Los humanos no empezaron a destrozar el medio ambiente con la llegada de la industria. De hecho, parece que la huella de nuestra especie en el entorno ni siquiera comienza con la invención de la agricultura y la ganadería. Una revisión de nuestro impacto sobre los bosques tropicales muestra que desde la llegada de los primeros Homo sapiens dejaron de ser entornos prístinos. Y esto sucedió hace al menos 45.000 años.

Un artículo publicado recientemente en la revista Nature Plants muestra que los humanos llevan decenas de miles de años modificando unos bosques que hasta hace poco se consideraban inhabitables. El análisis de selvas del sudeste asiático o Nueva Guinea muestran, sin embargo, que hace decenas de miles de años, los humanos que colonizaron aquella región ya empleaban la tala o la quema controlada de árboles. Su objetivo era crear entornos favorables para los animales y plantas con los que se alimentaban.

Los primeros vestigios de agricultura en bosques tropicales se han encontrado en Nueva Guinea. Allí se cultivaba el ñamé y el taro, dos plantas con tubérculos comestibles, desde hace más de 10.000 años. Más tarde, en entornos similares, se domesticaron vegetales como la batata, el chile, la pimienta o el mango y animales como la gallina.

Los autores, liderados por investigadores del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana, señalan que mientras la agricultura de aquellas regiones se basó en plantas y animales autóctonos los daños al entorno fueron limitados y efímeros. Además, según explicaba Chris Hunt, investigador de la Universidad John Moores de Liverpool y coautor del estudio, “la mayor parte de las comunidades que se introducían en estos hábitats no producían una densidad de población elevada y desarrollaban sistemas de subsistencia adecuados a su entorno particular”.

La situación cambió cuando el propio éxito de las prácticas agrarias hizo crecer la densidad de población en las zonas tropicales y llegaron técnicas de cultivo de otros lugares. En África central y occidental esto sucedió hace unos 2.400 años, con la llegada de las vacas y el mijo, que aumentaron la erosión del suelo y requirieron que agricultores y ganaderos quemasen parte de los bosques para ampliar el territorio útil para la agricultura y la ganadería. Algo similar sucedió en el sudeste asiático con la introducción hace 4.000 años del mijo y el arroz.

En el artículo también se recuerdan los descubrimientos recientes que muestran la existencia de grandes asentamientos humanos en los bosques tropicales desde hace milenios, algo que contradice la visión tradicional. Técnicas de imagen capaces de atravesar la vegetación más densa han revelado la existencia de estas antiguas poblaciones en la Amazonía, centroamérica o el sudeste asiático. Patrick Roberts, investigador del Instituto Max Planck y autor principal del estudio, afirma que en estas regiones hay restos de amplias redes de asentamientos que “perduraron mucho más que los asentamientos industriales y urbanos recientes en estos lugares”.

Además de cambiar la visión que se tenía sobre los procesos que llevaron a los humanos de la vida nómada a la sedentaria, los autores del trabajo creen que estos estudios pueden ayudar en las tareas de conservación actual de zonas tropicales. Según explican, en algunas zonas del imperio maya, los habitantes de aquellas ciudades extensas y de poca densidad plantaban vegetales que les servían de alimento sin necesidad de talar el bosque. En el lado de los ejemplos negativos, también se tratan los casos de grupos que agotaron las tierras en las que vivían talando los bosques y centrándose en el cultivo del maíz.

Por último, los autores señalan la similitud que existe entre las ciudades actuales edificadas en las zonas tropicales y las antiguas poblaciones. Aquellas tenían la misma tendencia a la expansión horizontal que ahora recomiendan los arquitectos para la construcción en este tipo de entorno. Este tipo de estructura ayuda a proteger los centros urbanos de los efectos del cambio climático y proporciona seguridad alimentaria. Los investigadores concluyen llamando a que se aproveche el conocimiento ancestral de las poblaciones originarias de las zonas tropicales para diseñar los asentamientos modernos.


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