Daniel Mediavilla

En los años 60, buena parte de la comunidad médica consideraba una aberración tratar a los enfermos de cáncer con quimioterapia. Las combinaciones de productos químicos extremadamente tóxicos basaban su efectividad en una de las diferencias entre las células cancerosas y las sanas. Las primeras se duplican con mayor rapidez y eso las hace más vulnerables a algunos venenos como el cisplatino o el gas mostaza. Cuando aún no se conocía su efectividad, los tremendos efectos secundarios de aquellos tratamientos parecían para muchos solo una forma de hacer más miserables los últimos días de unos enfermos sin esperanza.

Medio siglo después, aquellos cócteles de medicamentos se consideran el primer cambio de paradigma en la búsqueda de una cura para el cáncer. El éxito fue limitado, pero algunos tumores que antes eran una condena a muerte dejaron de serlo. Hoy, muchos de los pacientes de leucemia o linfoma de aquellos años, los primeros tipos de tumor en los que funcionaron las quimioterapias, siguen vivos.

La semana pasada, en la reunión anual de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO) en Chicago, se presentaron los resultados de un estudio con 23.600 supervivientes de cáncer infantil que muestran la cara más optimista de la guerra contra el cáncer. En los años 70, con los primeros tratamientos disponibles sobrevivía el 58% de los niños diagnosticados. En la actualidad, cinco años después del diagnóstico el 84% de los pacientes siguen vivos y los efectos secundarios con los nuevos tratamientos son mucho menores.

La quimioterapia, las terapias dirigidas y la inmunoterapia son los tres grandes saltos en la lucha contra el cáncer

En la reunión de la ASCO de este año, que ha tenido lugar entre el 2 y el 6 de junio, han participado alrededor de 38.000 personas que trabajan en los distintos frentes de la lucha contra el cáncer. Muchos de ellos coinciden en que en esta edición no se ha presentado ningún avance que vaya a cambiar la forma de afrontar la enfermedad, pero también se respiraba cierto optimismo sobre las posibilidades de convertir muchos tipos de cáncer en enfermedades crónicas. La idea consiste en lograr combinaciones de fármacos que detengan el progreso de la enfermedad, de un modo parecido a lo que se hace con el VIH. Para conseguirlo, se deberán combinar los beneficios de la quimioterapia con los que aportan otros dos tipos de fármacos que supusieron el segundo y el tercer gran salto en los medicamentos contra el cáncer: las terapias dirigidas y las inmunoterapias.

Un ejemplo de los éxitos de las terapias dirigidas es el trastuzumab, un fármaco diseñado para combatir los tumores de mama con la variación HER2, un cuarto del total. El medicamento, como si fuese una pieza de rompecabezas que encaja con la proteína que quiere anular, bloquea la actividad excesiva de este gen, relacionada con el desarrollo de varios tipos de tumores. A diferencia de la quimioterapia, que daña mucho a todas las células aunque un poco más a las cancerosas, este fármaco actúa específicamente contra su objetivo y es mucho menos tóxico.

En uno de los estudios presentados en ASCO, se trató de comparar la efectividad de la combinación de un tratamiento con trastuzumab y quimioterapia, el habitual ahora, con otro que además añadía otro fármaco dirigido, el pertuzumab, como el anterior, comercializado por Roche. En un estudio internacional bautizado como Aphinity, se observó que, después de tres años de seguimiento, el 94,1% de las mujeres tratadas con la combinación que agrega pertuzumab no había sufrido una recaída frente al 93,2% de las que solo tomaron trastuzumab y quimioterapia. Además, según comentaba Josep Baselga, director médico del Memorial Sloan Kettering Cancer Center y líder del trabajo, se aumentó casi un 20% el tiempo en que las mujeres tardan en recaer.

En los 70, un 58% de los niños diagnosticados con cáncer sobrevivía al menos cinco años. Hoy la cifra llega al 84%

El porcentaje de incremento en el número de pacientes que no recae en su enfermedad es pequeño, pero según comenta Javier Cortés, investigador del Hospital Universitario Ramón y Cajal, de Madrid, que también ha colaborado en el estudio, esa mejora se produce sin agregar toxicidad. Miguel Martín, presidente del Grupo Español de Investigación del Cáncer de Mama (GEICAM) y de la  Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) añade al valor humano y social el económico. “El coste para el Estado de la recaída de una de estas pacientes puede estar en los 300.000 o los 400.000 euros”, afirma.

