Niccolò Paganini

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Paganini es un enigma de la música. Intérprete genial, compositor de fuste, se le conoce tan sólo como virtuoso. Sin embargo, ¿cuántos son los autores qué pueden decir: “Brahms, Liszt, Schumann y Rachmaninoff, entre otros muchos, se basaron en obras mías para escribir las suyas?”. Nada le faltó a la grandeza de Paganini: ni siquiera la incomprensión de sus contemporáneos. Muchos fueron los que lo llamaron “satánico”, el Cagliostro del violín. De igual modo que un empresario, pocas eran las oportunidades provechosas que dejaba sin explotar. Tenía el hábito, por ejemplo, de hablar de sí mismo con profusión; si los oyentes accidentales optaban por difundir el rumor de que mantenía coloquios íntimos con el demonio, Paganini ni se dignaba desmentirlos.

Tal era su destreza, que podía ejecutar su instrumento en la cuerda de Sol con una habilidad y altura de registro desconocidos hasta su tiempo, retirando primero las otras tres, de manera que éstas no se rompieran durante su actuación, y continuar tocando a dos o tres voces, de forma que parecían varios los violines que sonaban; el vulgo sostenía que Paganini, encarcelado por matar a su esposa, había recibido de su sádico carcelero un violín con una sola cuerda, y que había destinado su período de prisión a perfeccionarse. Paganini -que por empezar, carecía de esposa- aguardó quince años antes de molestarse en publicar, en un diario vienés, que tal historia carecía de base. Aún sus negativas de poseer poderes sobrenaturales, fueron hechas de modo tal que servían para alimentar más las llamas de la imaginación popular. En una ocasión publicó una carta de su madre declarando que su padre no era en verdad Satán, sino un mortal cristiano.

Su aspecto fue parte de su leyenda. Se dice que, estiradas, sus manos medían cuarenta y cinco centímetros. Esto se le atribuye a que padecía de Aracnodactilia , quizás generada por sufrir del Síndrome de Marfan, aunque la creencia popular dicta que la extraordinaria longitud de sus dedos se debía a las horas dedicadas a la práctica del violín.

Berlioz lo describió en estos términos: “…hombre de cabello largo, ojos penetrantes, una extraña cara de halcón, un genio, un Titán entre gigantes”, y acotó de la música de aquél: “Puede escribirse un volumen con la discusión de todo lo que Paganini ha creado en sus composiciones en cuanto a efectos novedosos, artificios ingeniosos, formas nobles y grandiosas, y combinaciones orquestales hasta aquí desconocidas. Sus melodías son amplias e itálicas, llenas de ardor apasionado que rara vez se encuentra en las mejores páginas de los compositores dramáticos de su país. Sus armonías son siempre claras, simples y de gran sonoridad. Su orquestación es brillante y vigorosa, sin ser estridente.”

En mayo de 1829, el célebre violinista italiano llegó a Varsovia a dar conciertos. Chopin acudió a verlo y quedó profundamente deslumbrado por su virtuosismo. Su deuda con él ha quedado patente en el Estudio para piano Op. 10 nº. 1 , que componía por esos días.

Quizás el único en haberlo comprendido haya sido Liszt, quien vio mucho más allá del “brujo que subyugaba todos los públicos”. El húngaro inmortal dijo, refiriéndose a Paganini: “Genio sin igual, nadie podrá empañar su gloria, y si mi veneración ve a un virtuoso mefistofélico en él, las otras generaciones lo venerarán por lo que es: un músico único en la historia del arte”.

