A ocho años de su muerte, una semblanza sobre el cantante criollo que mejor expresó los valses criollos llenos de peruanidad y que aún siguen vigentes.

José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

“¿Quién es ese zambo?”, preguntó intrigado Juan Velasco Alvarado, después de escucharlo cantar en una de esas jaranas que al general que comandaba el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas le gustaba armar.

Y Óscar Avilés soltó esa carcajada tan suya, tan chino de risa. Su pupilo era una promesa de las grandes ligas.

–Oye, ¿quién es ese zambo que toca y hace como que no toca? –repreguntó el presidente. Y sin quererlo había definido parte del estilo del cantor y ejecutante del cajón.

El zambo en ciernes era Arturo Cavero Velásquez, un muchachón de 1.80 metros, con más de 120 kilos de peso, vecino del Cercado de Lima, que ahí, sentadito sobre un cajón, poseía un timbre excepcional resguardado en esa gran caja toráxica.

Le pertenecía un trino dulce, apasionado y fuerte. Le estorbaban los micrófonos, pero le sobraba corazón. Podía pasar de un sensible vals como ‘Dijiste adiós’ y romperla con el festejo creado por su primo Pepe Villalobos, ‘Mi comadre Cocoliche’. Inclusive le daba con apasionamiento a los boleros.

Lo suyo era una síntesis del sentir popular, que calzaba con lo que buscaba el gobierno del ‘Chino’ Velasco. Porque el nacionalismo sabe mejor si es bien entonado.

En 1973 se lanzó el dúo del ‘Zambo’ Cavero con la Primera Guitarra del Perú, Óscar Avilés, sazonado con las canciones que elucubró el enamorador eterno Augusto Polo Campos. Ese triunvirato construiría para el imaginario popular eternas canciones que, 44 años después, son ubicuas, digamos, ‘Y se llama Perú’, ‘Contigo, Perú’, ‘Esta es mi tierra’.

Zambo Cavero falleció a los 69 años de edad y 49 de cantor. El 25 de agosto del 2009 el más grande cantante de la peruanidad se internó en el hospital Edgardo Rebagliati. Permanecería ahí hasta el día de su muerte.

La primera semana de octubre el cantor permanecía con la vida pendiente de un hilo en la unidad de cuidados intensivos y los galenos dieron el feroz diagnóstico: insuficiencia multiorgánica, shock séptico, encefalopatía multifactorial y coagulopatía. La obesidad mórbida, la jarana, la bohemia y el buen comer, que lo habían definido, le habían pasado la cuenta.

Por esos días gobernaba el país Alan García, amigo personal del cantante y los funerales fueron dignos de una figura mayor del país.

Fue velado en el Museo de la Nación de San Borja. El 11 de octubre, dos días después de su muerte, como era devoto del Señor de los Milagros y había cargado sus andas por 28 años, sus restos fueron llevados hasta la iglesia de Las Nazarenas para despedirse de la imagen del Cristo Moreno.

Se declaró Día de Duelo Nacional con banderas a media asta. Ciento veinte grafiteros pintaron en Jesús María su rostro con aerosol y en tonos grises; y 270 parejas de marinera norteña le brindaron un sonoro minuto de aplausos en el Callao.

La calesa fúnebre jalada por caballos ingresó a la Plaza Mayor de Lima. Sus restos recibieron la Medalla Ciudad de Lima por el alcalde de la ciudad y luego, en el Patio de Honor del Palacio de Gobierno, el presidente de la República le impuso la Orden El Sol en el Grado de Gran Cruz. Luego el féretro salió envuelto en el pabellón nacional y se dirigió al Congreso de la República. A su paso, la multitud cantaba los temas que Cavero popularizó en su voz de tenor del pueblo. Finalmente, sus restos fueron enterrados en el Cementerio Jardines de la Paz, en La Molina.

Tuvo dos vocaciones: artista y profesor. Cavero estudió en el Instituto Pedagógico Nacional, de donde egresó como profesor de primaria; luego se especializó en la universidad de San Marcos en educación especial.

En una entrevista en 1986, aseguraba que si le daban a escoger entre poner una peña propia o un colegio de niños especiales, mil veces preferiría lo segundo. Por eso también, se sentía feliz cuando los jóvenes lo reconocían en la calle y le decían ‘profesor’.

Cavero tenía sangre huachana y cañetana. Ya de niño, su madre, doña Digna Velásquez, lo había descubierto tamborileando las latas de aceite. Porque antes de batirse como los buenos con su garganta favorecida, Cavero fue percusionista.

El jovencito que vivía en ‘La banderita blanca’, en la cuadra 11 de la avenida Abancay, a media cuadra del Centro Social Felipe Pinglo Alva, descubriría primero su vocación percutiva. Y por ello también se entendió de maravillas con la guitarra de Avilés, quien amaba los sincopados y los silencios, digo musicales.

De niño ya tocaba el bongó, a inicios de los cincuenta. En 1957 comienza su romance con la música negra peruana, descubre el cajón, la cajita, la quijada de burro. Pasará a formar parte de La Sonora Capri, donde empieza a tocar la batería en los shows del chifa San Joy Lao, de la calle Capón. Luego llegó a locales de moda de la Lima de entonces, el Negro Negro y el Embassy. Es por esos años que descubren su gran timbre.

Cavero no fue prolijo en palabras, era monotemático en las entrevistas, como si bastara y sobrara lo que dejó inscrito en el imaginario popular en los 10 álbumes que hizo con su maestro, Óscar Avilés. Los últimos años vivió de su fama y esforzaba mucho la voz para cumplir con los compromisos. Sus interpretaciones seguirán vigentes por un buen rato.

El dato

10 álbumes grabó el dúo Avilés-Cavero entre 1973 y 1983.


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