En su nuevo largo, el realizador Todd Haynes, a quien producciones imprescindibles como Velvet Goldmine (1998) o I´m Not There (2007) acreditan como uno de los autores más singulares del panorama cinematográfico actual, vuelve la mirada sobre el melodrama para desafiarlo y reformular sus contornos; algo que no resulta ajeno a su obra previa: pensemos en aquella estupenda Lejos del cielo (2002), que se adhería a la tradición de Douglas Sirk con el fin de renovarla.

No obstante, en esta extraordinaria Carol, más que inscribirse en una tradición, Haynes parece tentado a crear una completamente nueva, sirviéndose de una novela de Patricia Highsmith que relata el romance entre la joven y curiosa Therese ( Rooney Mara) y Carol ( Cate Blanchett), una mujer madura y en proceso de divorcio que, en plenos años 50, decide vivir su lesbianismo sin ocultarlo.

Carol es menos un trabajo acerca de las pulsiones eróticas que sobre el despertar del amor. Curiosamente, tratándose de una película en torno a trayectorias circulares, donde las dos protagonistas se ven ligadas por primera vez gracias a la fascinación ante el recorrido reiterativo de un tren de juguete, Haynes se ha propuesto romper bucles aparentemente inquebrantables, siguiendo el ejemplo de Therese, quien, en los últimos compases, asume su empoderamiento a través del amor y el deseo, que le permiten, al fin, percibirse completamente al margen de los dictados y exigencias del patriarcado.

En el caso del director, lo multirreferencial, consustancial al melodrama moderno, se difumina para dar paso a un universo sentimental con códigos propios… o tan propios como pueda permitirlo el audiovisual contemporáneo, claro. Pero Carol, asimismo, se desvía del sentido trágico, del velado determinismo que, desde sus orígenes, ha llevado las riendas del género. Más aún: hablamos de todo un punto y aparte, capaz de dinamitar los clichés dramáticos y de representación de los filmes (de época o no) sobre amores queer.

Redondean estos rotundos valores las magistrales interpretaciones de Mara y Blanchett, así como un fragor estético que realza el valor expresivo de atmósferas y detalles, rehuyendo el academicismo descriptivo y optando por un tejido de imágenes y sonidos locuaces, siempre sugerentes.

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