Heinrich Heine, decía del hombre que quiso ser tan grande en la composición como había logrado serlo en la interpretación: “…Por lo que a mí se refiere, ya conoce usted el otro lado de mi afición musical, la capacidad que tengo de ver la figura adecuada de cada nota que oigo sonar; y así sucedió que, con cada movimiento de su arco, Paganini ponía ante mis ojos imágenes y situaciones visibles, y en una escritura plástica de sonidos me contaba todo género de historias estridentes, que desfilaban ante mí como un fuego coloreado de sombras, en el que él mismo, con su música, era el protagonista…”

“…Si Paganini me pareció ya harto extraño y fantástico, al verle venir (…) ¿qué sorpresa no habría de producirme en la tarde del concierto su estremecedora y extraña figura? (…) En la sala había un silencio religioso. Todos los ojos estaban clavados en la escena. Todos los oídos se preparaban para escuchar. Finalmente apareció en escena una figura oscura, que parecía haber salido del infierno; era Paganini con su traje negro de etiqueta, frac negro y chaleco negro, de hechura horrible, como quizás lo prescribía la etiqueta infernal en la corte de Proserpina, unos pantalones negros que caían temerosos por las piernas flacas. Los largos brazos parecían alargarse más aún cuando, con el violín en una mano y en la otra el arco -con el que tocaba casi la tierra- hacía el artista al público sus inverosímiles reverencias. En los esquinados contornos de su cuerpo había una rigidez terrible, y al propio tiempo algo cómicamente animal, que inducía a reírse; pero su cara, más cadavérica aún por la chillona iluminación de las candilejas, tenía una expresión suplicante, tan estúpidamente humilde, que una compasión tremenda sofocaba nuestro deseo de reír. ¿Habrá aprendido estos saludos de un autómata o de un perro? Esa mirada suplicante, ¿es la de un enfermo moribundo o acaso la mueca burlona de un avaro astuto? ¿Es un hombre vivo a punto de fenecer y que va a divertir al público con sus convulsiones, como un luchador moribundo, o un muerto que ha salido de la tumba, vampiro del violín, que, si no la sangre del corazón, extrae de nuestros bolsillos el dinero almacenado?…”

“En efecto, era Paganini el que bien pronto apareció ante mi vista. Llevaba un abrigo gris oscuro que le llegaba hasta los pies, con lo cual su figura se erguía altísima. El largo cabello negro caía en rizos desordenados, sobre sus hombros y formaba como un marco oscuro en torno a la cara pálida, cadavérica, en la que las preocupaciones, el genio y tormentos infernales habían trazado surcos imborrables”.

Niccolò Paganini, nació en Génova, el 27 de octubre de 1782, su padre, Antonio Paganini, hombre de negocios, era un gran amante de la música (ejecutante aficionado de mandolín), y dio desde la más tierna edad, lecciones de violín a su hijo. Comprendió cuáles eran las dotes del pequeño aún desde temprana edad. Le impuso la enseñanza y le sirvió de maestro. Pero cuando los progresos no alcanzaban lo espectacular, el modo del cual se valía para enseñarle el error, era privarlo de alimentos hasta que alcanzara la perfección. Niccolò, por contraste, se granjeó la simpatía de su madre, Teresa Bocciardo, quien se compadecía de su desnutrición (ésta arruinó la salud del pequeño y lo dejó raquítico por el resto de sus días), cuando secaba sus lágrimas, le narraba un sueño que había tenido, en el cual un ángel le anunciaba que su hijo Niccolò sería un día él más grande violinista del mundo; y lo enviaba en seguida a practicar de nuevo.

La vida pródiga que llevó de adulto, su propensión al juego, la disipación y la impresionante sucesión de “Affaires du coeur ”, parecen un tanto moderadas cuando se consideran los rigores que padeció en su niñez. Pronto es confiado a Giacomo Costa, director musical de la Catedral de San Lorenzo. La primera presentación en público tiene lugar en un concierto ofrecido por los cantantes Marchesi y Albertinotti en 1791, donde Paganini interpreta sus propias variaciones sobre un motivo francés, “La Carmagnole”, desde entonces ejecutará frecuentes variaciones sobre temas populares de diversos países. Por lo cual en una ocasión su padre le escribirá, “Niccolò, lo importante no es adaptar la música de otros. Hay que respetarla”.

La suerte golpea a su puerta y ha de darle la ocasión de perfeccionar su estilo y ampliar considerablemente su repertorio: es contratado para interpretar un solo todos los domingos en una iglesia, viéndose así obligado a agregar una obra importante a las ya conocidas cada semana. En esa época, el compositor operístico Francesco Gnecco comienza a asesorarlo en forma regular brindándole sus conocimientos e interesando a Paganini en una rama de la música casi desconocida para él hasta entonces.

