Después de un decenio de inundar las economías de dinero, el año próximo los bancos centrales más importantes finalmente comenzarán a cerrar el grifo.

Desde la crisis financiera, han mantenido las tasas de interés cercanas a cero y algunos compraron billones de dólares en bonos públicos y corporativos. La idea era que las tasas de interés bajas estimularían el gasto de las empresas y los consumidores.

Los expertos no se ponen de acuerdo respecto de lo efectivo que fue el estímulo para impulsar un crecimiento económico amplio, pero hay dos conclusiones que prácticamente no generan discusión: el diluvio de efectivo evitó un quebranto financiero global y ayudó a propulsar las acciones y los bonos hasta niveles récord. Ahora, los responsables de formular las políticas consideran que sus economías están lo bastante fuertes como para prosperar con menos estímulo.

La Reserva Federal (FED) de Estados Unidos dio el primer paso en octubre, cuando comenzó a permitir que una parte de los bonos de su balance general de US$4,5 billones venciera sin reemplazarlos. El Banco Central Europeo todavía está comprando bonos públicos y corporativos, pero recientemente trazó un plan para ir reduciendo las compras a partir de enero.

Se espera que las autoridades chinas frenen el crecimiento del crédito el año próximo, ahora que el presidente Xi Jinping se centra en desactivar los riesgos financieros. El Banco del Japón probablemente continúe emitiendo dinero, pero eso no bastará para compensar la reducción mundial del estímulo de los bancos centrales, que para los economistas comenzará en algún momento entre mediados y finales del 2018.

“Preocupará a muchos inversores porque nadie está preparado”, dice Nader Naeimi, administrador de fondos de AMP Capital Investors Ltd. en Sidney que ha aumentado su asignación de efectivo a un 30% previendo perjuicios en bonos y acciones. “Dolerá… conviene que duela, de lo contrario, las condiciones financieras serán demasiado laxas”.

En las encuestas, los inversores globales identifican un vuelco hacia el ajuste monetario como causa más probable de la próxima recesión. La historia demuestra que estas transiciones están cargadas de riesgo. Cuando la FED comenzó a aumentar las tasas en 1994, desató la peor caída de los bonos corporativos en dos décadas. También contribuyó a activar una repentina devaluación del peso mexicano y la ulterior ‘crisis tequila’.

Para Pierre Chartres, director de inversión minorista en renta fija de M&G Investment, una consideración clave para el impacto en el mercado será si la inflación se mantiene baja. Si la oferta de deuda sube gracias a la retirada de los bancos centrales en tanto sube la inflación, él dice que evitará los bonos con vencimiento a más largo plazo.

Lo que aumenta más la incertidumbre es que tres de los responsables de los cuatro bancos centrales más importantes se acercan al final de sus mandatos y podrían ser reemplazados. Estos mismos factores pueden llegar a empujar a sus sucesores a reducir el estímulo monetario. La mayoría de las economías está registrando un crecimiento sólido. Los mercados de trabajo han vuelto a lo que los funcionarios consideran pleno empleo. Los ingresos de los hogares estadounidenses se hallan en un máximo récord. Los países europeos afectados por crisis como España se han recobrado de las pérdidas económicas. China se libró del temor a una crisis de la deuda. Hasta Japón salió de un largo ciclo de minirrecesiones.

Indudablemente, los bancos centrales no han alcanzado sus metas inflacionarias; el hecho de que los precios no suban es una señal de que el crecimiento sigue siendo mediocre. Pero las autoridades dejan de lado esa preocupación en tanto se centran cada vez más en reducir los excesos financieros que podrían crear el marco propicio para otra crisis.


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