Un mechón de pelo de Vallejo. Uno de los primeros objetos que muestra Fernando de Szyszlo cuando alguien lo visita es eso, un mechón cortado probablemente por Georgette, elegantemente enmarcado junto a unos textos escritos a mano por el poeta. En el estudio de su casa hay, además, libros, muchos libros, cuadros, esculturas, fotos. Poca luz, sin embargo. El estudio-biblioteca de Szyszlo parece extraído de uno de sus cuadros.

Pocas horas después de esta entrevista, Fernando de Szyszlo, como cada año en esta época de frío limeño, viajó a Nueva York. Allá recorre museos, visita a los amigos, ensaya algunos bocetos: “No pinto allá porque hay demasiada información visual. Solo me nutro”. Va y viene. Se aleja y se acerca, muestra y oculta. Como en sus cuadros.

– Ernesto Sábato decía “Szyszlo es un pintor excelente, pero vive en el culo del mundo”. ¿Pensó en algún momento vivir en Nueva York o algún otro lugar?

En Nueva York no viviría; en París, quizá, si no tuviera todos estos attachments, las raíces familiares, amigables, la geografía, el destino, la historia. En todas las ciudades del mundo, la calle es un espacio que tú recorres para ir de un punto a otro, pero en París la calle es un destino, al que tú vas a sentarte, a mirar.

– ¿Y aquí? 

Aquí la calle solo sirve para transitar.

– A los 87 años, ¿mantiene aún su rutina de siempre?

Me levanto todos los días a la misma hora y termino de pintar todos
los días cuando se va la luz. Trabajo varios cuadros a la vez; a veces uno se enreda y tienes que esperar a que asiente. Si no, siento como frustraciones… (Muestra un catálogo de obras de arte de una conocida
casa de subastas). Aquí hay un cuadro mío, uno que vendí hace muchos años. Lo están rematando en US$ 185 mil. ¿Sabes cuánto me
habían pagado a mí por él? Unos 1.500 dólares. ¿Te das cuenta? Qué suerte tiene el que lo compró.

Lo actual, lo factual
En 1951, cuando recién había regresado de vivir unos años en Francia, Szyszlo dijo una frase que generó algún recelo: “Los verdaderos artistas plásticos peruanos han existido en la época de la Colonia”. Poco después, en 1955, un maestro de arte multidisciplinario local como Jorge Eduardo Eielson dijo, quizá a modo de respuesta a lo anterior: “La pintura de Fernando de Szyszlo es la única que podrá
aspirar algún día, con todo derecho, a los ilustres y promisorios títulos del Perú remoto y futuro”.

– ¿Por qué no le gusta el arte posmoderno, lo pop?

Yo creo que ha perdido peso, es como la novela actual. Todo se vuelto una especie de gimnasia en la que no hay ningún compromiso; lo sagrado ha desaparecido de nuestro alfabeto. Es la desacralización
del mundo. ¿Cómo es eso de que Tate Modern Gallery exhiba una cabeza de vaca cortada, con moscas alrededor, y que pretenda que eso sea arte (se refiere a una reciente muestra del británico Damien Hirst)?

– Lo mismo dijeron los que criticaron a Duchamp y su famoso urinario…

Pero el urinario es de 1917, ¡hace casi 100 años!

– La desacralización paga. 

La moda paga. El consuelo que tengo es la frase de Chanel: “Moda es eso que pasa de moda”. Y, ya ves, va pasando…

– De pronto se ha molestado… 

Me molesta que otra vez se haya instaurado el colonialismo: somos coloniales, los críticos dicen “esto es lo que hay que hacer” porque es lo que hacen en Alemania, en Estados Unidos. El otro día leía de un artista que en su exposición defecó frente a todos (se refiere al colombiano Fernando Pertuz), y cuando todos voltearon a mirarlo, se
comió lo que había hecho. ¿Te imaginas?

– Dejemos el tema ahí. Una vez dijo que usted era un pintor abstracto “solo por abreviar”. ¿Le importa sentirse un referente?

