El terremoto en Ciudad de México pincha la burbuja inmobiliaria de los barrios ‘cool’

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David Marcial Pérez, Elena Reina

La joya inmobiliaria de Ciudad de México se ha convertido en una zona fantasma. Esquinas acordonadas por militares, nubes de polvo, ventanas rotas, escombros, fachadas resquebrajadas, oficinas vacías y miedo a volver a casa. El terremoto de la semana pasada le ha cambiado la cara a las colonias Roma y Condesa, ha roto el aura de privilegio cool y ha pinchado una burbuja de precios que parecía imparable: en los últimos cinco años el metro cuadrado se había revalorizado un 100%.

“El efecto catastrófico va a generar una depreciación de la zona, sobre todo en los edificios más afectados. El mercado aun no ha descontado el impacto en los precios. Todavía es pronto, pero es evidente que el sismo va a afectar negativamente a los criterios de rentabilidad, habitabilidad y percepción de riesgo de los residentes”, sostiene Leonardo González, analista de la web inmobiliaria propiedades.com, donde en tan solo en una semana han registrado un repunte considerable de inmuebles puestos a la venta en la zona.

Partidas por la mega avenida Insurgentes, el origen del esplendor mercantil de las dos colonias es paradójicamente el terremoto del 1985. “La zona, levantada sobre terreno lacustre, fue también de las más afectadas y se devaluó mucho. En los últimos 15 años la inversión ha aumentado y se ha ido consolidando tanto por su ubicación, por los servicios de ocio, zonas verdes y en los últimos años por su condición de cluster tecnológico”, añade el especialista, que define el barrio como ideal “para un residente cosmopolita, un millenial que pasa tiempo fuera de casa, trabaja por ejemplo en una startup y usa la bicicleta antes que el coche”.

El terremoto ha dejado en la capital 198 fallecidos, centenares de desalojados y centenares de edificios dañados. Solo en Roma y Condesa, los datos oficiales registran 11 inmuebles irreparables, arruinados hasta el tuétano, y 42 con “riesgo alto” de destrucción. Eduardo Probert es el administrador de uno de los edificios caídos. Eran cinco pisos de oficinas de 200 metros cuadrados: laboratorios, una start up, un coworking. “Estamos un poco desinformados. Ni la delegación, ni protección civil se ha acercado a nosotros directamente”. Quien sí se ha acercado son caras conocidas del sector inmobiliario para hacerle ofertas por el suelo. Probert no facilita la cifra ni el valor del terreno antes del sismo. “¿Vender? No puedo dar ni un sí ni un no rotundo, necesito que se enfríe un poco la situación”.

El dueño de otro bloque de oficinas cercano, en la calle Ámsterdam, ha visto como algunos de sus inquilinos recogían todo el material para mudarse a otra zona. El inmueble se ha quedado medio vacío, como gran parte de la calle, pero Alan Serna pretende resistir. “No pienso bajar la renta, voy a arreglar mis oficinas y a pensar que vamos a salir rápido de esta. Sería ilógico pensar que mis oficinas cuestan ahora lo mismo que antes del sismo, pero no pienso venderlas de momento”. Está rentando cada espacio de 72 metros cuadrados en 15.000 pesos (unos 820 dólares). “El mercado se abaratará en la Condesa, pero también en la Roma, en la Del Valle. Creo que en dos años se retomará el valor anterior”, comenta convencido Serna.

El Ejército ha acordonado la cuadra completa y por la calle ya no pasea nadie: los runners se han trasladado a otra zona verde y en la esquina, uno de los supermercados más concurridos por los hipsters de la Condesa está sellado por un cordón policial. Junto a él ha sobrevivido intacto un bloque de apartamentos que se construyó hace nueve años. El edificio está rodeado de residencias en riesgo de derrumbe y sobre las cintas rojas que advierten del peligro cuelga una lona blanca con un gran letrero de “Se vende”. Aldo Ramírez compró un piso en este inmueble recién estrenado y lo alquiló durante ocho años. Un mes antes de que temblara la tierra decidió vender. En ese momento estimó que 6.000.000 de pesos (más de 320.000 dólares) era un precio razonable para un departamento de más de 100 metros cuadrados, exterior, en la codiciada zona. Y hoy lo mantiene.

“Por ahora no pienso bajarlo. He tenido algunas ofertas, aunque ninguna se ha cerrado todavía”. Admite que no está preocupado de momento por su patrimonio: “No necesito el dinero por ahora. Puedo esperar. No tengo miedo y prefiero esperar a que suban de nuevo”. Y explica que, en el caso de que no logre sellar el trato en los próximos meses y los precios comiencen a bajar, recurrirá al alquiler.

En la Roma, al otro lado de la avenida Insurgentes, Ramón Rivera, 33 años, pagaba junto a otras dos personas 18.000 pesos (unos 1.000 dólares) por una departamento de 80 metros cuadrados. El martes todo el edificio fue desalojado. En la casa de Rivera hay que tirar al menos dos paredes y uno de los compañeros de piso ya ha dicho que se muda, que no vuelve a pasar una noche bajo ese techo. “Esperamos volver a entrar en octubre. Y de momento, el propietario ha accedido a rebajarnos un 15% la renta ese primer mes. Es dueño de otros seis departamentos en el edificio y yo creo que está asustado porque no encuentra nuevos inquilinos”.


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