Aunque Fernando Franco ha adaptado en Morir al autor finisecular austríaco Arthur Schnitzler (Stanley Kubrick adaptó otra de sus piezas en Eyes Wide Shut), no cuesta pensar en el palentino Jorge Manrique tras el visionado de este segundo largometraje del cineasta sevillano: “…cómo se viene la muerte/ tan callando;/cuán presto se va el placer;/cómo después de acordado/da dolor;/cómo a nuestro parecer/cualquiera tiempo pasado/fue mejor.” Morir, su título no llama a la confusión, habla de un proceso de desaparición, pero también nos recuerda que el amor en el torbellino de la enfermedad -y hacia ese proceso de muerte- se transforma en un espejo extraño que refleja relaciones de poder tan perturbadoras como la visión de un cuerpo que se extingue. Y es que en las miradas fugitivas, repletas de reproches y miedo de sus protagonistas, resuenan también los versos de Novalis: “Camino al otro lado,/ y sé que cada pena/ va a ser el aguijón/ de un placer infinito…”.

Morir - CartelAsí las cosas, después de La herida, Franco, Premio Goya 2014 como director novel por ese filme y Premio Especial del Jurado en San Sebastián 2013, parece haber optado por otro relato sin concesiones al que mira de frente y a través de un naturalismo estremecedor. Hay dos o tres licencias más o menos líricas (ese arranque con Marián Álvarez en el mar, en una imagen que invita a una imaginar una poética de la resurrección pero que justamente nos habla de lo contrario), pero el camino estético que propone el de Sevilla es denso y asfixiante, silencioso y repleto de vacíos, en consonancia con la burbuja cada vez más insoportable que achica la existencia de la protagonista, una Álvarez que, nunca está de más subrayar, está sobrecogedoramente espectacular. Tal vez por eso, los cielos de Morir son siempre plomizos, de una gravedad y de un hastío inquietante, como si el paisaje también quisiera castigar a esta pareja de amantes destinados a la pena más profunda. Es probable que la propuesta de Morir no case con un público mayoritario, no nos engañemos, pero sí nos vuelve a descubrir a un talento sólido e íntegro, que sabe enfrentarse sin abusos de solemnidad a lo que muchos esconden por temor a ver y saber.

A favor: La tríada Marián Álvarez, Andrés Gertrudix y Fernando Franco.

En contra: El tanteo de Franco con lo mortificante, especialmente en la escena del coche.


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