Antonio Calvo Roy

No, no todas las opiniones son respetables. Sostener que la Tierra es plana, que los negros son inferiores, que no hemos llegado a la Luna, que la homeopatía funciona o que las vacunas producen autismo son opiniones que no se pueden respetar porque son falsas. Muchos estudios contrastados lo demuestran más allá de cualquier duda y quien opine así lo hará por ignorancia o por… la verdad, no se me ocurre ningún otro motivo serio.

Desde siempre ha habido personas que han sostenido opiniones peregrinas y siempre ha habido quien las ha combatido. Pero el ring de hoy es tan grande como los más de 300 millones de usuarios de Twitter y los casi 2.000 millones ¡2.000! de Facebook. Todo se amplifica más, aunque todo dura menos. Los recientes casos de Rosa Montero y Javier Cárdenas han originado cataratas de comentarios en las redes, algunos muy enrabietados; quienes nos dedicamos a la información científica y a la divulgación de la ciencia, periodistas e investigadores, muchos de ellos agrupados en la Asociación Española de Comunicación Científica, han estado en cierta medida en la vanguardia de esos comentarios críticos, como Javier Salas y Ángela Bernardo, por citar solo dos entre decenas.

La queja común en ambos casos es que esos comentarios no son inocuos. No vacunarse no es equivalente a conducir sin cinturón de seguridad, es hacerlo por el carril contrario porque, además de la propia, también se pone en riesgo la vida de otros. La homeopatía es un lucrativo negocio que, en casos extremos, ocasiona la muerte de sus usuarios. Quienes estamos comprometidos con la información de la ciencia sentimos como golpes bajos esas declaraciones que desde tribunas con gran audiencia pueden influir en la sociedad tanto o más que el rosario de informaciones contrastadas.

Desde luego, no se puede comparar la trayectoria de Montero con la de Cárdenas, y por eso, personalmente, me duele más lo de mi querida Rosa. Alguien que ha escrito tantas excelentes novelas, por ejemplo, y de manera maravillosa, sobre la vida de Marie Curie, tiene un mayor predicamento –y por tanto una mayor responsabilidad, a mi juicio-, que un presentador de televisión de consumo. Rosa Montero está comprometida con tantas causas nobles y justas que su artículo es una dolorosa puñalada que siento casi como una traición.

Según los datos de la encuesta sobre cultura científica de 2014 de la Fecyt, uno de cada cuatro españoles cree que el Sol da vueltas a la Tierra y uno de cada tres que humanos y dinosaurios convivieron, aunque son datos que mejoran algo los de la primera oleada de la encuesta, hecha en 2006. Es decir, poco a poco conseguimos incrementar la cultura científica de la sociedad, es decir, la cultura. Y, en este mundo en el que la ciencia y la tecnología juegan un papel cada día más importante, es fundamental que la sociedad tenga los conocimientos y las palabras para poder formarse opinión -y ojalá criterio- en torno a ellos. Del cambio climático a la energía solar, de los transgénicos a la robótica, de la sexta extinción y sus consecuencias al uso de células madre, los ciudadanos han de opinar y, sobre todo, han de obligar a los gobernantes a tomar decisiones correctas. Pero, para eso, han de tener opinión fundada de las cuestiones, para lo que resulta básico una información fiable, contrastada, rigurosa. No mentiras ni hechos falsos, información rigurosa.

Sostengo que el periodismo científico es la estrella del periodismo en este primer tercio del siglo XXI porque somos los encargados de contar a nuestros contemporáneos cómo es el mundo en el que viven y, sobre todo, las consecuencias que las acciones y las inacciones de los gobiernos tendrán sobre el futuro. Por eso nos duele tanto que desde tribunas notables se eche por tierra nuestro trabajo tratando de incrementar la cultura científica, es decir, la cultura. Si no se consiente que alguien escriba en serio que El Quijote lo escribió Lope de Vega –excepto que uno sea Borges y diga que fue Pierre Menard- ¿por qué se consiente decir impunemente que las vacunas provocan autismo? Una sociedad inculta es una sociedad fácil de engañar, así que nosotros consideramos un deber cívico, un deber democrático, el empeño en que nuestros lectores distingan antibióticos de agua con azúcar y ciencia auténtica de falsa ciencia. Por eso, perdón Rosa, nos enrabietamos.

Antonio Calvo Roy es presidente de la Asociación Española de Comunicación Científica y director de Comunicación de la Universidad Nebrija


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