“Allá en los tiempos del rey, la conclusión del año era, en la ciudad fundada por Pizarro, de lo bueno lo mejor. Mes íntegro de jaraneta y bebendurria”, cuenta Ricardo Palma en su tradición “El mes de diciembre en la antigua Lima”. Y ciertamente, durante la época virreinal y las primeras décadas de la República, las celebraciones navideñas no se centraban únicamente en la Nochebuena, sino que se extendían a lo largo de todo el mes. El 8, 13, 15, 24, 28 de diciembre y el 6 de enero eran días festivos del calendario litúrgico que se celebraban con tanto fervor como desenfreno. Como cuenta Palma, en aquella época “lo religioso y sagrado no excluía a lo mundano y profano”.

Día de la Purísima Concepción

El 8 de diciembre marcaba el inicio de la maratón de celebraciones con el Día de la Purísima Concepción —como se le conocía antaño a la Inmaculada Concepción—. Al respecto, es interesante hacer una precisión: aunque muchos suelen pensar que esta fiesta de guardar hace referencia al momento en que la Virgen empieza a cargar en su vientre a Jesús, este día realmente conmemora la concepción misma de María, quien, según la bula “Ineffabilis Deus”, nace sin aquella mancha que cargamos todos los hijos de Adán y Eva: el pecado original.

Cuenta Palma que, en la víspera, las familias limeñas armaban un altar dedicado a la Virgen con velas, sahumerios y flores. Al día siguiente, desde las siete de la noche, empezaban a llegar los invitados, quienes se vestían con sus mejores trajes.  Luego se rezaban los cinco misterios gozosos, y seguía una charla a cargo del fraile. El acto concluía con la entonación de villancicos al compás de violines, flautas y clavicordios. Entonces, la otra fiesta comenzaba: “Después de las diez de la noche, hora en que se despedían los convidados de etiqueta, principiaba lo bueno y lo sabroso. Jarana en regla. Las parejas se sucedían bailando, delante del altar, el ondú, el paspié, la pieza inglesa y demás bailes de sociedad por entonces a la moda”, cuenta el costumbrista en “El mes de diciembre en la antigua Lima”. Tres días más permanecían los altares en las casas, y la jarana continuaba con excesiva devoción.

Día de Santa Lucía

Cinco días después de la Purísima, el 13 de diciembre, se rendía homenaje a Santa Lucía, patrona de los ciegos, los pobres y los niños enfermos. A diferencia del día de la Purísima, esta celebración eran mucho más tranquila, pero no por ello menos importante. Era el inicio de las preparaciones para recibir la Navidad: se decoraban las fachadas e interiores de las iglesias, las congregaciones religiosas y las familias armaban los nacimientos, y se sembraban, en pequeñas macetas, semillas de trigo que luego se cosechaban para adornar dichos nacimientos.

Misas de aguinaldo

El 15 de diciembre arrancaba una serie de nueve misas matinales consecutivas que a pesar de celebrarse bien temprano eran bastante concurridas. Y es que a diferencia de las ceremonias regulares y de la propia Misa del Gallo —celebrada a la medianoche del 25 de diciembre—, las de aguinaldo se caracterizaban por su jovialidad y alegría. Duraban dos horas y estaban acompañadas por una pequeña orquesta que adaptaba temas religiosos a ritmos populares con matracas, zampoñas, bandurrias y pitos, y que cantaba coplas que lindaban con lo blasfemo: “Santa Rosa de Lima, / ¿cómo consientes / que un impuesto le pongan / al aguardiente?”, cita Palma en sus “Tradiciones peruanas”.

Día de los santos inocentes

Pese a que en la cultura popular el 28 de diciembre se ha establecido como el día del año en el que está permitido jugar todo tipo de bromas a las personas ingenuas, en la hagiografía católica esta fecha conmemora la siniestra matanza ordenada por el rey Herodes de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén.

Esta extraña contradicción entre el culto y el comportamiento de los feligreses se originó en la Edad Media. Por ese entonces, entre Navidad y Bajada de Reyes, el clero solía celebrar un festival carnavalesco cargado de elementos litúrgicos y simbología pagana llamado la Fiesta de los Locos, donde los roles sociales se invertían transitoriamente. Por ejemplo, los monasterios escogían a un joven de su congregación y lo nombraban “obispo de los locos”, cargo que duraba hasta el 28 de diciembre, y que el joven aprovechaba para cometer todo tipo de travesuras. Con el paso del tiempo, ambas tradiciones se mezclaron y dieron lugar al Día de los Inocentes que conocemos en la actualidad.

