les quede duda de que se trata de la auténtica avenida. Y cuando Edo se dirige a Paracas, vemos sucederse a los tramos correlativos de la Panamericana Sur.

El Elefante sí es, parcialmente, una licencia creativa. Yo creí que se trataba de La Catedral, la célebre formación rocosa al sur de la península de Paracas cuya parte central, en efecto, se vino abajo durante el terremoto del 2007. Llamé a Miguel Valladares, la cabeza de Tondero, una de las empresas productoras de la película, para que aclarara mi confusión. Miguel me dijo que se trata de otra formación rocosa llamada en verdad El Elefante, que está muy cerca de La Catedral. Aunque no se vino abajo, sí fue parcialmente afectada por el terremoto. Es pequeña y algo alejada de la costa, por lo que se la hizo crecer con animación para que se la viera imponente como en la película.

El interior exterior: La fotografía del colombiano Mauricio Vidal es simplemente correcta, pero resulta extraordinaria en una bizarra escena, donde el interior de la oficina secreta a la cual Edo va a resolver el enigma de la desaparición de Celia (Vanessa Saba), se funde con el exterior de Paracas, el promontorio desde donde se aprecia El Elefante. La luz natural del segundo término baña e ilumina, en varias acepciones, al sombrío interior noche.

Más que suficientes detalles y razones para encontrarse con “El elefante desaparecido”.


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