Por: Luis Guzmán Palomino

En Huamachuco sucumbió el segundo Ejército de La Breña, al perecer en el campo de batalla tres cuartos de sus efectivos de tropa e igual porcentaje de sus jefes y oficiales. Dispersos los sobrevivientes marcharon en diversas direcciones, no sometiéndose ninguno al enemigo que en vano pretendió su capitulación ofreciendo no sólo garantías, sino aún recompensas. Muchos de ellos permanecerían ocultos a la espera de que el general Cáceres organizara el nuevo Ejército de la Resistencia, para unírsele luego en el cuartel de Andahuaylas y renovar la lucha irrenunciable.

LA BREÑA DESPUÉS DE HUAMACHUCO

Contra lo que supusieron los chilenos y los seguidores del líder proditor Miguel Iglesias, Huamachuco no fue el fin de La Breña sino todo lo contrario. El glorioso sacrificio de los que batallaron y se inmolaron el 10 de julio de 1883 marcó la senda para que se multiplicase la resistencia, adquiriendo en el segundo semestre de ese año una gran vastedad geográfica. Incluso en la Lima urbana, donde el enemigo concentró su mayo poderío, sectores intelectuales impulsaron un periodismo a favor de La Breña, soportando la creciente hostilidad de los derrotistas. Sólo Puno Arequipa quedaron al margen, mediatizadas por el vacilante Lizardo Montero, que aunque de palabra proclamó que la guerra continuaba, en los hechos negó apoyo a la causa patriota, de lo cual dio vívido testimonio el general Cáceres en su correspondencia epistolar. Todos los demás departamentos vieron surgir y renacer la resistencia nacional, pues la sangre derramada por los héroes de Huamachuco retempló la convicción patriótica de las mayorías del país.

Todo el Perú se alzó en armas guiado por la estela luminosa de Huamachuco, y la resistencia al invasor se patentizó en los departamentos de Piura, Lambayeque, Cajamarca, La Libertad, Ancash, Sierra de Lima, Ica, Huánuco, Junín, Huancavelica, Ayacucho, Apurímac, Cuzco, Moquegua y Tacna; tanto con el alistamiento de guerrillas para secundar la acción del pequeño ejército regular nucleado alrededor de Cáceres, cuanto en choques efectivos contra las fuerzas enemigas que se vieron en problemas para

transitar en el país que aunque ocupado estaba lejos de haber sido vencido.
Se abrió entonces un nuevo período en la Resistencia de La Breña, cuyos hechos permanecen poco conocidos pese a su singularidad e importancia.

MUCHOS QUEDARON EN EL OLVIDO

De los 1,400 patriotas que concurrieron a la gloriosa batalla de Huamachuco murieron más de un millar, cuyos nombres en su mayoría permanecen desconocidos para la historia. A tres años del suceso, Abelardo Gamarra publicó una lista de jefes y oficiales allí inmolados, anotando que hasta esa fecha nada oficial se había publicado al respecto. En lo que toca a efectivos de tropa, milicianos y guerrilleros es muy poco lo que se sabe. Es posible que auspiciando nuevas investigaciones pueda algún día rescatarse del anonimato a los mil soldados que en Huamachuco ofrendaron sus vida por legarnos dignidad, honor y patria.

Principal obstáculo para guardaron la memoria de ellos ha sido la carencia de documentos peruanos sobre el suceso. Apenas podemos contar con el parte oficial que elevó Cáceres al gobierno de Montero, desde Huancayo, el 30 de julio de 1883, en el que la noticia sobre los caídos es imprecisa. No hay partes oficiales de los demás jefes, hecho que en parte es entendible ya que la mayoría pereció en la batalla. Pero ni de los sobrevivientes, como Francisco de Paula Secada, jefe del Ejército del Centro, o Isaac Recavarren, jefe del Destacamento del Norte, existe la documentación pertinente. Del primero tenemos sólo un Manifiesto firmado en Huaraz el 27 de julio de aquel año y publicado entonces por el períodico “La Autonomía” de Ancash, que no pasa de ser una autodefensa del firmante; y del segundo existen unas cartas, publicadas en el libro “La Breña” de Luis Alayza y Paz Soldán (Lima, 1954), que ofrecen sólo relativa claridad en el asunto que nos interesa. Tampoco son de confiar los documentos chilenos, como los insertos en la “Recopilación” de Pascual Ahumada Moreno (Valparaíso, 1890), que por magnificar el triunfo del coronel Gorostiaga dieron por muertos a varios jefes peruanos que no lo fueron.