Viaja a Parma con su padre, quien desea hacerlo estudiar con el prestigioso violinista Alessandro Rolla. Este queda asombrado ante las dotes y el virtuosismo del músico y cree que no tiene ya nada que enseñarle. Sin embargo, lo orienta durante varios meses. Es entonces que nace en Paganini un gran interés por la composición e instrumentación.

A la edad de quince años emprende su primera gira por ciudades de Italia. Cuando regresa a Génova, se dedica a escribir su primera composición original para violín, haciéndola tan difícil que él mismo debe ejercitarse en ciertos pasajes. El joven empieza a sentir los efectos de una actividad agotadora y de la rígida disciplina impuesta por su padre. Su viaje le ha hecho sentir la atracción de nuevas ciudades y otros públicos y, sobre todo, le permitió actuar con libertad. A raíz de ello, comenzará a trasladarse con cierta asiduidad. A la par de sus recitales, empero, gozará asimismo de otros placeres, uno de los cuales, y no por cierto el menor, será el juego. Tan es así que en una partida de cartas, a raíz de haber perdido una fuerte suma, se ve obligado a empeñar su instrumento y pedirle prestado a un comerciante francés su excelente Guarnerius. Después del concierto, el artista lo devuelve a su dueño, este no lo quiere recibir aduciendo que “nadie, después de un genio como usted podrá jamás tocarlo y menos yo”. Serán dos recuerdos imborrables para Paganini: el haber sido llamado por vez primera “genio” y tener en su posesión un Guarnerius que habría de ser su posesión más preciada.

La carrera del músico entre 1801 y 1804 empieza a pasar por una interminable serie de conflictos, dificultades y aventuras amorosas. Aduciendo que “el arte no se concibe sin amor”, cesará toda aparición en público durante este tiempo, limitándose a componer y estudiar la guitarra, escribiendo para este último instrumento dos series de dúos con violín.

En 1804 reinicia sus giras, creando una inmediata sensación donde quiera que actúe. Es entonces que el peso de sus constantes correrías empieza, por vez primera y pese a su gran juventud (22 años), a hacerse sentir. Es nombrado director musical en la corte de María Anna Elisa Bacciocchi, Princesa de Lucca y Piombo (hermana de Napoleón), donde permanece ocho años, después de lo cual se traslada a Milán, ciudad en la cual es acogido con delirante entusiasmo.

La historia de su primer recital en Viena merece conocerse. Desde 1812 se le perseguía para que visitara la capital austríaca. Logra hacerlo recién en 1828. El 29 de marzo, fecha de su debut, es una apoteosis de entusiasmo. Pero ya dos meses antes (como se ve, la admiración de los ídolos no es religión de nuestros días) había empezado a crecer una fiebre de expectación, de impaciencia. Su efigie estaba reproducida en todas partes y hasta se inventaban platos “a la Paganini”. El Emperador le confiere el título de Virtuoso de la Corte y la ciudad le da la medalla dorada de San Salvador.

Pocos años después, en una gira por Alemania (que luego se extendería por espacio de tres años a Austria, Bohemia, Sajonia, Polonia, Francia e Inglaterra) se encuentra con Louis Spohr, quien queda “embelesado ante la inhumana pureza tonal de Paganini” (Garnier). Regresa a Italia en 1832 para luego trasladarse a París, donde Berlioz compone una pieza para su viola Stradivarius. De allí habrá de nacer el poema sinfónico “Haroldo en Italia”, presentado en el Conservatorio de París el mismo año, actuando Paganini como solista.

Sus éxitos musicales y amorosos iban a la par de los financieros. Cegado por estos últimos, invierte casi todos sus bienes en la construcción de un centro de diversiones, el “Paganini Casino de París”. Este fracasa rotundamente, llevando al violinista a la bancarrota, la que le causa una fuerte depresión de la cual no se repondrá nunca.

