“Quedan muchos pactos de silencio que no se han roto aún”

El Pacto de Adriana es un documental chileno que ha participado en más de 15 festivales del mundo llevándose significativos reconocimientos como el Premio de la Paz de la Sección Panorama del Festival de Cine de Berlín o del Cine de Derechos Humanos del Festival Cinematográfico de Uruguay.

El Pacto de Adriana es un documental que destapa un tema que en Chile, casi 30 años después del triunfo del “NO”, sigue polarizando al país y lo hace con una película muy personal que pone en la palestra pública a una tía suya acusada de secuestro, tortura y asesinato.

Pero esta ópera prima no tenía esa intención inicial. Para Lissette Orozco, la directora, Adriana Rivas era su tía favorita, una que iba a visitarlos cada tanto, una que le enseñó a ser sincera. Desconocía por completo que en su juventud había trabajado en la DINA, la policía secreta del régimen militar de Augusto Pinochet y que había sido la mano derecha de su director, el general Manuel Contreras (apodado Mamo), fallecido en 2015 sumando dos cadenas perpetuas y más de 350 años de cárcel.

Al confrontar esa realidad impactante, un secreto desconocido, decidió realizar este documental que partió de la idea de ofrecer una ventana para que su tía contara su historia, pero al adentrarse en la investigación – que es en sí la película – se enfrentó a la negación constante de su tía y la verdad que de ella contaban periodistas, abogados, compañeros que la conocieron, psicólogos y las víctimas de los muertos, los torturados y los desaparecidos forzados que aún hoy no saben el destino de sus seres queridos. En 2007, Adriana Rivas fue detenida y en 2011 se fugó a Australia, donde fue reconocida por residentes chilenos que desde entonces piden su extradición. El caso se volvió público e incluso ha generado ciertas tensiones entre ambos países.

El Pacto de Adriana va en dos vías: el de exponer con el caso de su tía, el demoledor pacto de silencio entre trabajadores y simpatizantes de la era Pinochet que no ha permitido un verdadero trabajo de verdad, justicia y reparación; y del confrontamiento emocional y privado de la imagen que se tiene de un familiar. En ambos casos el documental es contundente. Lisseth Orozco se encarga de reiterar el discurso de su tía en defensa de sí – ya cada espectador llenará de apelativos esa defensa – y llena de silencios y miradas desconcertantes ante la pantalla, o ante su madre o el computador, su doloroso drama familiar, que la directora ha calificado como “una lavadora de emociones” que duró cinco años.

Esta película que hace un gran aporte a la memoria de un país también traspasa los límites de conceptos morales acerca que “la familia es sagrada” y la “familia no se toca”, confirmando incluso que estas sentencias tienen en efecto un límite y que hay situaciones donde debe prevalecer la responsabilidad social. Sin imaginar cuánto iba a recavar en la historia de su país, se le presentó este dilema que resolvió de la forma más sensata y que el mundo le ha celebrado: “Al final decidí no traicionarme a mí misma”.

A la película le gana el desconcierto del tamaño de la información que recibe la directora, un aspecto apenas lógico, además porque creció en una familia simpatizante del pinochetismo y porque la calidad verídica de esos datos la forzaban a tomar distancia con su tía. El Pacto de Adriana deja muchos interrogantes en la mesa y se hace notorio el respeto que tuvo la realizadora hacia su familiar, sin comprometerla más allá de lo implícito. Pero esas limitaciones emotivas comprensibles, lejana a ser un aspecto negativo del documental, lo que han generado es forzar la discusión y reflexión. No se trata solo del caso de Adriana Vivas, sino que trasciende a una necesidad de exponer, de romper los pactos convenientes de silencio, de reconocer y no dar la espalda al tema, de sacrificar (como al final hace la directora), para cerrar un capítulo, hacer justicia y garantizar la no repetición.

Ha sido este un ejercicio tan sencillo cinematográficamente hablando, pero tan profundo y valiente que permite reflexiones de otras características incluso ya en planos sociológicos universales: la negación de los pueblos a su pasado, la polarización, el desconocimiento de las nuevas generaciones de la política en su base profunda, el daño que causa la falta de verdad, en fin, muchas perspectivas que se ponen de manifiesto en un pequeño largometraje como este. El Pacto de Adriana, si se quiere, se puede completar con una serie de web docs que han sido subidos a su página web, elpactodeadriana.com.

La directora ha dicho que se inspiró mucho en la brillante “El Acto de Matar” (Leer reseña The Act of Killing) para su película, y aunque la citada referencia llevó ingeniosamente al engaño a que los miembros de Pancasila Juventud quedaran expuestos ante el mundo con una puesta en escena en la que revelaron con descarado heroísmo sus ejecuciones en Indonesia, lo cierto es que su documental logró, sin la necesidad de una puesta en escena, que un secreto saliera abruptamente por los poros de la pantalla y con tanta honestidad que ni su tía fue capaz de caer en cuenta de la dimensión de la verdad revelada.

Mientras la película se exhibe en salas chilenas desde el 5 de Octubre y ha recibido nominación en la categoría de “Mejor documental” en los Premios Fénix del cine iberoamericano, pudimos verla gracias al BIFF en Bogotá. ¡Imperdible!

Ficha Técnica

Dirección: Lissette Orozco
Género: Documental
Guion: Lissette Orozco
Duración: 96 minutos
Montaje: Melisa Mirando:
Música: Santiago Farah
Sonido: María Ignacia Williamson
País: Chile
Año: 2017


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