La salvaje venganza ejercida por el enemigo llegó al extremo de no permitir la sepultura de los patriotas muertos en Huamacucho. Sólo lograron modesta tumba algunos que, por sus uniformes, fueron reconocidos por los lugareños como principales jefes y otros que luego de retirados los chilenos, fueron enterrados al azar en grandes fosas comunes, durante las noches y sin dejar señal algunas a fin de salvarlas de la profanación.

Cinco días permanecieron los chilenos presenciando aquel escenario macabro, pasando a Cajabamba sólo cuando el hedor de los cadáveres les resultó insoportable: “Ya era tiempo de que efectuásemos esta retirada –apuntó uno de ellos- pues si no eran los peruanos los que nos obligaban a ello, en cambio la higiene lo exigía con imperio. En efecto, la

descomposición de los cadáveres sembrados en toda la extensión de lo que fue el campo de batalla, agregado a las emanaciones pútridas de los animales que habían caído en el combate, comenzaban a infestar el aire de un modo poco agradable para nuestros pulmones” (Carta anónima fechada en Cajabamba el 17 de julio de 1883, publicada en la citada “Recopilación” de Ahumada Moreno, t. VIII, pp. 226-227).

TODAS LAS SANGRES

El jefe chileno coronel Gorostiaga creyó que así consumaba la deshonra de los patriotas. En su ebria mente fue incapaz de comprender que ellos vivían ya en la inmortalidad de los héroes.

Huamachuco fue el más vívido testimonio de consecuencia con los ideales y el más hermoso ejemplo de valentía y sacrificio llevados hasta el holocausto. No hubo en el campo de batalla diferencia de grado, procedenciao edad para ser los primeros en la línea, pues todos supieron ser fieles al juramento de “¡Vencer o Morir!” proclamado días antes en el alto de Tres Ríos.

Allí se inmolaron desde el general Silva hasta el soldado Yupanqui; desde el anciano Tafur hasta el casi niño Gamero; el marino Astete, el catedrático Vila y el campesino Mesa; el ayacuchano Carreño, el huamachuqueño Zavala, el cuzqueño Del Mar, el moqueguano Gastó, el piurano Frías, el limeño Quintanilla, el yauyino Ramírez, el huanuqueño Prado, el huaracino Del Río y el huaylino Alba Jurado, lo que equivale a decir que se ofrendaron en aras de la patria todas las sangres del Perú, en conjunción sagrada como imperecedera.

PLÉYADE DE INMORTALES

Especial mención para el general Pedro Silva, limeño de 63 años, que pese a su veteranía no vaciló en solicitar a Cáceres un puesto entre los breñeros. Figuró como jefe de guerrillas en el primer semestre de 1883 y de aposentador general del ejército durante la retirada al norte. A su empuje y coraje se debió la parcial victoria del 8 de julio; y en la batalla del 10, pese a no tener puesto definido en la línea, peleó hasta el final, sin retroceder un paso. Fue derribado de su caballo y herido de bala en el muslo derecho, pero no abandonó el campo y siguió combatiendo, con un pañuelo cubriéndole la hemorragia, hasta que el machetazo de un salvaje le partió el cráneo, a quince metros del cerro Sazón. (El detalle fue citado en el diario “La Reforma” de Cajamarca, el 5 de agosto de 1883).

Gloria también para el coronel Manuel Tafur, el más anciano de los breñeros, limeño de 67 años que figuró como Jefe de Estado Mayor del Ejército del Centro. En su juventud había sido ardoroso luchador social y fue de los que alzaron su voz por la redención del indio y por la libertad delnegro. Producida la debacle en Huamachuco no pensó en retroceder, sino que arremetió contra el enemigo para luchar hasta ser mortalmente herido.

Sus fieles lo sacaron del campo y lo trasladaron moribundo hasta Angasmarca, donde padeció dolorosa agonía para morir a consecuencia de un estancamiento en la orina. (Véase el diario “La Reforma”, citado).