Viaja a Niza, por prescripción médica, donde se radica. Allí, su salud empeora a pasos agigantados, probablemente a raíz de (según últimas investigaciones médicas) la enfermedad de “Ehlers Danlos” y al tratamiento con mercurio que realizaba por recomendación de su médico para tratar una supuesta sífilis. Apagó su existencia a los cincuenta y seis años, un 27 de mayo de 1840. Su último acto, fue abrazar sobre su pecho a su amado Guarnerius (violín que donó a la ciudad de Génova).

Al día de su muerte, Paganini poseía una fortuna en instrumentos, su tan preciado Guarnerius, un Amati, tres Stradivarius, un violín (ganado en una apuesta de lectura a primera vista), una viola (por la cual comisionó a Berlioz la composición “Aroldo en Italia”) y, sin utilidad evidente, un contrabajo. Nunca se casó y toda su fortuna en efectivo la dejó a un hijo natural que reconoció legalmente.

El disipado virtuoso murió sin recibir los últimos sacramentos, el obispo de la ciudad negó el permiso para su entierro. Cuatro meses después de su defunción, el cuerpo del genial violinista se hallaba en la bodega de la casa donde había expirado. La fama que se había tejido alrededor de su persona y talento, forjada en un posible pacto con el demonio, fue determinante en esta decisión eclesiástica, sobre todo, debido a que el propio Paganini rehusó acercarse a la Iglesia y desmentir aquellos comentarios.

Finalmente tomó cartas en el asunto el rey Carlos Alberto, y gracias a él, el cuerpo de Paganini fue trasladado a Génova, pero solo por algún tiempo. En 1876 el nieto de Paganini hizo que fuera enterrado en el cementerio de Parma.

Como instrumentista, no es aventurado decir que Paganini no tuvo competidor alguno en la historia de la música. Su presencia en una sala creaba una indescriptible electricidad ambiente que resultaba en un final de concierto con públicos delirantes y críticos entusiasmados (lo cual no es poco decir). Si alguna vez hubo un virtuoso en todo el sentido de la palabra, éste fue el autor de “La Campanella”. Su acrobacia con el arco, su perfección técnica, su sonoridad que tenía mucho de milagroso, sobre todo en el Staccato y el Pizzicato , y su tremenda personalidad, hicieron de él “l’idole du XIXe. Siècle” (Emile Vuillermoz: Crítico musical).

En el campo de la composición, su producción fue importante e interesante. Comprende veinticuatro caprichos para violín (1801-1807), las ya citadas sonatas para guitarra y violín, seis conciertos, numerosas variaciones, un Motu Perpetuo y otras piezas de no menor cuantía.

Su historia médica

Revista médica de Chile: publica trabajos originales sobre temas de interés médico y de Ciencias Biomédicas.

Según O’Shea, ya desde 1820 empiezan los síntomas de Paganini, como tos productiva y cierta debilidad y molestias digestivas probablemente relacionadas a una constipación crónica por lo que recibió “calomel”, un laxante con alto contenido de mercurio. Paganini continuó con molestias, abusó de los laxantes por su constipación, visitó diversos médicos quienes plantearon sin mucha base, una sífilis, por lo que se insistió en el mercurio, que era una forma de tratar esta enfermedad en esa época y por más de 400 años. Pronto se creó en él una adicción por el uso de mercurio, en 1830 aparece una disfonía que empeora con los años, llegando a una afonía total el año 1838. Se planteó una tuberculosis laríngea, sin embargo fue examinado por uno de los especialistas, el Dr. Miguel, quien no encuentra signos de patología pulmonar. Héctor Berlioz, el gran músico francés contemporáneo, relata que en una visita a Paganini a fines de 1838, éste se comunicaba a través de su hijo Achilles quien se acercaba a su boca para tratar de entender lo que decía. Paganini se retiró de la vida musical el año 1834, 2 años antes había empezado a manifestar temblores de tipo postural que le impedían progresivamente escribir y sostener el arco del violín. Se volvió cada vez más retraído y triste. Toda esta constelación de síntomas son explicables según O’Shea por un envenenamiento iatrogénico con mercurio: presentó igualmente lesiones tipo gingivo-estomatitis y la pérdida de sus dientes de la arcada inferior con una infección secundaria del maxilar, lo que llevó a una cirugía ósea en Praga, esto contribuyó a desfigurar su rostro. Su médico personal se dio cuenta que los síntomas que presentaba eran explicables por abuso de mercurio en forma crónica, prohibiéndole ese tratamiento. Paganini desobedeció y siguió consumiendo mercurio. Presentó hemoptisis recurrentes y falleció el 27 de mayo de 1840 en Niza.

