Como un boxeador o un torero, a Luis Aragonés se le quedó incrustado al apodo su lugar de procedencia. Y desde que ‘zapatones’ se convirtió en el ‘sabio de Hortaleza‘, los vecinos de este barrio madrileño presumen de origen. Sus embajadores musicales, Porretas, lo hacen hasta el paroxismo. La veterana banda de punk-rock ha dedicado al barrio varias canciones (entre ellas, su himno oficioso) y llamó ‘Hortaleza’ a unos de sus discos. El amor por el terruño no ha remitido, y ahora todo queda en casa: su nuevo trabajo, ‘Al enemigo ni agua’, lo edita Rock Estatal Records, un sello de Hortaleza. Y como no podía ser de otra manera, el disco incluye una nueva oda al extrarradio, titulada ‘Mi barrio’.

Para colmo, la banda cambió recientemente de mánager. Al hacer el trato, descubrieron que también es de Hortaleza. “Ahora somos ‘barrionalistas’ a muerte”, suelta entre risas José Manuel Cobela, el Bode, guitarrista del grupo. Orgullo de patria chica que trasciende fronteras. “Una vez, en Argentina, nos presentaron como los Ramones de Hortaleza. Muchos seguidores de Suramérica nos escriben diciendo que les gustaría visitar el barrio. Se imaginan que esto es un parque temático del rock”.

Nada más lejos de la realidad, aunque este antiguo pueblo transformado en populoso distrito de 170.000 habitantes tiene su propia ruta rockera. Y para descubrirla, Porretas al completo hacen de cicerones. La visita arranca en el Metro que reclamaban en una de sus antiguas canciones, aunque antes se reposta en el bar con una ronda de botellines. La emisora del barrio, Radio Enlace, es la primera parada, como sucede cuando sacan disco: la ronda de promoción suele arrancar en sus estudios. “Nos han apoyado mucho”, explica agradecido Bode, que atribuye el nombre del grupo a la popular radionovela ‘La Saga de los Porretas’. Aunque la connotación ‘fumeta’ es evidente (el mayor éxito de Porretas se llama ‘Marihuana’, un fijo en el repertorio de las orquestas de pueblo). “Aquí veníamos a pillar”, hace saber Luis, el batería, al pasar por un el local de un viejo garito donde ahora se venden kebabs: “Tenía las mejores redadas del barrio”. Aquel estribillo que proclamaba “Hortaleza, porros y cerveza” no tenía nada de impostura.

De esa canción han pasado casi 20 años, pero Porretas, ahora cuarentones, se mantienen inamovibles en su propuesta musical: rock socarrón que corea historias inspiradas en la calle, aunque los estragos de la crisis les ha cambiado el tono, y su nuevo disco suena más cabreado. Enfundados en chupas de cuero, el cuarteto no pasa desapercibido por el barrio. Les paran por la calle, aunque no para pedirles autógrafos. “Antes me he encontrado a mi madre”, apunta Bode, al que un vecino le pega una voz desde la puerta de una tienda. “¿Ahí vas a montar la frutería? Pues me pasaré a verte”, responde a distancia el guitarrista. Pajarillo, el bajista, aprovecha la ruta para hacer una visita a sus progenitores, que viven en la UVA de Hortaleza, una barriada de barracones donde nació el grupo hace tres décadas, cuando tocaban versiones de Judas Priest en un sótano que obliga a encorvarse para entrar.

“Buenos coscorrones nos hemos pegado ahí”, cuenta Pajarillo en la puerta de aquel primer local de ensayo, ubicado bajo la vivienda de Roberto Mira, el Róber, cantante de la banda, que falleció en 2011. “Le quisieron poner una calle en el barrio, pero el PP no lo aprobó. Es una espina que tenemos que tenemos clavada”, lamenta Bode durante el paseo por la UVA, donde les piropean. “Esos Porretas, ahí debuti…”, suelta una voz ronca desde una vivienda. En cada rincón, un chascarrillo. “Ahí dimos uno de nuestros primeros conciertos”, revela el guitarrista señalando a la iglesia. “Menudo follón se montó, hubo hasta una manifestación. Necesitábamos dinero para grabar nuestro primer disco y pusimos precio a la entrada: 300 pesetas con una litrona de regalo. Y los cabrones de los colegas se indignaron, no querían pagar. Al final entraron todos gratis y encima se bebieron los litros”.

Manolo Benítez, canarión y un pata negra de la guitarra que también milita en Los Enemigos, escucha las anécdotas con atención. Porque en Hortaleza ejerce de turista. “Yo de este barrio no sabía nada antes de entrar al grupo”, se sincera. Por eso se divierte cuando descubre el origen del mote de su compañero Bode, diminutivo de Bodeguero: “Aquí tenía yo la bodega”, afirma ante una floristería con el cartel de ‘Se vende’ en la cristalera. “Cuando era chaval, como quería ser músico, tocaba en el Metro para sacarme unas perras. Pero los vecinos le decían a mi madre que me habían visto pidiendo, y a ella se le caía la cara de vergüenza. Estoy hay que encauzarlo, pensó. Y me ayudó a montar un bar”, relata entre risas. No le fue mal el negocio, y por la bodega Cobela abrevaban músicos como el joven Robe Iniesta cuando visitaba la capital con la maqueta de unos desconocidos Extremoduro bajo el brazo. La fama del bar no es ninguna broma: incluso la revista ‘Rolling Stone’ la incluyó en la lista de los 25 lugares “míticos” del rock español. La nostalgia aviva la sed, y la ruta acaba donde empezó, en el bar con una ronda de botellines. Salvo para el ‘enemigo’ Manolo Benítez: no es que no le den ni agua, pero el nuevo del grupo prefiere café. Cosas de forasteros.