No lejos de él cayó su hijo, el coronel Máximo Tafur, limeño de 34 años, que de marino se transformó en comandante guerrillero. Comandó la tercera división del Ejército del Centro, tan valiente como sereno, para morir sable en mano, con un postrer ¡Viva! a la patria que tanto había amado.

Murió también el coronel Juan Gastó, moqueguano de 59 años, cuarenta dev los cuales dedicó al servicio del ejército. En carta de la víspera había escrito: “Tengo seguro que caeré en algún combate con el enemigo, pues estoy resuelto a morir en defensa de mi patria”. Comandó la segunda división del Ejército del Centro y enfrentando a la caballería enemiga fue muerto a sablazos..

Otro de los comandantes generales inmolados fue Luis Germán Astete, limeño de 51 años, capitán de navío que en La Breña recibió la jefatura de la cuarta división del Ejército del Centro. Sucumbió al frente de sus fuerzas –dice la crónica- cumpliendo digna y valerosamente su deber. Quedó su cadáver en el campo y fue sepultado apresuradamente por el platero Joaquín Ortega, en un lugar pantanoso.

Murió igualmente el sargento mayor Santiago Zavala, huamachuqueño de 41 años, comandante del escuadrón de caballería Cazadores del Perú. Dice Abelardo Gamarra que batiéndose cuerpo a cuerpo con el enemigo fue muerto en el lugar denominado La Calzada. Otra versión señala que fue derribado a balazos y repasado por el corvo chileno, siendo “dos veces ultimado y profanado su cadáver”.

El coronel Mariano Aragonés, ayacuchano de 56 años, más de treinta de ellos en el servicio del ejército, veterano de múltiples campañas y jefe de la primera división del Destacamento del Norte, figuró también entre los caídos. A decir de Secada murió peleando valerosamente. Su cadáver quedó en el campo hasta que piadosas manos lo enterraron en el cementerio de Huamachuco.

Cayó asimismo el coronel Ciriaco Salazar, comandante general de la segunda división del Destacamento del Norte. Cumplió así su promesa del 19 de abril, cuando juró a Cáceres que combatiría por la patria hasta morir.

SALVAJE ASESINATO DE LEONCIO PRADO

Entre los celebérrimos debe citarse a Leoncio Prado, coronel huanuqueño de 30 años, héroe de la independencia de Cuba, combatiente de la campaña del Sur; organizador de las guerrillas en la sierra norte de Lima, Huánuco y Cerro de Pasco y Jefe de Estado Mayor del Destacamento del Norte en la memorable batalla. Recibió una bala en el pecho y la metralla le destrozó las piernas, a decir de una crónica peruana (cf. “La Batalla de Huamachuco” por Enrique Carrillo, folleto publicado en Lima el 28 de julio de 1884). Pero sobrevivió y fue ocultado por fieles seguidores en la estancia de Serpaquino, cerca de Cushuro. Dice Gamarra que los chilenos lo hallaron allí el 14 de julio, asesinándolo sin miramientos de un balazo en la mejilla disparado a boca de jarro (cf. “La batalla de Huamachuco y sus desastres”, Lima, 1980, p. 357). No hay por qué dudar que así ocurriera, visto que Prado figuraba entre los jefes patriotas que más temió el enemigo. Patricio Lynch, comandante en jefe del ejército chileno, al parecer avergonzado por el inicuo asesinato de quien fuera hijo de un presidente peruano, informó a su gobierno que Leoncio Prado “se suicidó” (véase el telegrama cursado por Lynch al presidente de Chile, fechado en Lima el 27 de julio de 1883, publicado en la “Recopilación” de Ahumada Moreno, citada, t. VIII, p. 211).

Para escapar de la condena general ante la barbarie cometida, los chilenos hicieron circular una falsa versión de los hechos, que por desgracia sería aceptada por todos. Según ella, Prado, golpeando con su mano una taza de café, dirigió su pelotón de fusilamiento, lo que se refuta con sólo recordar que el héroe había recibido una mortal herida en el pecho. Igualmente falsa fue le carta que se dijo escribió poco antes de ese inventado fusilamiento. Su firma, definitivamente, fue falsificada. Autor de la versión que impugnamos fue Eneas Rioseco Vidaurre, quien la insertó en una carta fechada en Lima el 18 de julio de 1883, según consigna Ahumada Moreno en su “Recopilación”, t. VIII, p. 225.El hecho incontestable es que en la guerra no se dio muestra alguna de humanismo por parte del enemigo, como la que quiso lucubrarse para echar en el olvido el salvaje asesinato. Tiempo es de reconocer que la verdad fue dicha por Abelardo Gamarra, combatiente de La Breña, presente como él en la batalla de Huamachuco. Leoncio Prado, el más valiente de los de Cáceres, simple y llanamente fue repasado por los chilenos y muy posiblemente entregado a sus verdugos por los traidores iglesistas.

