Pablo de Llano

Nada le gusta más al agitador racista Richard Spencer que un escenario. Este jueves se puso sus mejores galas de orador presumido –pantalón y chaleco grises, camisa blanca; un ultraderechista atildado como bailarín de charlestón– y salió al estrado ansioso por lucir su verbo fácil y su reciclaje para el siglo XXI de doctrinas que sustentaron en el siglo XX racismo y limpieza étnica.

Pero fracasó. Estudiantes universitarios antirracistas que poblaron las butacas del auditorio en Gainesville de la Universidad de Florida no lo dejaron hablar. A cada serie de frases que intentaba hilar le respondía una lluvia de abucheos que lo cortaba. Estuvo dos horas porfiando, tirando a veces de un pretendido tono de irónica superioridad y otras poniéndose irritado y chillón, y se dio sin cesar contra el muro de rechazo de los jóvenes activistas. “Estáis impidiendo la libertad de expresión de un disidente intelectual”, llegó a argüir Spencer, apologeta del supremacismo blanco.

Sus seguidores fueron muchos menos de los esperados. Apenas decenas. En primera línea, en un espacio acotado para ellos por la policía, había unos cuantos fans jóvenes de Spencer uniformados con camisa blanca y peinados con un corte similar al del agitador. En ocasiones se levantaron de sus asientos para jalearlo, pero enseguida se les sobreponían las voces del público opositor. “¡Veta casa Spencer!” fue lo más suave que se oyó. En el turno de preguntas siguió el barullo. A veces se podían escuchar frases del ultraderechista como “Los blancos creamos EE UU” o “La gente blanca es mi gente y me parece hermosa”. Un asistente le dijo: “Tus ideas son como las de Hitler”.

Kimberly Brown, de 27 años, este jueves en Gainesville.
Kimberly Brown, de 27 años, este jueves en Gainesville. Pablo de Llano

–No –respondió Spencer.

–¡Vete a la mierda! –le gritó desde el público Janet Akerson, una mujer de pelo cano.

Spencer lleva años cultivando su perfil como figura mediática de la extrema derecha. Saltó a la fama tras la victoria presidencial de Donald Trump en 2016 al gritar en un salón de actos al final de un discurso “Hail Trump!” y verse entre el público brazos alzándose al estilo nazi. De 39 años y licenciado en literatura Inglesa y música, es un hábil retórico y niega ser un neonazi o un supremacista blanco, al tiempo que coquetea con el recuerdo del alzamiento hitleriano y defiende la necesidad en EE UU de un “etno-estado en el que nuestra gente y nuestras familias puedan volver a vivir seguras”.

Él se define como “identitarista blanco”: un reivindicador de la raíz anglosajona de su país, que ve amenazada por identidades emergentes como la negra, la latina, la feminista o la gay.

Acuñó el concepto alt-right (derecha alternativa) que agrupa los nuevos extremismos reaccionarios que se han visto energizados por la llegada a la presidencia de Trump con sus discursos xenófobos y su clara preferencia por la América blanca. El mandatario tuvo como principal estratega hasta agosto a Stephen Bannon, otro de los más connotados propagandistas vinculados al movimiento alt-right. El punto crítico de este fenómeno se produjo en agosto con los violentos incidentes en Charlottesville (Virgina) en los que una contramanifestante murió atropellada por un ultraderechista

En aquella ocasión los racistas pretendían manifestarse contra la retirada de una estatua del general confederado Robert E. Lee y uno de los impulsores de la horda extremista –que portó símbolos nazis y del Ku Klux Klan– era Spencer, que fue detenido, saltando a los medios su imagen agarrado por policías gritando indignado con un look idéntico al de su admirado cantante Morrissey: peinado con calculado tupé y elegantes gafas de sol negra. Richard Spencer, acomodado hijo de un oftalmólogo y de una heredera de una plantación de algodón del sur de EE UU –hoy propiedad de su hijo y valorada en millones de dólares–, ha sido definido por el Southern Poverty Law Center, un grupo de referencia en observación de los discursos del odio, como “la versión de traje y cobata del viejo supremacismo blanco, una especie de racista profesional en pantalón de pinzas”.