Esta tradición tuvo especial arraigo entre los españoles, quienes la trajeron consigo al Nuevo Mundo. Además de bromas y jugarretas, otra costumbre se había impuesto: “Manda Herodes a su gente / que quien preste en este día / lo pierda por inocente”, escribió Carlos Prince, editor francés radicado en Lima, quien dedicó un pequeño capítulo de su “Lima antigua” para describir las bribonerías que se sucedían en el Día de los Inocentes durante el siglo XIX.

Bajada de Reyes

Finalmente, el 6 de enero, las celebraciones navideñas concluían con la gran fiesta de Reyes, donde había “paseo de alcaldes y cabalgata a la Pampa de Amancaes”, como cuenta José Gálvez en sus “Estampas limeñas”. Y es que además de ser una festividad religiosa, la Bajada de Reyes tenía especial significado para la capital peruana. A diferencia de lo que se suele pensar, Lima fue bautizada con el nombre de “Ciudad de los Reyes”, no por los monarcas españoles, sino por los tres Reyes Magos. Pues cuenta la historia que fue el 6 de enero cuando Francisco Pizarro envió tres jinetes desde Pachacamac para buscar el lugar más apropiado para asentar la futura capital. Así, en el escudo de armas de la ciudad podemos observar tres coronas de oro y la estrella de Belén, además de la inscripción en latín que significa “Este es el verdadero signo de los Reyes”.

Puesto que, según la tradición, los Reyes Magos llegaron a Belén para visitar al recién nacido, llevándole ofrendas de oro, mirra e incienso, las personas esperaban hasta el 6 de enero para entregar los obsequios navideños. Previamente, sin embargo, se acostumbraba a asistir a una misa donde se representaba aquella escena, luego  seguía una copiosa cena en la que se consumía la popular rosca de Reyes . Terminada la cena y el intercambio de regalos, se procedía a desarmar los nacimientos. Entonces, una nueva jarana se armaba en los hogares limeños, muchas de las cuales se prolongaban hasta el amanecer para despedir un mes entero de maratónicas celebraciones.

“Allá en los tiempos del rey, la conclusión del año era, en la ciudad fundada por Pizarro, de lo bueno lo mejor. Mes íntegro de jaraneta y bebendurria”, cuenta Ricardo Palma en su tradición “El mes de diciembre en la antigua Lima”. Y ciertamente, durante la época virreinal y las primeras décadas de la República, las celebraciones navideñas no se centraban únicamente en la Nochebuena, sino que se extendían a lo largo de todo el mes. El 8, 13, 15, 24, 28 de diciembre y el 6 de enero eran días festivos del calendario litúrgico que se celebraban con tanto fervor como desenfreno. Como cuenta Palma, en aquella época “lo religioso y sagrado no excluía a lo mundano y profano”.

Día de la Purísima Concepción

El 8 de diciembre marcaba el inicio de la maratón de celebraciones con el Día de la Purísima Concepción —como se le conocía antaño a la Inmaculada Concepción—. Al respecto, es interesante hacer una precisión: aunque muchos suelen pensar que esta fiesta de guardar hace referencia al momento en que la Virgen empieza a cargar en su vientre a Jesús, este día realmente conmemora la concepción misma de María, quien, según la bula “Ineffabilis Deus”, nace sin aquella mancha que cargamos todos los hijos de Adán y Eva: el pecado original.

Cuenta Palma que, en la víspera, las familias limeñas armaban un altar dedicado a la Virgen con velas, sahumerios y flores. Al día siguiente, desde las siete de la noche, empezaban a llegar los invitados, quienes se vestían con sus mejores trajes.  Luego se rezaba los cinco misterios gozosos, y seguía una charla a cargo del fraile. El acto concluía con la entonación de villancicos al compás de violines, flautas y clavicordios. Entonces, la otra fiesta comenzaba: “Después de las diez de la noche, hora en que se despedían los convidados de etiqueta, principiaba lo bueno y lo sabroso. Jarana en regla. Las parejas se sucedían bailando, delante del altar, el ondú, el paspié, la pieza inglesa y demás bailes de sociedad por entonces a la moda”, cuenta el costumbrista en “El mes de diciembre en la antigua Lima”. Tres días más permanecían los altares en las casas, y la jarana continuaba con excesiva devoción.

