Carlos Boyero

La primera vez que oí hablar de Wenders, la admiración provenía de un director tan inteligente y sensible como necesario. El suizo Alain Tanner, al que un amigo y yo habíamos entrevistado en su hospitalaria casa de Ginebra, depositaba sus esperanzas y certidumbres en un joven director alemán cuyas películas le habían conmovido. Esto ocurría en 1977. Al regresar a París buscamos en un minicine aquella presunta excelencia. Vimos en programa doble Alicia en las ciudades y En el curso del tiempo. Y nos parecieron fascinantes. Cine en blanco y negro centrado en viajes sin rumbo de personajes íntimamente desolados, muy perdidos, muy solos, desarraigados, a la intemperie. La cámara de Wenders y su forma de abordar los paisajes y los sentimientos poseía algo hermoso, se hablaba poco pero se sugerían muchas cosas, era una forma de narrar original y poderosa. Mi idilio con el cine de este hombre se prolongó con El amigo americano y Paris-Texas. No he vuelto a revisar esas películas, cuando paso mis días y mis noches retornando incansablemente y como medida de supervivencia a tantos clásicos que jamás te cansan ni te decepcionan. Pero con Wenders me da miedo que su obra haya envejecido mal o que me haya ocurrido a mí; es una forma de proteger los recuerdos.

A partir de Paris-Texas el cine de este hombre me resultó insoportable, un quiero y no puedo, angustias de cartón, falso lirismo, temáticas supuestamente desgarradas y con afán de trascendencia que no tenían el menor poder de conmoción, pretenciosas, vacuas, sin nervio, muy aburridas. Su antiguo prestigio le permitía ser carne de festivales, pero sospecho que su paso por las salas comerciales duraba un suspiro. Sin embargo, Wenders demostró ser un virtuoso haciendo documentales, olvidándose de su atormentado ombligo para hablar con magnífico lenguaje de artistas admirables. Buena Vista Social Club, crónica de la gozosa colaboración entre Ry Cooder y músicos cubanos; Pina, homenaje a la coreógrafa de la soledad Pina Bausch, y La sal de la tierra, protagonizada por la concienciada mirada sobre los parias de la tierra del escalofriante fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, remueven al espectador, algo que Wenders no consigue con sus ficciones desde hace tanto tiempo.

Inmersión, que ha inaugurado el festival, no altera la patética decadencia de su cine. Pretende ser una historia romántica sobre un amor condenado por el destino a la caducidad, el de una biomatemática (es la primera vez que oigo hablar de esta científica profesión) que busca indicios de vida en el fondo de los océanos y un espía inglés con la misión de desmantelar una red yihadista que ejerce su siniestra labor en Somalia. El encuentro inicial de estas dos personas en un precioso hotel de Normandía se supone que es intenso y pretende estar descrito de forma sutil, pero resulta enfático. La descripción del posterior infierno al que es condenado el espía por los fundamentalistas del turbante y el desasosiego de la biomatemática ante la ausencia de su amante, tampoco logra implicarme en tragedia tan lírica. Todo ello sazonado con reflexiones con afán humanístico sobre la vida, el miedo y la crueldad del destino cebándose con los inconsolables amantes. Es una película fatigosa, mal contada, sin magnetismo, nada creíble, sin capacidad para implicarte emocionalmente en lo que ves y escuchas aunque intente ser poético, doloroso y profundo. Reconozco el mérito de que Wenders se las ingenie para seguir encontrando producción a sus naderías adornadas de existencialismo, ausentes de vida. La que sí poseen, repito, sus ejemplares documentales.


LEAVE A REPLY