Gregorio Belinchón

 

En el primer plano aparece Julia -Julita para su familia- desayunando galletas. La manera en que las come, su mirada fija al horizonte mientras moja las maría en café con leche, hipnotiza. Desde ese segundo inicial, Muchos hijos, un mono y un castillo absorbe al espectador, enganchado a una figura de esas que los anglosajones definen como bigger than life, Julia Salmerón, mujer desaforada en pasiones, sentimientos y pensamientos, y madre del director del documental, el actor Gustavo Salmerón.

El intérprete lleva 14 años grabando a su madre. Y lo que le ocurre a su familia, a su padre y a sus cinco hermanos. Los seis García Salmerón se criaron “en una casa absolutamente caótica y, a la vez, muy creativa, de gran libertad”, recuerda Gustavo (Madrid, 1970), el menor de los vástagos. “De pequeño nadie me creía en el colegio cuando contaba cómo vivíamos”. Hijos de un ingeniero industrial y de la directora de un jardín de infancia, clase media, la vida les cambia cuando les llega una herencia. “Pero mi madre siempre fue como se ve en pantalla. Lo que yo he tratado de conseguir en mi carrera como actor, alcanzar la verdad, mi madre lo logra de manera automática. Es una especie de Gena Rowlands, con capacidad inmensa para trascender”.

Muchos hijos, un mono y un castillo (el título refleja los deseos vitales de su protagonista) es una comedia con un poso de tristeza. Con la herencia, los García Salmerón compraron un castillo, y lo llenaron con armaduras, pinturas -la madre les retrata en la capilla al estilo eccehomo de Borja- y animales. Julia Salmerón tiene síndrome de Diógenes de manual: en su casa de Madrid centenares de cajas guardan todo lo que se cruza por su vida. El macguffin del documental es la búsqueda de las vértebras de la abuela de Julia, que Gustavo quiere enterrar y que su madre no sabe localizar. Entre medias, descubrimos algunas de sus pasiones: la Navidad (va siempre con un reproductor de casetes para oír villancicos y alivia con una manguera el calor de las figuras de un belén en su jardín en pleno julio madrileño), su planificación de su muerte, su marido -maestro de la paciencia-, con el que mantiene una relación muy especial (“Si nos acercamos, su sonotone se acopla”, y efectivamente se escucha el chirrido)… En cada plano se atisban distintos detalles de Julia, que en un filme de ficción nadie creería. “Tengo 400 horas de material impresionante. Ella posee una inteligencia emocional muy particular. No entiende que a la gente le guste tanto el documental”, cuenta Salmerón, que ya ha ganado con Muchos hijos, un mono y un castillo el festival checo de Karlovy Vary (por primera vez para España) y que acompaña este fin de semana las proyecciones del filme en el certamen de Toronto. Posteriormente se verá en San Sebastián y a inicios de 2018 llegará a las salas comerciales, tras firmar esta semana con una distribuidora española.

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Un fotograma de ‘Muchos hijos, un mono y un castillo’, con Julia Salmerón.

Todo lo contado hasta ahora es solo la punta del iceberg. “Una película tiene que mostrar contradicciones, y quería combinar la parte luminosa con la más oscura”, confirma su director. Julia es una mujer insatisfecha y a la vez disfrutona. En 2014 una deuda bancaria hace que los García Salmerón pierdan el castillo. Deben vaciarlo en pocos días y lo hacen ellos solos. Por suerte, poseen una nave industrial donde dan rienda suelta al síndrome de Diógenes familiar. “La vida ha ido marcando los puntos del giro del filme”, recuerda. “Todo está rodado a la primera, sin repeticiones. Lo maravilloso es que en cada momento ocurren cosas mágicas”. Así aparecen un pavo real en el jardín, un tenedor extensible para despertar a su marido, dientes de leche en tubos de sacarina, los urnarios de los abuelos de Gustavo… “Si llego a saber toda esta repercusión, hubiera grabado con más calidad, pero lo hice con los medios que tenía en cada momento”, confiesa Salmerón, que ganó el Goya al mejor cortometraje con Desaliñada en 2001. “Tengo tres largometrajes en proyecto como director. Sin embargo, mis amigos y los posibles productores me decían: ‘Acaba antes lo de tu familia’, asombrados ante lo que les enseñaba. Pues aquí está. No me ha cabido todo. La cantidad de experiencias, de líos en los que se ha metido, de objetos guardados, de ilusiones, de proyectos emprendidos por mi madre es increíble. Al final, tras dos años de montaje, quedan el retrato de una mujer extraordinaria y el relato de una crisis que no acaba con su amor por la vida”.

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