Macarena Vidal Liy

Las espadas siguen en todo lo alto en el particular duelo entre los dos sheriff más bravucones a ambos lados del Pacífico. Al anuncio de Corea del Norte de que ha probado un misil intercontinental, los Estados Unidos de Donald Trump han respondido, conjuntamente con Corea del Sur, con disparos de misiles en aguas cercanas a la península. Y el régimen de Kim Jong-un ha replicado, a su vez, con el anuncio de que su proyectil puede transportar una cabeza nuclear de gran tamaño. Pero ni uno ni otro tienen grandes opciones realistas, hoy por hoy, de hacer efectivas sus amenazas de fuerza.

El anuncio norcoreano del lanzamiento con éxito de un misil Hwasong-14 —algo que “no ocurrirá”, había asegurado un desafiante Trump en enero— ha introducido un elemento nuevo en la ecuación militar entre Washington y Pyongyang y ha acrecentado el sentimiento de amenaza representado por un país que ya ha llevado a cabo cinco pruebas nucleares y posee más de una decena de bombas atómicas. Corea del Norte ha demostrado, cuando menos, su determinación a lograr su gran objetivo: ser capaz de golpear una ciudad en territorio continental estadounidense. Pocas horas después del anuncio, el Consejo de Seguridad de la ONU convocaba una reunión extraordinaria.

En un despacho de KCNA, la agencia oficial norcoreana, el régimen de Kim Jong-un ha asegurado que el cohete, un “regalo” a los “bastardos norteamericanos” en el día nacional de EE UU, puede cargar una ojiva nuclear y atacar cualquier punto escogido, sin miedo a desintegrarse en su caída por el calor de la fricción con la atmósfera o las intensas vibraciones. El ministro de Defensa surcoreano, Han MIn-koo, ha apuntado que el cohete podría recorrer hasta 7.000 u 8.000 kilómetros, una distancia suficiente para golpear Hawái.

Estados Unidos y Corea del Sur han respondido este miércoles con disparos de misiles de corto alcance sobre el mar de Japón (mar del Este para Seúl). Ambos proyectiles alcanzaron el blanco elegido, “desplegando la capacidad de un ataque de precisión contra los cuarteles del enemigo en un momento de emergencia”.

Si ambas partes no dejan de enseñarse los dientes, las opciones que tienen son limitadas. Aunque el Gobierno de Estados Unidos asegura que se ha acabado la “paciencia estratégica” de la Administración previa de Barack Obama, la fuerza no es una opción realista. A menos que quiera romper con sus mejores aliados en la región, Corea del Sur y Japón, necesitaría recibir su visto bueno para cualquier tipo de ataque contra el norte. Y estos dos países, que serían los posibles receptores inmediatos de la represalia de Pyongyang, no van a dar su consentimiento fácilmente.

Corea del Norte cuenta ya con el suficiente armamento nuclear para alcanzar Corea del Sur y Japón. Incluso en caso de un ataque convencional, cuenta con un Ejército de un millón de soldados y 15.000 cañones y lanzaderas de cohetes en la frontera apuntando contra el vecino. Seúl y los 24 millones de habitantes de su área metropolitana quedarían alcanzados casi de inmediato. Un cohete lanzado desde la frontera tardaría apenas 45 segundos en impactar en el centro de la capital surcoreana.

En el caso de Pyongyang, es incierto cuán avanzado es realmente su programa de armamento. Pese a sus bravatas, no está claro que haya logrado miniaturizar sus bombas nucleares lo suficiente como para instalarlas en misiles balísticos; mucho menos, que una vez cargados sus cohetes puedan superar el choque de reingreso a la atmósfera y completar con éxito su vuelo. Apenas un puñado de países cuenta ya con esa tecnología: Rusia, Estados Unidos, China, India, Pakistán y, posiblemente, Israel. Aunque es cuestión de tiempo que lo logre, aún no cuenta con los medios para atacar territorio estadounidense.

La opción más realista para EE UU es continuar su presión contra China, principal aliado del régimen de Kim Jong-un

La opción más realista para Estados Unidos es continuar su presión contra China, el principal aliado del régimen de Kim Jong-un y que acapara el 90% del comercio internacional norcoreano: incluso la lanzadera empleada para disparar el misil del martes es, aparentemente, de procedencia china, un antiguo camión de transporte de troncos reconvertido con fines militares, según informa Reuters.

Es la tesis por la que, pese a que China no da señales de ceder a la presión, parece inclinarse Washington. Desde el 20 de junio, tras anunciar por Twitter su hartazgo con el inmovilismo chino, EE UU ha vendido armas por valor de 1.400 millones de dólares a Taiwán, ha sancionado a un banco chino que operaba con Corea del Norte y ha enviado un destructor a aguas que Pekín considera propias en el mar del sur de China. Este miércoles, enviaba una nueva andanada vía tuit: “El comercio entre China y Corea del Norte creció un 40% en el primer trimestre. Vaya con China colaborando con nosotros, ¡pero teníamos que intentarlo!”

¿Las opciones de Corea del Norte? No va a desprenderse de su programa de armamento, que asegura que es la única opción con la que cuenta para defenderse de un ataque de EE UU. Pero atacar Corea del Sur, Japón o —hipotéticamente, en el futuro— Estados Unidos, equivaldría a firmar su desaparición.

Una posible alternativa, la de la negociación, parece muy lejana en la distancia; una distancia que la terquedad de los dos sheriff no hace sino aumentar. En el despacho de KCNA, Kim Jong-un reiteraba este miércoles sus términos para hablar: que Estados Unidos “ponga fin definitivamente a su política hostil y su amenaza nuclear”. Hasta entonces, ha asegurado el líder, Corea del Norte “no pondrá sus armas nucleares y cohetes balísticos sobre la mesa”.


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