VALOR, FIDELIDAD Y PATRIOTISMO

Otro de los repasados fue el coronel Miguel Emilio Luna, cuzqueño de 31 años, organizador del batallón “Jauja”, a cuya cabeza se batió hasta caer herido. El enemigo se ensañó con él, calificándolo de guerrillero.

A cincuenta metros del Sazón cayó ametrallado el teniente coronel Emiliano José Vila. Fue su cuna El Callao y tenía escasos 23 años al momento den morir. Pese a su juventud había destacado en la vida intelectual, dictando cátedra en la Universidad de San Marcos antes de declararse la guerra. Figuró como secretario del coronel Recavarren y trabajó como Comisario del Guerra del Destacamento del Norte, habiendo redactado en Ancash varios importantes documentos.

Otro de los jóvenes inmolados fue el capitán Enrique Oppenheimer, f!iel ayudante de Cáceres que murió combatiendo con el batallón “Tarma”, al lado de su general.

Pero el más joven de los héroes fue el teniente del batallón “Huallaga” Manuel Francisco Gamero, marino desde los 12 años y con escasos 18 en Huamachuco. Fue herido por la metralla enemiga y luego repasado. Su cadáver no fue hallado y debió descansar en alguna tumba anónima.

Partió también para la inmortalidad el portaestandarte Germán Ivanhoe Alba Jurado, natural de Huaylas, de 22 años. En Huaraz juró morir antes que abandonar la bandera y llevó el pendón bicolor hasta las faldas del Sazón para allí ofrendar la vida. Sus restos quedaron en el campo.

El mayor Manuel Eulogio del Río, huaracino de 37 años, recibió herida mortal en la batalla y al día siguiente falleció en una estancia cercana. Su tumba no fue hallada.

Murió también el ayacuchano Francisco Carreño, capitán del batallón “Pucará”, que marchó en primera línea al asalto del Sazón, donde sucumbió como un valiente.

Piura estuvo representada por el subteniente Manuel Jesús Frías, que luchó con el batallón “Junín” hasta ofrendar la vida. Crisanto Mesa, organizador de las guerrillas de Sincos y militante del batallón “Concepción” halló también heroica muerte.

Cayó asimismo Adolfo Tarzaboada, héroe de la campaña del Sur y sargento mayor del Ejército del Centro. Junto a él murieron los de igual grado Rafael Rueda y José María López.

Juan Luis del Mar, cuzqueño de 28 años, tercer jefe del batallón “San Jerónimo” tuvo por gloriosa tumba el ensangrentado campo. Fue sargento mayor en el Ejército del Centro.

Se menciona también entre los muertos a Pedro José Carrión Zerpa, primer jefe del batallón “Concepción”, que arrolló con su unidad al enemigo hasta sucumbir heroicamente en las faldas del Sazón.

Del batallón “Concepción”, que fue de los primeros cuerpos en enfrentar al enemigo, murieron muchos, entre ellos el doctor Demetrio Arauco, los capitanes Sebastián Montes, Guillermo Eyzaguirre, José Moreno, Agustín Orbegoso, Narciso Córdova y Reynaldo Soria; los tenientes José Rivera, Manuel Corrales, Ricardo Cadenas, Crisanto Mesa y José Román; y los subtenientes Andrés Rojas y Emeterio Recuenco.

De la tropa, cuyo heroísmo fue resaltado por propios y extraños, el ejemplo más relevante de patriotismo fue dado por el soldado Lorenzo Yupanqui Berríos, cuyos últimos momentos recordó emocionadamente el general Cáceres:

“Cuando me dirigía con mis ayudantes y escolta al sitio culminante de la brega, para dar con mi presencia mayor impulso al ataque, vino hacia mí un soldado herido, y, pretendiendo tomar las riendas de mi caballo, me detuvo diciéndome: “Tayta, mi general, ve que he cumplido mi juramento de los Tres Ríos”, y desplomóse muerto. Esta escena de fidelidad y patriotismo me conmovió hondamente” (“Memorias”, Lima, 1980, t. I, p.281).

