Miguel Ángel Criado

Hay crisantemos rojos, amarillos, blancos, violetas, anaranjados, rosas… y hasta con flores que combinan varios de estos colores. Pero lo que no hay son crisantemos azules. Ahora, en una compleja operación de ingeniería genética, investigadores japoneses han logrado que florezcan crisantemos con amplio abanico de azules. En el futuro quizá haya también rosas o tulipanes del color del mar.

Aunque hay flores azules, como la Hepatica nobilis o la hortensia, ninguna de las cinco principales flores ornamentales (rosas, claveles, gerberas, tulipanes y crisantemos) visten sus pétalos de azul. Y eso que, ya antes de Mendel y sus experimentos con los guisantes, muchos han intentado colorearlas. Además de las razones estéticas, quien logre la versión azul de alguna de estas flores hará un gran negocio: entre las cinco copan el 70% de un mercado que mueve casi 50.000 millones de euros al año, según el Mapa Mundial de la Horticultura.

Ninguna de las principales flores ornamentales tiene variedades azules

Pero ni por hibridación ni aprovechando mutaciones genéticas, entusiastas como el británico Frank Cowlishaw, que se pasó 25 años cruzando variedades de rosas, han logrado azularlas. Solo con la ingeniería genética llegaron los primeros avances. A mediados de los 90, la empresa australiana Florigene obtuvo claveles de color violeta. Una década después, la misma compañía, en colaboración con el gigante agroalimentario japonés Suntory, lograba la que anunciaron como la primera rosa azul (ver foto en sumario). En realidad, es más violeta que otra cosa. En cuanto a los intentos de conseguir tulipanes azules, solo se ha logrado una variedad en la que la raíz de los pétalos es azulada.

“Al no haber flores azules entre las especies silvestres con las que están emparentadas con las que cruzarlas, nadie ha sido capaz de crear variedades con flores azules mediante la hibridación o la mutación”, explica el investigador del Instituto de Ciencia de los Vegetales y la Floricultura NARO de Tsukuba (Japón), Naonobu Noda. “Las antocianinas, que son los principales pigmentos de las flores, varían la coloración roja, púrpura y azul según cambia su estructura. Se necesitan condiciones más complejas para conservar las estructuras que expresan la coloración azul que las que expresan el rojo o el violeta. Por eso, es tan difícil lograr estas condiciones por medio de las técnicas tradicionales de cultivo”, añade.

Noda y un grupo de colegas han librado estas dificultades con la manipulación genética de los crisantemos. A falta de parientes cercanos con flores azules, se fijaron en otras flores silvestres que sí tienen ese color y en su versión más intensa, como son las campanillas de Canterbury o farolillos y la exuberante conchita azul. Según explican en la revista Science Advances, primero insertaron el gen de una y después el de la otra. Sin embargo, no lograron crisantemos azules, si no violetas.

No bastaba con insertar los genes que codifican la pigmentación azul ya que, al expresar también los pigmentos rojos (llamados cianidinas) del crisantemo, los tonos obtenidos se parecían más al violeta logrado en los primeros claveles y rosas transgénicas que un verdadero azul. Por eso, tuvieron que silenciar los genes propios del crisantemo. De los 32 linajes de crisantemos transgénicos que obtuvieron, 19 echaron flores en un amplio rango de violetas a auténticos azules.

Noda cree que este mismo procedimiento se podría aplicar a otras flores hasta ahora reacias al azul, como las rosas o los tulipanes. Para eso aún hay que controlar otros factores que intervienen en la coloración, como la acidez de los pétalos. En todo caso, emplaza a los interesados en ver sus crisantemos azules al mes de noviembre, cuando florecen.


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