Conforme uno se hace viejo, se vuelve tan poco dado a pensar en el futuro. Todo va a desaparecer, los nombres de las personas ya no representan. Cézanne ahora es solo un individuo, él ya no representa ese estado de ánimo de la Francia de la época. El verdadero arte es anónimo.

– ¿Acaso no ha sido vanidoso, quizá cuando era joven?

Seguro que sí. No sé. Yo era tímido, no tenía lugar, no me atrevía ni siquiera a ser vanidoso.

Lorenzo: sol negro
“Difícil, austero, violencia y lirismo a un tiempo”, escribió Octavio
Paz sobre el trabajo de Szyszlo. Otro escritor que supo entender en concreto el abstracto de sus cuadros fue su gran amigo Mario Vargas
Llosa: “Es un fascinante proceso que va de afuera hacia adentro, de progresivo ocultamiento, de represión del tema y del color”. Ese es el verdadero discurso de Szyszlo.

– Después de una gran tragedia personal (la muerte de su hijo Lorenzo en un accidente de aviación en 1996), alguien podría haberse refugiado en, por ejemplo, la religión. Quizá hasta como placebo.

Al contrario, me parecía más incomprensible todavía, más inaceptable, más inadmisible que eso pasara, y al mismo tiempo que fuera irreversible, que no pueda recuperar.

– ¿Piensa en Lorenzo? 

Todos los días.

– ¿Hoy ha pensado en él? 

Es algo que está ahí, es una herida que sangra. A veces veo un hombre joven que pasa, y veo a Lorenzo. Y eso me ocurre también con los amigos: el otro día estaba en un aeropuerto y vi pasar a Salazar
Bondy… A Lorenzo quisiera asirlo, pero se me ha escapado. No le puedes echar la culpa a nadie.

– En una entrevista concedida a esta revista, dijo que era “como el simio sangrando por su prole”. 

Es el lado más animal, más natural. Nosotros le hemos puesto
conceptos a eso.

– Poco tiempo después ya estaba otra vez pintando.

En el fondo, cualquier acto artístico es una lucha contra el tiempo, contra la muerte, contra lo negativo, contra el cero, contra la nada. No he sido nunca capaz de llorar en serio, salvo alguna vez, cuando entré
al cuarto de Lorenzo y vi sus cosas… Pero lo que sentía era dolor.

– ¿Furia? 

Furia. Es terrible. Recuperas el tiempo y te golpea.

El lado oculto
A Fernando de Szyszlo le gusta citar una frase de D. H. Lawrence:
“El ser humano es una columna de sangre dentro de un vacío”. Él siempre tuvo un lado artístico sórdido, oscuro, semioculto. Lo
mantiene, de hecho.

– ¿Hay algo que le falte hacer?  

(Piensa) Me daría pena morirme porque me gusta la vida, pero la
muerte no me aterra. Desde niño he tenido una gran conciencia de
la muerte, y los poemas que sé de memoria tienen que ver con la muerte y la decadencia.

– Alguna vez experimentó con el cine. ¿Le habría gustado?

En una época me interesó el cine surrealista. Hace poco, mi nieta, que estudia en Londres, me pidió que le comprara algunas películas de Bergman porque allá no las encontraba. Nosotros tenemos eso que está a nuestro alcance, que se llama Polvos Azules, así que pedí 31 películas de Bergman… a cuatro soles cada una. ¿No es fantástico?

– Este año y el próximo tiene previstas algunas exposiciones. ¿Le ocurre eso de sentir que un cuadro nunca está completo? 

Ni terminado. Una vez vino un señor que me había comprado un cuadro en los 60 y pidió que le retocara una parte donde había una manchita pequeña. En esa pintura había un cuadrado amarillo, y pensé: ese cuadrado debería ser un poco más grande para darle más peso. Lo hice. Cuando el señor lo vio, me gritó: ‘Pero, ¿qué le ha hecho usted a mi cuadro?’.

– Qué difícil saber quién tenía la razón. 

Pero eso vale, ¿no? Digamos que es como comprar películas de Bergman en Polvos Azules…


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