El día que Celibidache destrozó a Toscanini

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Arturo Toscanini y Wilhelm Furtwängler fueron las figuras descollantes de la dirección orquestal de la primera mitad del siglo pasado. El italiano era veinte años mayor que el alemán, pero su longevidad y su actividad constante hasta bien avanzada su vida los han igualado, a la luz de los tiempos, como si hubieran sido contemporáneos. Sin embargo, sus modos de aproximación a la obra musical, la gestualidad, sus conductas frente a las orquestas y, en definitiva, los conceptos sobre la dirección eran diferentes si no francamente opuestos. Sergiu Celibidache, el recordado director rumano, un personaje admirable, absolutamente personal y controversial como pocos desde sus posturas filosóficas y sus conductas inflexibles en contra de la todopoderosa industria discográfica, tomó partido por Furtwängler y fundamentó su posición con afirmaciones contundentes. Tan contundentes como polémicas. En un encuentro que tuvo lugar en Valencia, mucho tiempo después de que aquellos directores habían fallecido, Celibidache cargó con su armamento más pesado en contra de su “enemigo” y declaró: “Toscanini es el ser humano que más daño le ha hecho a la música. Él pensaba que la música es la partitura. Mahler nos había dicho y enseñado que en la partitura todo está escrito, menos lo esencial. Toscanini fue un administrador del sonido: todo ajustado, muy afinado, muy rítmico? Él sólo se ceñía a la estructura visible de una partitura? ¿Qué está escrito en los pentagramas? ¡Nada! Una serie de valores convencionales. Toscanini hacía un do porque estaba escrito do y para él todos los dos eran iguales. Nunca entendió que un do es diferente de una situación a otra. Pero él no sabía nada ni de música ni de filosofía”.


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