Peligroso vacío de poder a la vista

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Juan Paredes Castro

El indulto a Alberto Fujimori a cambio de un tiempo más de Kuczynski en el sillón presidencial configura, junto con la secuela de Odebrecht, el dramático tránsito hacia un vacío de poder que no es una broma.

Ese vacío de poder a la vista, tan cierto y peligroso, no vamos a llenarlo con solo un poquito de Gabinete Ministerial como el que intenta proponernos la desgastada vicepresidenta Mercedes Aráoz ni con solo un poquito de reconciliación fantasiosa como la que ofrece el presidente Kuczynski, ni con solo un poquito de paz familiar en el interior de los todavía enemistados cuarteles fujimoristas, ni con solo un poquito de orden fiscal y judicial en medio de las carencias presupuestales y logísticas de tribunales y magistrados sobrepasados por la dimensión criminal del Caso Odebrecht.

Con los poquitos de esto y aquello, Kuczynski, Aráoz, los Fujimori, Pablo Sánchez y Duberlí Rodríguez intentan armar, en una arquitectura de cuatro palos, una gobernabilidad precaria. Y nada más.

El vacío de poder amenaza con volver anárquicos el Gobierno y el Legislativo, con el desbande adicional de cuadros que invocan el indulto a Fujimori como motivación principal de sus renuncias y no la corrupción de quienes los convocaron a sus listas electorales y ahora se ven envueltos en el escándalo de Odebrecht.

En tanto duren las razones de confrontación entre las facciones de Keiko y Kenji Fujimori y no cicatricen las heridas del último desgarramiento interno, no puede hablarse del poder de Fuerza Popular en el Congreso. Muchas identidades están quebradas, otras cargadas de arrogancia y frustración y no pocas sumidas en la simple depresión.

¿Cómo tendría que ser el nuevo juego de puentes y entendimientos entre el Gobierno y el Congreso? ¿Habrá lugar acaso para un poquito de diálogo o pacto sobre alguna mesa?

Si Kuczynski es consciente de que el tiempo presidencial que le queda es incierto, su primera responsabilidad pasa por designar a un primer ministro de respetable personalidad y con clara esquina política (tendrá que buscarlo con una lámpara milagrosa) que concentre la confianza pública que ya no puede concentrar él como presidente. Solo con un primer ministro así puede construir un Gabinete de ancha base, no necesariamente de reconciliación, pero sí capaz, por ejemplo, irónicamente, como lo sugiere Carlos Meléndez, de reconciliar a los damnificados del norte con el Gobierno Central, haciendo eficaz y rápido el hoy extraviado proceso de reconstrucción.

Kuczynski necesita sostenerse en una PCM política y eficiente. Esa PCM no la va construir ni con Fernando Zavala en la sombra ni con Aráoz en la luz. Zavala insistiría en un tonto “Gabinete de lujo” y Aráoz en amigos y amigas a vuelta de la esquina. Es más: Aráoz y Martín Vizcarra, en su poquito de investidura vicepresidencial que les queda, son el factor de recambio en el poder en la eventualidad de que Kuczynski pudiera recaer en una nueva amenaza de vacancia o renuncia.

Un peligroso vacío de poder inmediato, incluso legislativo, está pues a la vista. Quitémonos la venda de los ojos.


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