Miguel Pérez Martín

 

Marcel Proust no tocaba ningún instrumento. Pero eso no hizo que su relación con la música fuera más superflua o liviana. El escritor sentía la música como un motor de la creación y eso queda plasmado en su obra. Esa relación entre lo etéreo de la armonía y lo tangible de la tinta sobre el papel es el corazón de El universo musical de Marcel Proust, una sucesión de conciertos organizados por la Fundación Juan March en un formato en el que se alternan la narración y la música en directo.

La relación de Proust con la música comienza a través de Richard Wagner. Las obras del alemán y su concepto de ‘obra de arte total’ tienen cierta similitud con ‘A la busca del tiempo perdido’, incluso en la utilización del leitmotiv –frase musical con la que se identifica un personaje o una situación particular y que con su escucha hace más fácil identificarlo en una obra de gran dimensión-. “Wagner tenía el concepto de leitmotiv para crear una cohesión en la obra. Esa misma técnica la usa el escritor, ya que cada vez que se dice que suena una frase de una sonata creada por un personaje imaginario llamado Vinteuil, al personaje le vuelve la pasión que siente por una mujer de la obra”, explica Miguel Ángel Marín, director del programa musical de la institución. En torno a esa sonata gira el segundo concierto del 24 de mayo, en el que Mario Gas se encargará de la lectura mientras suena una sonata que muchos han identificado como la que aparece en el libro, la Sonata en La Mayor para violín y piano de César Franck, interpretada aquí por Birgit Kolar y Malcolm Martineau.

“Es un formato distinto de concierto. Aquí se alternan las obras en vivo con lecturas dramatizadas, en su mayoría de A la busca del tiempo perdido, pero también de su correspondencia personal”, cuenta Marín. Esas cartas, intercambiadas con su amante el cantante y compositor Reynaldo Hahn, serán leídas en el tercer concierto -31 de mayo- por la voz de Pedro Casablanc. “En este recital se abordan ocho lecturas de las cartas de Proust, en las que habla con su amante de la visión del arte y de la música, pero también de las cosas que han vivido juntos y de sus confesiones más íntimas”, dice Marín.

A pesar de no tocar un instrumento, la música late en las páginas de Proust. En ellas describe géneros musicales, teoriza sobre el concepto de lo que es una obra y deja que la música afecte o condicione su estela creativa. “Proust tenía un apego y una afición musical que ha quedado documentada, sobre todo en relación a su escucha de Wagner. Como Wagner, lleva el género a los límites del abismo, y eso hace que para abordarlo lo tenga que reinventar”, concluye Marín.


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