Fernando Navarro

Fueron ellos los que en los sesenta y principios de los setenta representaron mejor que nadie el poder del beat británico, ese golpe divino, de acordes contundentes, que atizan en lo más profundo del cuerpo con fiereza eléctrica, como si un rayo te cayera encima pero que, al contrario que chamuscarte, te concediese una especie de súper poder vital por unos minutos. Fueron The Who, la quintaesencia del rock’n’roll británico primigenio, los que anoche volvieron a recordar el valor incalculable de ese beat a miles de personas de varias generaciones en la jornada inaugural del festival Mad Cool, que se celebra en el complejo de la Caja Mágica de Madrid.

Sin concesiones a la galería, directos y seguros de sí mismos, The Who fue una apisonadora de rock desde los primeros compases de un concierto sobre el que planeaba mucha expectación. Había que remontarse hasta 2007 para fechar su última actuación en Madrid. Y no defraudaron. Bajo el liderazgo de los dos miembros originales de la banda, el cantante Roger Daltrey y el guitarrista Pete Townshend, empezaron a desfilar clásicos incontestables como Who Are You, The Kids Are Alright, My Generation o Behind Blue Eyes.

Cierto que no hay renovación artística en un grupo cuya sangre sigue circulando en su glorioso y lejano pasado. Cierto que hay un ejercicio de nostalgia en sus actuaciones, acompañadas de imágenes del emblemático y fallecido baterista Keith Moon, o de cuando Daltrey y Townshend eran chavales y epítomes de la futura comunidad mod, o sacadas de la generacional película Quadrophenia. Cierto. Pero también es cierto que no dan vueltas sobre sí mismos, en un juego fácil de melancolía barata, y defienden con maestría su cancionero imperecedero, tal y como se demostró anoche con buena parte del público entregado a él.

Daltrey y Townshend son septuagenarios con carisma. Allí donde en otras épocas a la descarga eléctrica le acompañaba un fervor físico, ahora hay una contundencia controlable, manejada con una eficacia de recursos admirable. La voz de Daltrey, quien no paró de jugar con el micrófono como si fuera un látigo, está algo renqueante, sin ser capaz siempre de impactar con la misma fuerza que la instrumentación. Pero apenas importa cuando a su lado hay un coloso de las cuerdas. Townshend dio anoche una lección de magisterio a la guitarra rock.

Cortante y de una intensidad apabullante, el veterano guitarrista demostró con todas las de la ley que su aura de icono de la historia del rock la tiene ganada. A sus 71 años, jamás tiró de pirotecnia ni de trucos para sus propias canciones y descargó un muestrario de solos, riffs y pasajes instrumentales sobresalientes. El beat, ese golpe divino, seguía vivo en su fabulosa visión eléctrica. Los rayos salían de su guitarra como si no hubiese pasado el tiempo, mientras encandilaba a las decenas de miles de personas congregadas, las más veteranas con la promesa de que la llama mítica de The Who se mantuviese encendida y las más jóvenes con la curiosidad de ver a esos veteranos legendarios y comprobar si eran o no dinosaurios. No lo fueron. Sobre el escenario de Mad Cool, The Who eran un grupo de una contundencia difícil de encontrar entre las bandas más advenedizas del indie actual, por no nombrar toda la ristra de hypes que pueblan las publicaciones británicas y que deberían sonrojarse ante un tipo como Towhsend. El cierre con Baba O’Riley y Won’t Get Fooled Again fueron los fuegos artificiales que todo el mundo deseaba. Dos canciones que ilustran el poder The Who, que las interpretaron con dignidad y magnífica sapiencia. Una apisonadora del rock demostró anoche que el poder del beat británico es algo al alcance de los elegidos. The Who lo fueron. Lo son.

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