“Dos clichés producen risa. Cien, conmueven”. La frase es de Umberto Eco y la utilizó el escritor y semiólogo para describir el más irrefutable de los placeres culpables. No es lo que están pensando. Él se refería a Casablanca. Sería estúpido quizá comparar la película de Michael Curtiz con la que ahora firma Rian Johnson según el universo de la más redundante y, admitámoslo, cansina de las religiones del nuevo milenio. Eso es Star Wars. Pues bien, es el momento de cometer el sacrilegio: Los últimos Jedi es definitivamente un pecado. Mortal de necesidad y, por ello, difícilmente más placentero. Cliché tras cliché, tópico tras tópico, el director consigue levantar un conmovedor monumento a algo tan rutilante y hasta cursi como la posibilidad de un sueño compartido. Y con fiebre. Y en eso, nos pongamos como nos pongamos, Casablanca y la última entrega de La guerra de las galaxias es lo mismo. Amén.

En un ritual solemne como toca, el villano Kylo Ren, el personaje interpretado un Adam Driver recuperado para la causa, hace explícito de qué va todo esto: “Es el momento de dejar morir a lo viejo”. Lo dice con voz tronante y con el gesto del que traza una raya en el agua. Ése es el mensaje. Recuperar el espíritu de la bestia más rentable de la historia del cine, pero adaptándola a la impunidad de las redes sociales, por así decirlo. Y, a su manera, ésta es la especialidad de su director.

Pero no se dejen engañar. Eso es sólo la excusa para curar el complejo de culpa. Puro márketing. En realidad, lo que cuenta no es lo nuevo sino la sensación de reencuentro, la recuperación pausada de un gesto que creíamos olvidado y que identificamos como común. Casi sagrado. A un lado las líneas argumentales por aquello de ir lo más virgen posible al lecho, el que hace el episodio VIII, el más largo de todos, se limita a profundizar en el alma los personajes, en la espectacularidad de las escenas y en la memoria herida de los espectadores con la actitud del que se sabe depositario de una llama por así decir salvífica. No hay más. Se trata de que lo viejo vuelva a tener sentido, no de acabar con ello.

Como ya hiciera en Looper o en Brick, Johnson readapta el lenguaje de los géneros de toda la vida (ahora toca la ciencia ficción que no sólo el fantástico) a la caligrafía errática de la mirada que se descompone, la nuestra. La idea no es construir una oda a la nostalgia sino de investigar qué es lo que hace eternos a códigos ya milenarios. Y de este modo se aplica con rigor en la relación triangular de Luke (Mark Hamil) y su nueva familia formada por Rey (Daisy Ridley) y el citado Ren; con paciencia en la detallada descripción de la infinidad de secundarios (nos quedamos con ese dúo compuesto por la siempre Leia-Carrie Fisher y la cada vez más lynchiana Laura Dern), y con humor (quizá demasiado) en las exigencias comerciales de poner a circular para los reyes nuevas criaturas espaciales. Por supuesto, para que ningún cliché quedé sin explotar, por ahí circula la furia de un Poe Dameron (Oscar Isaac) magnético, un Finn (John Boyega) muy en su papel de ‘robaplanos’ y, la gran sorpresa, la recién llegada Kelly Marie (Rose). Hay más, pero para qué insistir.

Vivimos un tiempo en el que el cine es sólo secuela. Todo lo es, pero el cine más. Ingenuamente, El retorno del Jedi, allá en 1983, se empeñaba en cerrarlo todo. Eso ya no es posible. Ahora todo vuelve y por ello las historias están condenadas a detenerse por siempre. Nadie cuenta ya historias, son ellas las que nos cuentan a nosotros. Johnson lo sabe y como ya ocurriera en El imperio contraataca, la mejor de todas las entregas como saben, la película navega por la placentera ingravidez de un cosmos perfecto. Yo no hacen falta explicaciones para presentar personajes o tramas y, como el capítulo intermedio que es, la película no precisa de final alguno. Todo flota.

Y es esta característica de levedad la que, para desesperación de algunos, hace grande a Los últimos Jedi. Johnson se las ingenia para extraer de cada uno de los tópicos que fundamentan el universo galáctico su verdad más incontestable. La emoción. De nuevo: “Dos clichés producen risa. Cien, conmueven”. Si El amanecer de la fuerza había sido de la mano de JJ Abrams una gran celebración de lo mismo (es decir, significaba la recuperación del mundo que el propio Lucas había condenado en la trilogía de Jar Jar Binks), ahora Los últimos Jedi nos confirman que la memoria resiste en la febril comunión de, otra vez, un sueño compartido.

Decía Adam Curtis en su monumental El siglo del yo que la celebración entusiasta del individualismo en la que nos hemos arrojado desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días de selfies en Instagram nos ha condenados a estar solos. De ahí que enfermedades latentes como el nacionalismo o el fanatismo furbolero hayan cundido como alternativa a tanto penar en soledad. Es sólo una interpretación. Lo cierto es que Johnson hace su propia lectura liberadora de este asunto en su cinta: también quiere ser ella una contestación crítica a tanto penar en solitario. No es tanto lo eterno renovado, como lo eterno recuperado. El éxtasis del cliché. Eso o Los últimos Jedi como Casablanca.

Y para acabar una nota autobiográfica. La película, azares del exotismo, la he visto en Hong Kong. No deja de sorprender ver lo pequeño que es el universo y lo universales que son los lugares comunes. Pese a lo que parece, este último comentario es positivo. Mucho.

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