Con un claro conocimiento y gusto por el cine negro, el guionista galo Thomas Kruithof ha convertido su ópera prima en un perfecto ejemplo de noir clásico. Todos los elementos transmiten una sensación de nostalgia que traslada al espectador a los thrillers políticos de los años 70.

Con una atmósfera tensa y fría, giros y clichés habituales del género y un inocente protagonista con el que es muy sencillo empatizar, el director configura una efectiva historia de intrigas políticas que, si bien despierta la curiosidad, no llega a deslumbrar.

Tras La mécanique de l’ombre, título que incomprensiblemente se ha traducido como Testigo (por lo que en España quedará para siempre perdido entre decenas de filmes y cutres telefilmes, sepultado por las reglas del SEO), se esconde la historia de Duval, un hombre cuya vida da un vuelco cuando, tras dos años en paro, un tipo le ofrece un extraño pero bien remunerado trabajo.

Como en muchos de los relatos de Sherlock Holmes, la trama presenta a un personaje enfrentado a una situación insólita en la que acaba convirtiéndose en víctima. Su trabajo consiste en transcribir escuchas telefónicas. Encerrado durante nueve horas al día en un viejo apartamento, Duval debe hacer su trabajo siguiendo una serie de normas: las transcripciones deben hacerse con máquina de escribir, las páginas con errores o erratas deben ser destruidas, no puede salir del piso, nunca se puede ir antes de la hora, no puede fumar y, sobre todo, no puede contarle nada a nadie.

La tarea, aceptada por el agobio de las necesidades económicas, pronto se vuelve más complicada y menos inocente de lo que parecía en un principio. De forma inesperada, Duval se ve envuelto en medio de una conspiración política, arrastrado a un punto en el que ninguna elección parece buena. Su mayor problema es que, a diferencia de los que sucede en las historias de Arthur Conan Doyle, él no tiene a un brillante detective británico al que recurrir para que le saque del apuro. Duval debe sufrirlo e intentar salvar el pellejo por sí mismo.

Él es, probablemente, lo mejor de la película. Interpretado por François Cluzet, ese doble francés de Dustin Hoffman que alcanzó la fama internacional gracias a Intocable, Duval representa al perfecto hombre normal, un tipo trabajador afectado por la crisis que tan solo necesita algo que hacer para ganarse la vida. Serio y tranquilo, lejos de resultar lejano, nos hace sentir que podríamos ser cualquiera de nosotros, o cualquiera de nuestros conocidos, un señor inocente víctima de los intereses de los poderosos.

Puede que el guion tome direcciones previsibles, que ciertos recursos sean un poco torpes y que algunos secundarios queden desdibujados (el personaje de Alba Rohrwacher, tras la presentación de una línea argumental que no se llega a desarrollar demasiado, queda en mero soporte femenino), pero Testigo supone un fantástico adelanto de lo que puede llegar a dar de sí la carrera cinematográfica de Thomas Kruithof.

Obviamente Testigo no se va a convertir en un taquillazo en España, y menos aún en una cartelera repleta de blockbusters y propuestas alternativas más originales, pero no se me ocurre mejor opción para los aficionados a las historias de intrigas políticas y los thrillers estadounidenses (aun siendo este francés).


LEAVE A REPLY