Día de Santa Lucía

Cinco días después de la Purísima, el 13 de diciembre, se rendía homenaje a Santa Lucía, patrona de los ciegos, los pobres y los niños enfermos. A diferencia del día de la Purísima, esta celebración eran mucho más tranquila, pero no por ello menos importante. Era el inicio de las preparaciones para recibir la Navidad: se decoraban las fachadas e interiores de las iglesias, las congregaciones religiosas y las familias armaban los nacimientos, y se sembraban, en pequeñas macetas, semillas de trigo que luego se cosechaban para adornar dichos nacimientos.

Misas de aguinaldo

El 15 de diciembre arrancaba una serie de nueve misas matinales consecutivas que a pesar de celebrarse bien temprano eran bastante concurridas. Y es que a diferencia de las ceremonias regulares y de la propia Misa del Gallo —celebrada a la medianoche del 25 de diciembre—, las de aguinaldo se caracterizaban por su jovialidad y alegría. Duraban dos horas y estaban acompañadas por una pequeña orquesta que adaptaba temas religiosos a ritmos populares con matracas, zampoñas, bandurrias y pitos, y que cantaba coplas que lindaban con lo blasfemo: “Santa Rosa de Lima, / ¿cómo consientes / que un impuesto le pongan / al aguardiente?”, cita Palma en sus “Tradiciones peruanas”.

Día de los santos inocentes

Pese a que en la cultura popular el 28 de diciembre se ha establecido como el día del año en el que está permitido jugar todo tipo de bromas a las personas ingenuas, en la hagiografía católica esta fecha conmemora la siniestra matanza ordenada por el rey Herodes de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén.

Esta extraña contradicción entre el culto y el comportamiento de los feligreses se originó en la Edad Media. Por ese entonces, entre Navidad y Bajada de Reyes, el clero solía celebrar un festival carnavalesco cargado de elementos litúrgicos y simbología pagana llamado la Fiesta de los Locos, donde los roles sociales se invertían transitoriamente. Por ejemplo, los monasterios escogían a un joven de su congregación y lo nombraban “obispo de los locos”, cargo que duraba hasta el 28 de diciembre, y que el joven aprovechaba para cometer todo tipo de travesuras. Con el paso del tiempo, ambas tradiciones se mezclaron y dieron lugar al Día de los Inocentes que conocemos en la actualidad.

Esta tradición tuvo especial arraigo entre los españoles, quienes la trajeron consigo al Nuevo Mundo. Además de bromas y jugarretas, otra costumbre se había impuesto: “Manda Herodes a su gente / que quien preste en este día / lo pierda por inocente”, escribió Carlos Prince, editor francés radicado en Lima, quien dedicó un pequeño capítulo de su Lima antigua para describir las bribonerías que se sucedían en el Día de los Inocentes durante el siglo XIX.

Bajada de Reyes

Finalmente, el 6 de enero, las celebraciones navideñas concluían con la gran fiesta de Reyes, donde había “paseo de alcaldes y cabalgata a la Pampa de Amancaes”, como cuenta José Gálvez en sus “Estampas limeñas”. Y es que además de ser una festividad religiosa, la Bajada de Reyes tenía especial significado para la capital peruana. A diferencia de lo que se suele pensar, Lima fue bautizada con el nombre de “Ciudad de los Reyes”, no por los monarcas españoles, sino por los tres Reyes Magos. Pues cuenta la historia que fue el 6 de enero cuando Francisco Pizarro envió tres jinetes desde Pachacamac para buscar el lugar más apropiado para asentar la futura capital. Así, en el escudo de armas de la ciudad podemos observar tres coronas de oro y la estrella de Belén, además de la inscripción en latín que significa “Este es el verdadero signo de los Reyes”.

Puesto que, según la tradición, los Reyes Magos llegaron a Belén para visitar al recién nacido, llevándole ofrendas de oro, mirra e incienso, las personas esperaban hasta el 6 de enero para entregar los obsequios navideños. Previamente, sin embargo, se acostumbraba a asistir a una misa donde se representaba aquella escena, luego  seguía una copiosa cena en la que se consumía la popular rosca de Reyes . Terminada la cena y el intercambio de regalos, se procedía a desarmar los nacimientos. Entonces, una nueva jarana se armaba en los hogares limeños, muchas de las cuales se prolongaban hasta el amanecer para despedir un mes entero de maratónicas celebraciones.


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