Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes.

Jorge Luis Borges

Antes de que el Conde de Barcelona sucumbiera a los encantos de la tierna, robusta y encantadora Petronila de Aragón y se enredaran para los restos, habían ocurrido un montón de cosas en aquel rincón de la geografía peninsular en el cual Cataluña solo era un tenue borrador en la historia por venir.

Los francos, encumbrados en la apoteosis del Imperio Carolingio, cortaban el bacalao al sur de los Pirineos, y en el oeste a través de los condados catalanes que no eran otra cosa que tapones ante los invasores árabes a la vez que vasallos del señor del norte. Pero a los francos, como a todos los imperios, les visitó en su momento la dulce decadencia y los autóctonos vieron su oportunidad en medio de aquel guirigay de guerras intestinas al otro lado de la frontera, y se vinieron arriba.

También ocurría que sus fidelidades eran basculantes y algo erráticas amén de poco fiables, ora se adaptaban a las razias de los mahometanos que ocupaban el Valle del Ebro siendo tributarios de ellos, ora a las intermitentes amenazas y reivindicaciones de sus vecinitos del otro lado a los cuales tenían que acoquinar cuando la cosa se ponía fea. En el interregno de aquellos cambios de dirección del caprichoso viento, en uno de esos paréntesis que abre la historia, más producto del azar que de una esforzada creación propia, alcanzaron cierto grado de soberanía hasta que la Corona de Aragón los absorbió. Poco les duro la alegría.

Una unión pactada entre el rey Ramiro por parte aragonesa y el conde de Barcelona Ramón Berenguer bajo el claro control político del reino de Aragón tuvo continuación en Alfonso II, que pasó a ser a su vez conde de Barcelona, manteniendo la Casa Real de la Corona de Aragón (que no reino) en su propio territorio. Es a partir de entonces que la Corona de Aragón asimiló el principado de Cataluña; eso sí, respetando sus fueros y leyes particulares.

¿Soberanos e independientes?

Muchos episodios “independentistas” forman parte de una mitología olvidada y rescatada a voluntad –según las caprichosas y cambiantes artes del trapicheo político–, en polvorientas bibliotecas monacales o en mentes cicateras e intrascendentes y no llegan más allá de ser intentos fallidos sin mayores consecuencias. La vernácula burguesía de ese hermoso rincón que es Cataluña no ha sido nunca ajena a catalizar la desesperación de los oprimidos”, fueran estos los propios payeses o los peyorativamente denostados charnegos usados como “escudos humanos” y mecidos en cunas oportunamente acolchadas cuando convenía a los de arriba.

El matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 unió los reinos de Castilla y Aragón. (Wikimedia Commons)
El matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 unió los reinos de Castilla y Aragón. (Wikimedia Commons)

Es cierto, que en 1640, 1714, 1873, 1931 y 1934 hay instantes, ráfagas, atisbos, que engarzan con esa idea que aglutina el nacionalismo reactivo catalán frente al secular “opresor” centralista. En ellos se pueden asociar episodios más que discutibles en los que momentáneamente el espejismo de la independencia de Cataluña ha hecho una fugaz aparición. Otra cosa bien distinta es el concepto de soberanía y eso lo ha disfrutado Cataluña tanto en la Edad Media como recientemente tras la Transición.

No se puede apelar al Condado de Barcelona, a la caída de esta misma ciudad en la Guerra de Sucesión o a los atropellos de la noche franquista

El catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra, Josep Maria Fradera, sostiene que jamás se ha podido hablar ‘stricto sensu’ de un estado catalán y mucho menos, independiente. Si en términos coloquiales pudiéramos definir la suerte del independentismo catalán más allá del razonable y respetable sentimiento de unidad como colectivo humano –que no de elemento de identidad basado en el frentismo, que a veces lo parece–, este se podría definir como el cuarto de hora de recreo en el cole emocionados con el Kit Kat (chocolate del loro) y las “chuches” (concesiones del gobierno central para mitigar los efectos del karma periférico). Aragón siempre estuvo muy atento a estas veleidades y ató corto (Campana de Huesca) a los líderes levantiscos del oeste de la Corona.

La unión hace la fuerza

Cuando Fernando de Aragón e Isabel de Castilla se casaron y unieron sus reinos, los catalanes se emocionaron tanto al saber que les iba a dejar de mirar un tuerto, que vieron alborozados como un Colón presuroso se había ido a mostrar a los nativos americanos lo divertido que es formar parte de España, hermoso país donde los haya –y conozco cuarenta ocho– si no fuera por la pobreza endémica de la dirigente clase cavernícola.

Sitio de Barcelona de 1714. (Wikimedia Commons)
Sitio de Barcelona de 1714. (Wikimedia Commons)

Pero pasaron los años y mientras los Reinos de España se hacían más y más grandes, aquel rincón del Mediterráneo se hacía cada vez más pequeño. Nadie puede negar a los catalanes su sueño de particular parcela, pero no hay que olvidar que la unión hace la fuerza. Decía el ilustre William Shakespeare que un hombre que no se alimenta de sus sueños envejece pronto. Es lícito soñar con la propia identidad, pero por las opciones que da el presente, estimo que todos juntos mejor para reforzarla.

Decía el inolvidable Gila de lo mucho que ameritaba el Vaticano, ya que habían empezado el negocio con un pesebre. No me parece referencia histórica apelar al Condado de Barcelona, a la caída de esta misma ciudad en la Guerra de Sucesión entre austracistas y Borbones o a los atropellos derivados de la terrible noche franquista. Ya puestos, nos podemos instalar en la metafísica reivindicación de los orígenes humanos en el polvo cósmico como fertilizante primigenio.

Cataluña ha tenido siempre una tradición envidiable de vanguardismo y seny. No dilapidemos ese lujo. Cordura, ‘please’.


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