El miedo a un nuevo episodio como el de Virginia hizo que el lunes el Gobernador de Florida, el republicano Rick Scott, declarase el estado de emergencia en el condado de Alachua (Florida Central), cuya ciudad principal es Gainesville (130.000 habitantes), una urbe universitaria y de talante liberal –lo contrario a las ideas de Spencer y los suyos pero también lo que les dio permiso a celebrar la polémica alocución; grupos estudiantiles y voces de la sociedad civil reprocharon a la universidad su tolerancia–. La orden de Scott incrementó los poderes de intervención policial en caso de disturbios y puso a disposición del ayuntamiento a soldados de la Guardia Nacional.

Esta tarde después del acto la policía informó de un tiro disparado desde un coche en las cercanías sin que nadie resultase herido. Por ahora no se ha esclarecido el incidente.

“Hemos perdido la cultura blanca”

Spencer pagó 10.500 dólares por dos horas de uso del teatro y la universidad, cuyo presidente Kent Fuchs manifestó su “repugnancia” ante las ideas del visitante, decidió permitir el evento por respeto al derecho a la libre opinión garantizado por la Primera Enmienda de la Constitución de EE UU.

Este jueves pese a que perdió la batalla desde que piso el estrado, Spencer se mantuvo ahí, caminando de un lado al otro como un actor, en un pugilato verbal estéril, con una gestualidad manierista y exagerada, ridícula cuando imitaba a los dectractores que había en el foro como si tuviesen un comportamiento infantil. En los pasillos policías armados vigilaban la situación. También desde los anfiteatros. Puño en alto, los opositores no cejaban en su empeño por impedir que las palabras de Spencer llegasen claras a oídos de los pocos que habían ido a prestarle atención.

Michael Pitts, empresario de 27 años, fue a escucharlo para aclarar, dijo, sus ideas sobre lo que defiende Spencer: “Yo no tengo muy claro cuál es el pensamiento de Spencer: unos dicen que es un nazi absoluto y otros que quiere los blancos nos sintamos orgulloso con lo que somos”. Pitts afirmó que no era racista, pero creía que “existe extremismo contra los blancos en EE UU”.

El entorno y el interior del teatro estuvieron blindados por las fuerzas de seguridad. Dos helicópteros sobrevolaron el lugar. Una avioneta surcó el cielo con una pancarta atada a la cola que decía: “¡El amor vence al odio!”. Cientos de contramanifestantes ocuparon las calles aledañas con pancartas. “El odio no tiene lugar en América”, afirmó Cynthia Rivera, 26 años, miembro del movimiento de extrema izquierda Antifa. “Estamos dando plataforma a una voz que no representa los valores de la universidad”, protestó Percey Peralta, 44 años, un peruano que hace un doctorado en ecología.

Kimberly Brown, 27 años, del movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan) consideró a Spencer “un pedazo de basura” y aunque señaló que la ley “protege su derecho a la libertad de expresión” dijo que le gustaría “que no se le dejase hablar en un solo sitio en todo el país”. Brown, afroamericana, lucía dos grandes pendientes con la forma de África.

Al interior del teatro, dos amigos de Florida, Nick y Jeremiah, estudiantes, ambos de 19 años, blancos, comentaban sin dar su apellido por qué les interesaba Spencer: “Entiende la desafección de los blancos”, dijo Nick. “No nos sentimos en casa en nuestro propio país”, añadió. Jeremiah se sentía “frustrado porque hemos perdido la cultura blanca”.

–¿Y qué es la cultura blanca?

Pensó unos segundos. Contestó:

–¡Pues no sé qué es la cultura blanca, precisamente ese es nuestro problema!

Precisó que consideraba a Spencer “un racista” y que no se siente “cómodo” con ese aspecto, central, de su discurso. Nick estaba de acuerdo con su colega. “La destrucción de la cultura blanca no es culpa de negros ni de latinos, es culpa de nosotros mismos”. En el público había de todo, y la mayoría contrarios a Spencer: blancos, latinos, negros, asiáticos, hasta algún judío ortodoxo, otra de las comunidades rechazadas por el filonazi Spencer. “Lo único que quiere es volver a los tiempos del racismo. Tener reservado los primeros asientos del autobús”, dijo la afroamericana Raynelle Chapman.

Este jueves, Richard B. Spencer solo fue un provocador frustrado sobre un escenario. Un ejemplo teatral de la posición marginal, aunque peligrosa, del supremacismo blanco hoy en EE UU.


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