El conocimiento sobre la biología del cáncer ha descubierto la diversidad inmensa de esta dolencia. Como recuerda Martín, “el cáncer no es una enfermedad sino muchas”. Ese avance ha compartimentado el tratamiento de la dolencia no solo por órganos , sino por las variantes genéticas que determinan su forma de acción o la posibilidad de atacarla a través del propio sistema inmune del enfermo. “Necesitamos entender qué pacientes se benefician de cada tratamiento y cuáles no”, plantea Cortés. Para lograrlo, uno de los campos en los que se está avanzando es el de los biomarcadores para agrupar a los pacientes por su tipo de cáncer y por sus probabilidades de responder a un tratamiento concreto.

También se quieren llevar los tratamientos que muestran su eficacia en fases más avanzadas de la enfermedad a los momentos en que aún no está tan extendida. La investigación sobre el cáncer se suele centrar en estas últimas etapas porque hay más que ganar y menos que perder. Los fármacos antitumorales tienen efectos secundarios importantes y es arriesgado dárselos a personas en una situación que aún no es desesperada.

Como en los últimos años, en ASCO [al que EL PAÍS acudió invitado por Roche] se presentó una gran cantidad de estudios sobre fármacos de inmunoterapia, el tercer gran cambio de paradigma en los tratamientos oncológicos. Este enfoque trata de ayudar a que el sistema inmune supere los trucos de las células cancerosas para no aparecer en su radar y evitar el ataque de los linfocitos. Algunas de las primeras terapias de ese tipo mostraron una gran efectividad para un pequeño grupo de pacientes en un pequeño grupo de tumores.

El precio de los fármacos contra el cáncer hace que ya se hable de toxicidad financiera

“Hace tres años la inmunooncología se veía como una posibilidad para pocos pacientes y pocos tumores, pero estamos ampliando el espectro”, apunta José Cabrera, director médico de la farmacéutica Brystol Myers Squibb, pionera en este campo. “A lo que vamos es hacia la combinación de fármacos inmunooncológicos para que al final el cáncer sea una enfermedad crónica”, añade. Estas combinaciones podrían consistir, por ejemplo, en un fármaco que atraiga a los linfocitos hacia células de cáncer que habían pasado desapercibidas y otro que anule el sistema antilinfocitos que pondría en funcionamiento la célula tumoral al verse atacada.

En el camino hacia la cronificación del cáncer, además de avanzar en la individualización de los tratamientos según la particularidad de cada tipo de tumor, será necesario el desarrollo de marcadores para personalizar los cócteles adecuados para cada caso. Pero estas medicinas, unidas a la cirugía y la radioterapia, pueden no ser suficientes para ganar la guerra contra el cáncer.

La gran cantidad de fármacos personalizados ha mejorado la supervivencia de muchos enfermos, pero también ha supuesto un incremento de los costes que amenaza con volver insostenibles los sistemas de salud. En ASCO, la sociedad americana de oncología clínica y la europea, ESMO, presentaron una ponencia conjunta en la que mostraron sus esfuerzos para evaluar qué fármacos merecen el precio que se paga por ellos y cuáles no. Allí se ofrecieron datos que indican que de los medicamentos para tumores sólidos aprobados en EEUU entre 2002 y 2014 solo el 42% alcanzaron los estándares mínimos de eficacia propuestos por la ASCO. Además, en muchas ocasiones no existe una relación entre el precio pagado por un fármaco y su valor para el paciente en forma de supervivencia o bienestar.

Muchos de los asistentes consideraban que este será uno de los grandes debates en torno a los tratamientos contra el cáncer de los próximos años. En EEUU, algunos pacientes se endeudan pagando de su bolsillo los nuevos medicamentos contra el cáncer. En Europa, no sucede lo mismo, pero la carga la asume el Estado. Aunque las nuevas drogas son mucho más seguras que las viejas quimioterapias ya se habla de una nueva toxicidad: la financiera.


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