Pablo Ximénez de Sandoval

 

En la madrugada del 9 de noviembre de 2016, Donald Trump fue proclamado vencedor de unas elecciones en las que nadie, ni su partido, contaba con él. Lleva nueve meses en el cargo, sin un logro legislativo concreto pero impulsando un programa ultraconservador, de destrucción de tradiciones democráticas y, sobre todo, de demolición del legado de Barack Obama.

Inmigración

La promesa más concreta y reconocible de Trump fue construir un muro y echar a todos los inmigrantes irregulares de Estados Unidos. El muro va para largo, o para nunca. A regañadientes, los republicanos han aprobado el presupuesto mínimo para construir unos prototipos, que ya se ven desde Tijuana. Los limitados recursos de la policía de inmigración ya no se concentran en los delincuentes, como con Obama. Ahora todos, los 12 millones de irregulares, son objetivo. El miedo es real y ha enfrentado a Trump con las policías de las grandes ciudades.

Retirada internacional

Estados Unidos está en retirada. En estos meses, ha revertido el acuerdo de libre comercio del Pacífico (TPP), ha forzado una renegociación del acuerdo comercial de América del Norte (NAFTA) y se ha retirado del Acuerdo del Clima de París. A Europa le ha quedado claro que Washington ya no se considera a sí mismo el líder de las democracias occidentales. Mientras, el presidente ha iniciado una escalada verbal con Corea del Norte, insinuando que contempla el enfrentamiento nuclear.

Bolsa disparada

En un debate de la campaña electoral, cuando Hillary Clinton decía que la economía estaba encarrilada gracias a Obama, Trump dijo que EE UU estaba en una “burbuja grande, gorda y fea”. Parece que ya no. El presidente presume a cada nuevo récord de la Bolsa. El Dow Jones ha llegado a los 23.000 puntos, según los análisis por la confianza en la desregulación de la actividad financiera.

Trumpcare, no

La obsesión de Trump, junto con la inmigración, es destruir el mayor legado de Obama, el sistema de subsidios que ha dado cobertura sanitaria a millones de personas. Los republicanos han presentado hasta tres planes alternativos que han fracasado por sus propias divisiones. La frustración de Trump con este fracaso es evidente y es el mayor punto de fricción con el partido.

Tribunal Supremo

En una ruptura partidista sin precedentes, el Partido Republicano impidió a Obama en su último año nombrar al sustituto del juez conservador Antonin Scalia, fallecido repentinamente en febrero de 2016. Tras las elecciones, Trump nombró al conservador Neil Gorsuch para mantener el equilibrio ideológico en el máximo tribunal. Para hacerlo, los republicanos tuvieron que destruir la norma del Senado que permite a la oposición tener voz en el nombramiento. La politización del máximo tribunal es definitiva.

La trama rusa

La Presidencia de Trump nació con la sospecha del delito. Desde antes de las elecciones, las agencias de inteligencia investigan la injerencia del Gobierno ruso en el proceso para ayudar al magnate. Las evidencias han llevado a nombrar un fiscal especial, Robert Mueller. Las aguas van cercando a los colaboradores del presidente, varios de los cuales tuvieron que dimitir en los primeros meses. Cada poco tiempo, Trump tuitea: “¡No hay colusión!” y ataca a Hillary Clinton como si estuviera en campaña. Es inútil. La sombra del delito será para siempre parte de esta Presidencia.


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