El veteranísimo Schlöndorff ha hecho una película «de viejo», no porque nos parezca anticuada, sino porque pone en escena el pesar de quien echa la vista atrás y ve lo que le falta a su vida. Normalmente este tipo de aflicción se siente cuando ya es demasiado tarde, como parece sugerir el escritor Max Zorn en la primera imagen de la película: un largo plano sostenido que parece un acto de confesión íntima (y de tardía modernidad bergmaniana por parte del cineasta) pero que se revela como un trampantojo narrativo. Es también la única vez que sentimos simpatía por Zorn: esta es una de esas películas que parece que se nos van a contar en primera persona (de ahí la trampa de la primera escena) pero el protagonista empieza a perder puntos enseguida.

No se comprende salvo como fruto de una fantasía masculina que todas las mujeres que le rodean le adoren tanto, cuando son mucho más interesantes que este intelectual y artista que cree que por serlo está más allá de toda responsabilidad, y que merece además una segunda (o tercera) oportunidad de las que deja tiradas por el camino. Entiéndase: esto no es un juicio moral, sólo una observación objetiva. El verdadero núcleo duro de la película es esa antigua amante de Zorn que borda la gran Nina Hoss, que pasa de la reticencia a una presunta reincidencia sólo para robarse la película en una escena de confesión que oblitera –y convierte en trivial y casi cínica– la confesión inicial del hombre. Sólo por esa escena vale la pena ver esta falsa fábula de la segunda oportunidad.


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