Diagnóstico diferencial

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La constelación de síntomas de la intoxicación mercurial, frecuente en el siglo XIX, inmortalizado por el escritor inglés Lewis Caroll, en su personaje de “Alicia en el país de la maravillas” como el sombrerero loco, se veía frecuentemente en las personas encargadas de hacer sombreros de fieltro, ya que con mercurio se “curaba el fieltro”. Los síntomas de intoxicación crónica incluyen los descritos en el caso de Paganini, predominando los neuropsiquiátricos con: irritabilidad, nerviosismo, conducta evitativa, depresión y lasitud. Se asocia un temblor postural que en Paganini habría sido de importante intensidad, con dificultad para escribir y utilizar el arco del violín. La posibilidad de una lúes, como se planteó inicialmente, es improbable ya que después de una evolución de 20 años Paganini habría manifestado signos de una tabes dorsal o una parálisis general y no hay evidencia de esas complicaciones tardías. También se postuló una tuberculosis laríngea, lo que explicaría su disfonía; parece improbable porque ésta se da en el contexto de una tuberculosis pulmonar cavitaria y el examen de los especialistas de la época reveló una evaluación pulmonar normal. ¿Cómo explicar la disfonía entonces?; algunos autores mencionan la hipótesis de un síndrome de Marfan, que es un trastorno hereditario del tejido conectivo, que se manifiesta por alteraciones cardiovasculares incluyendo valvulopatías, disecciones aórticas y carotídeas, manifestaciones oculares y óseas. La parálisis de los nervios recurrentes laríngeos provocada por la contigüidad de una carótida alterada, podría causar la disfonía; sin embargo Paganini no manifestó alteraciones cardíacas ni oculares significativas.

Una hipótesis reciente muy plausible, plantea que Paganini haya sido portador de la enfermedad de Ehlers Danlos y que puede explicar gran parte de los síntomas del músico y además haber contribuido a potenciar su virtuosismo gracias a las ventajas anatómicas que pudo haberle conferido y a su especial fisonomía. Esta enfermedad es una alteración del tejido conectivo que causa una gran laxitud difusa de las extremidades. Hay 11 fenotipos descritos, el IV se relaciona a mutaciones en el colágeno tipo III con locus en el cromosoma, resulta en una hiperflexibilidad de todas las articulaciones, hiperlaxltud de la piel, fragilidad del tejido colectivo e hiperelasticidad de la piel. La descripción de las características físicas de Paganini y sus quejas sintomáticas son consistentes con este trastorno: su piel delgada y translúcida con venas prominentes, la rápida fatigabilidad y agotamiento lo apoyan. Las hemoptisis atribuidas a tuberculosis pueden explicarse por la forma vascular de Ehlers Danlos que corresponde al tipo IV, el más frecuente, de los 11 descritos de acuerdo a criterios clínicos apoyados por hallazgos bioquímicos y moleculares, según una revisión de la nosología de este trastorno por Beighton en 1998. La mayoría de las complicaciones son neurológicas por malformaciones vasculares, como aneurismas intracraneales, disecciones arteriales aórticas o carotideas. Todos los órganos pueden verse afectados como corazón, ojos, riñón, intestino y pulmones, con hemorragias que pueden ser fatales como sucedió con Paganini. La mayoría se debe a una síntesis o función anormal del colágeno, específicamente el tipo IV es debido a una mutación del gen que codifica para hidroxilisina, que es la enzima que cataliza el metabolismo de hidroxilisina a colágeno y a otras proteínas, con secuencias de aminoácidos semejantes a las del colágeno. Clínicamente, el diagnóstico se puede confirmar con cultivo de fibroblastos, que muestra una reducción en la producción de colágeno tipo III. El tratamiento aún es sintomático.


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