Luis Pérez / Revista Rumbos

Tienen forma de rosquilla y su textura es esponjosamente delicada. Están cubiertas de azúcar y su sabor es exquisito. Esa es la razón por la que no hay día en que se deje de elaborar este bocadillo emblemático de la muy noble y leal ciudad de Huánuco, la capital de la región del mismo nombre en el centro del país.

En esta tierra de clima sin amarguras –el sol casi siempre brilla– hay muchas razones que endulzan las andanzas viajeras, una de ella son los prestiños recién saliditos de la sartén, que suelen ser los fieles acompañantes de una buena taza de café, pero no de cualquier café. Combinan mejor con el que se cosecha en la selva huanuqueña.

Pero esa es otra historia, la de ahora, la que les estoy contando, tiene que ver con una mezcla entre lo azucarado y lo agrio, un sabor que hace que el paladar cuente nuevas historias, según la enterada opinión de Alicia Castro.

Heredera de los saberes de su abuela Francisca Villodas y su madre Juana Morales, la señora Alicia mezcla harina de trigo, huevos de gallina de chacra y un poquito de polvo de hornear. Ella amasa en silencio. La una de la mañana no es una hora como para andar armando barullo.

“Todos los días amaso dos horas, aproximadamente. De ahí empiezo a freír 700 rosquillas. Cuando están en su punto, les doy el nevado, es decir, las baño con azúcar. Termino a las nueve de la mañana”, explica su rutina casi con el mismo entusiasmo con el que asegura que los prestiños fueron el mejor regalo que recibió de su abuela y su madre. “Fue un regalo para toda la familia”.

Son tres generaciones las que mantienen viva la tradición. Y es que la receta no cambia ni se modifica: se respeta. Es por eso que Alicia, envuelta por la nostalgia, trae a la mesa una frase de su madre: “nunca cambies el preparado, así siempre tendrás a tu gente”.

Su madre no se equivocó. Es cerca del mediodía y solo quedan unos cuantos prestiños. Estos se exhiben en una fuente y en bolsas transparentes amarradas con un listón azul, despertando el interés de los clientes. Ellos saben que en la casa de Juanita, la yema del buen gusto tiene sabor a tradición.

Yemas del calicanto

El antiguo puente Calicanto es uno de los símbolos urbanos y turísticos de Huánuco. Todos lo conocen, todos lo visitan, pero, los que muy pocos saben, es que sus columnas están relacionadas con la historia de los prestiños.

Cuenta los lugareños que ese puente sobre el río Huallaga se construyó con piedra de canto rodado, cal, arena y claras de huevo, entonces, sobraron tantas yemas, que las mujeres las pusieron en tinas, agregaron harina y empezaron a amasar, hasta obtener la base de esa rosquilla dulce, como la mujer huanuqueña.

En Rumbo

Lugar: Prestiños especiales Juanita

Dirección: Jirón Independencia 1249, Huánuco

Teléfono: 962 974205


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