FRANCISCO MIRÓ QUESADA RADA
Martes 13 de noviembre del 2012

Un día como hoy, hace veinte años, el general Jaime Salinas Sedó, ya en retiro, y 25 oficiales de las Fuerzas Armadas, entre los que se encontraba el vicealmirante Augusto Vargas Prada, insurgieron contra la dictadura de Alberto Fujimori. Actuaron en su ley, porque creyeron y creen en la democracia, pero actuaron de acuerdo con ley, porque la Constitución que regía en aquella época, como la vigente, establecía el derecho que tiene el pueblo de insurgir contra cualquier gobierno usurpador, no importa cuál sea su naturaleza: civil, militar o cívico-militar, como precisamente fue el gobierno de Alberto Fujimori, una dictadura cívico-militar, en la cual las Fuerzas Armadas en ese entonces se plegaron para “disolver” el Congrego y controlar los otros poderes del Estado.

Este intento abortó por la acción del traidor Elías Moyano, de esos traidores que desgraciadamente han existido a lo largo de la historia de la humanidad, empezando por Judas, aunque recordemos que el valeroso Leónidas en las Termópilas fue finalmente derrotado por Jerjes debido a una traición, acto despreciable basado en la maldad, el engaño, la absoluta mentira y la hipocresía.

Recordemos este hecho como el primero en el que se insurge para que se cumpla la ley, retornar al estado anterior, y que el pueblo elija a sus autoridades. Solo unos pocos lo ayudaron, solo unos pocos se plegaron a la acción, pero eso no importó, porque Jaime Salinas y los demás oficiales fueron un ejemplo de coraje ante el poder del dictador. No solo tuvieron valor moral para decirle no al poderoso, sino valor físico. Estaban dispuestos a dar su vida para derrocar al tirano, que, al contrario de estos valerosos, huyó cobardemente a esconderse a la Embajada de Japón, bajo el argumento de que lo querían matar. Realmente asombroso: no enfrentó a un puñado de bravos teniendo un ejército a su disposición y fue precisamente todo lo contrario, porque el traidor y los esbirros al servicio de la dictadura intentaron asesinar a Salinas persiguiéndolo por media Lima.

Por eso, Jaime Salinas Sedó, como bien dijo nuestro recordado Francisco (Paco) Igartua, es “de esos hombres escogidos, que prefieren seguir el mandato del deber antes que plegarse al éxito y al tumulto”.

Dio un gran paso histórico, marcó la ruta para que años después otros peruanos insurgiéramos a través de los Cuatro Suyos, movimiento encabezado por otro defensor de la democracia y luego presidente, Alejandro Toledo también insurgió en las postrimerías y en plena agonía del fujimorismo el actual presidente, durante el llamado levantamiento de Locumba en Moquegua.

Pero, como sucede en la historia, todavía el Estado no ha hecho justicia con los demócratas insurgentes; quedan pendientes algunas cosas como la ejecución del pago de la reparación económica, por daño moral, lucro cesante y daño emergente ocasionado por la injusta carcelería que sufrieron, y ascender al grado inmediato superior a todos los oficiales que participaron en los sucesos del 13 de noviembre de 1992.

Señor presidente, es un deber moral condecorar con la Orden del Sol en el grado más alto al general Jaime Salinas y a los demás oficiales, porque gracias a ellos los peruanos disfrutamos de esta democracia, que, aunque feble, es mejor que la mejor de las dictaduras.

Jaime Salinas Sedó es la expresión de lo que dijo en alguna oportunidad José Ingenieros, cita que asume el mismo general Salinas en su artículo “En honor a la verdad”: “Cuando la conciencia moral considera que la autoridad es ilegítima, obedecer es una cobardía y el que obedece traiciona a su sentimiento del deber”.