Lo mejor: La polanskiana inmersión en la subjetividad del protagonista.
Lo peor: Michelle Pfeiffer se merece más metraje en la trama.

Por Sergi Sánchez y Manuel Yáñez Murillo

A FAVOR. Por Sergi Sánchez.

El signo de exclamación no es un capricho, más bien una alarma: en ‘Madre!’, cada imagen grita, reclama, estalla. Poco importa que la interpretemos como una alegoría sobre la destrucción del planeta, la maternidad como enfermedad psicótica, el matrimonio como séptimo círculo del infierno o la egomanía del artista devorado por sus fantasmas. Aronofsky ha vomitado sus demonios, los ha aliñado con visiones místicas y ha firmado una película que, haciendo evidentes sus deudas (del Roman Polanski de ‘La semilla del Diablo’ al Luis Buñuel de ‘El Ángel exterminador’), no se parece a ninguna otra. Transforma el cine de casas encantadas y de invasiones domésticas en un festival de los sentidos, una experiencia inmersiva de la que es imposible escapar. Puede parecer absurda, casi grotesca, pero ahí radica su encanto. ¿Cómo pedirle cuentas a un cineasta que se moja hasta el tuétano convirtiendo su autorretrato en cine de terror genuino?

EN CONTRA. Por Manu Yáñez.

Si a la megalómana ‘Madre!’ le podáramos las ganas de epatar, la parafernalia digital y el críptico mensaje conservacionista, lo que nos quedaría sería el retrato de la neurosis de una mujer embarazada y posesiva que no acepta ser el segundo plato de un marido exitoso y narcisista. Un grotesco estudio de las tensiones matrimoniales que rehuye toda posibilidad de profundidad psicológica para marear la perdiz con una colección de burdas y surrealistas metáforas sobre el desconcierto del mundo contemporáneo. Como ocurría en ‘Cisne Negro’ (2010), el director/guionista Darren Aronofsky (siempre afín al sufrimiento como forma de iluminación) parece seguir la pista de otro realizador, Brian De Palma, en su búsqueda de un territorio de fulgor plástico y transgresión narrativa. El problema es que, a la hora de dotar de sustancia al delirio expresivo, la brocha gorda dramática de Aronofsky no pueden competir con el estudio de la imagen fílmica del cine de De Palma.


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