El sargento mayor Miguel Revello, limeño de 34 años, tercer jefe del batallón “Huallaga”, figuró también entre los caídos. Poco antes de partir al frente de guerra se había unido en matrimonio con Juana Eloísa Cáceres. Juan Antonio Florencio Portugal, héroe de las campañas del Sur y de Lima, estuvo presente en Huamachuco como capitán de artillería. Era arequipeño y tenía 28 años. Cayó herido y fue repasado por el enemigo.

Lima, la veleidosa capital virreinal cuya mayoritaria población urbana soportó indolente la dominación extranjera pese a los constantes llamados de los comandos de La Breña, tuvo para reivindicar su honor varios heroicos combatientes en Huamachuco, con los Tafur a la cabeza. De ellos, entre otros, murieron Adolfo Paulino Rovas, de 23 años, capitán del batallón “Junín”; Pablo José Eslava Fuentes, de similar edad, capitán amanuense al servicio del estado mayor; Washington Quintanilla Eldredge, teniente de 21

años, ayudante de Germán Astete; y Juan Pedro Luque Mayorga, teniente de 29 años, de quien sus jefes escribieron: “peleó como bueno hasta rendir lavida en defensa del honor e integridad de la patria” (cf. expediente personal, en el Ministerio de Defensa).

Y la sierra sur de Lima, uno de los principales bastiones de la resistencia patria, tuvo como máximo representante al sargento mayor Melchor Ramírez Hurtado, nacido en Tauripampa 42 años antes. Figuró como cuarto jefe del batallón “Pucará” y halló heroica muerte en el asalto del Sazón, según apuntó el coronel Recavarren, testigo de su sacrificio (cf.expediente personal, en el Ministerio de Defensa).

LA SENDA DEL HONOR

El holocausto de esa pléyade de inmortales guerreros, la destrucción de todo un ejército incluidos sus principales comandos, no marcó el fin de la resistencia patria. Apenas dos días después de la batalla, desde Mollepata,

Cáceres lanzó una vibrante proclama al ejército y a la nación, anunciando que la lucha continuaba, ahora en la senda forjada por los héroes de Huamachuco: “La sangre por ellos vertida –dijo- caerá sobre los traidores y retemplará más, no lo dudéis, nuestro valor”.

Así lo entendió también el coronel Remigio Morales Bermúdez, prefecto y comandante general del departamento de Huamachuco, quien en proclama a los pueblos y fuerzas de su dependencia los exhortó a perseverar en la lucha bajo la égida de los inmortales de Huamachuco, finalizando su arenga con estas emotivas frases: “Dirigid vuestras miradas allá a los campos de Huamachuco, en cuyos surcos abiertos por el cañón y la metralla palpitan aún los torrentes de sangre derramada por vuestros valientes hermanos en aras de la patria; inspiraos en su noble ejemplo poned a prueba vuestra entereza y valor, arrostrando con frente serena los rigores y peligros que nos asedian”.

Poco después, ya en Ayacucho, el general Andrés Avelino Cáceres, en comunicación remitida al gobierno de Montero, reafirmaría esa convicción diciendo: “Aunque el ejército de mi mando sucumbió valerosamente en los campos de Huamachuco, me siento aún firmemente resuelto a seguir consagrando mis esfuerzos a la defensa nacional, pues el desastre sufrido, lejos de abatir mi espíritu, ha avivado, si cabe, el fuego de mi entusiasmo”.

Así, pues, Huamachuco se convirtió en lo que Cáceres denominó la“Senda del Honor” (cf. Carta de Cáceres al ministro de guerra, Ayacucho, agosto 12 de 1883). Por ello, el legado de Huamachuco pervive, como símbolo de la voluntad inquebrantable de no doblegarse jamás ante la adversidad y de asumir con decisión y perseverancia inquebrantable la lucha contra todo aquel, sea invasor o entreguista, que pretenda atentar contra laintegridad territorial del Perú.

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